Tres noches con Jeanne Moreau
'Zerline’, monólogo a partir de ‘Los inocentes’, de Hermann Broch, fue su culminación teatral

Este verano, tras la muerte de Jeanne Moreau, un amigo (bastante más joven que yo) me preguntó si la había visto en escena. Tres veces, le dije, hace casi treinta años. La primera fue Le récit de la Servante Zerline, una producción del Festival de Otoño de París, estrenada en Bouffes du Nord, que vino al María Guerrero, invitada por Pasqual, y luego al Principal barcelonés, en el Grec, en julio de 1988. Dirigía Klaus Michael Grüber, que en el 77 había montado en España El arquitecto y el emperador de Asiria, de Arrabal, con Marsillach y Prada.
Zerline, un monólogo a partir del quinto capítulo de Los inocentes, de Hermann Broch, fue la culminación teatral de Jeanne Moreau: lo giró por medio mundo durante cuatro años. Una auténtica partitura que la actriz interpretaba con minuciosidad extrema (pausas, silencios, embestidas), anticipando, pienso ahora, los trabajos de Krystian Lupa con Bernhard.
Una vieja criada contaba al inquilino de una pensión (Peter Bonke, en un difícil rol casi mudo: pura escucha) la historia de un amor imposible. Un eco paralelo: el calor de verano en la mansión sudista de Absalón, absalón de Faulkner, las persianas bajadas, un cuchillo de sol iluminando a la señorita Rosa Coldfield hablando con Quentin Compson.
Zerline/Moreau: voz grave, sobria, seca, que poco a poco se encendía al evocar su lejana pasión. Y la metamorfosis de su rostro: de repente, la antigua sonrisa de Catherine en Jules et Jim. Una turbiedad oculta, cuya naturaleza no sabría precisar, aunque recuerdo su latido y sus borbotones. Una frase de Zerline: “Los años pasan, pero el pasado permanece”. Y aquella otra, certerísima, que Moreau dijo en Barcelona: “Yo no soy la sirvienta Zerline. Soy la sirvienta de Zerline”.
El segundo encuentro tuvo lugar en Aviñón, al año siguiente: Moreau no pisaba la Cour d’Honneur desde 1947, a las órdenes de Jean Vilar. Estaba radiante. Volvía al palacio papal con La Celestina, de la mano de Antoine Vitez, con Lambert Wilson y Valérie Dréville, en estreno absoluto. Había verdadera expectación, por ver de nuevo a Moreau y porque Le Soulier de Satin de Vitez estaba en la mente de todos. La presentación chocó frontalmente contra los elementos: en mi memoria, el mistral furioso barría la mitad de los textos, que llegaban opacos o gritados, y el espectáculo se hizo largo, larguísimo.
El tercer encuentro sucedió dos semanas más tarde. Volví a ver La Celestina en el Grec. Vitez había recortado media hora de función y sustituía, papel en mano, a Jean-Luc Boutté (Pármeno) que acababa de morir. Y el espacio era más adecuado. Moreau, más cerca del público, se creció. Siguió pareciéndome declamatoria su invocación al diablo, pero funcionaba de perlas en las escenas íntimas: el careo con Areusa, el formidable conato de orgía familiar, donde refulgía su vitalidad y su capacidad de seducción. Pero aquella sensualidad insolente, su marca de fábrica, me vuelve fuera de escena, en una frase de Aviñón, cuando en la rueda de prensa un periodista le llamó “Madame” y ella, sonriente y temible, replicó: “Madame c’est ma mère. Moi, c’est Mademoiselle”. Eternamente.
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