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¿Es posible una literatura de urgencia?

Frente a las invocaciones a la eternidad del arte, la autora defiende las 'creaciones de emergencia': “La lentitud no garantiza la profundidad y la prisa no siempre acaba en desaliño”

Manifestación de protesta en París el 11 de enero de 2015, cuatro días después del atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo.
Manifestación de protesta en París el 11 de enero de 2015, cuatro días después del atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo. GETTY

En el suplemento Tentaciones número 27 tropezamos con estos destacados y titulares: “Cara Delevingne, hija de la anarquía” (después hablan de las dudas de la modelo sobre la ropa que se pondrá); Stephen Dewaele: “La música dance se ha convertido en mainstream, se ha instaurado en la cultura vip…”; Noomi Rapace: “En Hollywood hay que luchar para que los hombres nos dejen contar nuestras historias”; Tom Sachs, artista bricoleur: “El arte es una agenda política, propaganda”; Lana del Rey: “Tendrías que ser muy joven para hacer un disco en estos tiempos y no incorporar temas políticos”. Del análisis de estas declaraciones, así como del contexto en que aparecen, decantamos un concepto de arte político, de su urgencia, del compromiso y la resiliencia, no ya de los que entienden la crisis como oportunidad, sino del discurso dominante que pone altavoz a algunas de sus lacras tal vez para enmascarar las más significativas… Estamos en un mundo violento en el que entenderíamos la proliferación de un arte de denuncia que visibilizara el detritus no reciclado del sistema a fin de erradicar con estéticas desodo­rantes no sólo su mal olor, sino las causas que lo provocan. Sin embargo, la profusión y el alarde del asunto político nos lleva a recuperar el pensamiento de Anselm Jappe: “Si todo es político, nada lo es”. La urgencia se disuelve cuando, por repetición y comercialidad, se asimila a la tendencia subrayando el temor de que exista un compromiso tolerado y otro no tolerado. Manejamos lugares comunes, injusticias normalizadas, frente a las que no conviene disentir. Pero hay inquietudes políticas que no pueden quintaesenciarse en un lema de gala benéfica o titular biempensante de gente guapa, buena y rica. Son tabú.

Adorno escribió que la poesía no era posible tras Auschwitz. Como si la poesía siempre embelleciera

Si todo pincha, resultaría extraño componer canciones sobre lo que no nos concierne. Sin embargo, la poeta Paca Aguirre, escritora moral hasta el meollo, cuenta que para ella la literatura de evasión fue medicinal en los años demoledores de la posguerra española. Acaso aquellas fantasías fueran también literatura urgente. Más allá del recuerdo de Aguirre, el canon literario ha ­desechado a menudo la urgencia contestataria por su supuesta falta de compromiso con la verdadera literatura, con una exigencia de calidad —¿López Salinas, López Pacheco, Ferres?— que reduce lo estético a espacio de confort: lo que indigna y proviene de las malversaciones del poder nunca podría expresarse con las bellas palabras de un código, previsible y almohadillado, a menudo cursi, que se identifica con lo estético. Tal vez por eso en las revoluciones, a través de la práctica de literaturas incendiarias, lo primero que se rompe es la sintaxis, las lógicas establecidas de la belleza, los domesticados lexicones. Adorno, desde otro lugar, escribió que la poesía no era posible después de Auschwitz. Como si la poesía siempre embelleciera el horror en lugar de ahondar en él y la palabra no fuese urgente en las reconstrucciones. Y en la defensa de los principios democráticos. Durante la guerra de España, los poetas, impelidos por los rigores de la actualidad, se habían dedicado a hacer lo que sabían: ahí están los textos de Alberti, Hernández, María Teresa León, Altolaguirre, Neruda, Huidobro en El Mono Azul; más tarde, los versos de Ángela Figuera contra los poetas de la rosa en una posguerra de orfandad, represión y hambruna. La literatura de urgencia cree en la palabra —bella o fracturada— como acción. Se aproxima de un modo no escéptico al lenguaje. La poesía es arma cargada de futuro y en cada representación de la realidad alguien toma partido. Cuando vacila, teme, sospecha. También cuando legítimamente afirma.

La lentitud no garantiza la profundidad y la prisa no siempre acaba en desaliño. La literatura urgente tiene un ademán vertiginoso que lleva implícitos el impulso moral y la imperfección que engrandecen las artes. También la posibilidad de que te quiten la bata de artista porque el artista debe colocarse al margen de polémicas y del lado de los dioses. Entonces recordamos a Brecht, Marcos Ana, Vallejo, Celaya, Luisa Carnés —renacida—; a los cantautores que hicieron eco de poetas prohibidos y cantaron sus propias tonadas urgentes —Raimon, Llach, Serrat, Ibáñez…—, y a los que en los ochenta susurraron que aquellos eran malos tiempos para la lírica. Qué perturbadoras eran las letras de Coppini. Ahora las urgencias se resuelven en los cortocircuitos de Twitter. En ellos a menudo la premura, lejos de ser el acto reflejo de un pensamiento arraigado al organismo, es exabrupto que se confunde con la libertad de expresión: en un mundo globalizado también en sus hipocresías, la incontinencia del tuit resta racionalidad al pensamiento político para apelar a vísceras y emociones. Cuando las vísceras y emociones enturbian el necesario forzamiento de la racionalidad democrática —la democracia es artificio contra la tendencia natural a imponer la ley del más fuerte: esta idea se la tomo prestada a Victoria Camps—, cuando las emociones salen de la intimidad de la alcoba y contaminan el espacio público, entonces aparece la amenaza del fascismo. Hitler excedió la amenaza transformándola en horno crematorio. Hoy tenemos el móvil de Trump que echa humo mientras hace política, demagógica y sentimentalmente, tuit a tuit. Lo urgente no es antónimo de la reflexión: necesitábamos un ensayo, urgente y racional, como El eco de los disparos, de Edurne Portela, para empezar el duelo por la violencia en Euskadi.

Lo apremiante no es antónimo de reflexión: urgía el ensayo de Portela sobre la violencia en Euskadi

Isaac Rosa, en sus cuentos de La Marea, selecciona momentos cotidianos para evidenciar nuestras contradicciones. En Welcome y Compro oro, recopilaciones de estos relatos, Rosa profundiza en noticias de hoja caduca y mezcla actualidad, sensibilidad política, exigencia literaria y sentido del humor mostrando cómo las contracturas sistémicas convierten la realidad en escenario de películas de miedo. Rosa habla de la resistencia de los trabajadores de Coca-Cola, las Kellys, los CIE. Pese a la oportunidad y coherencia literaria de sus relatos seguimos activando el prejuicio de que la crítica de la actualidad contamina las esencias literarias. Existen antologías literarias rojas, amarillas y moradas, en favor de Palestina, contra el racismo o la tortura —cuando supuestamente en este país no se torturaba y se creía que denunciar la tortura era un procedimiento de legitimación del terrorismo—. Pocos participaban en proyectos donde la utilidad y la belleza de la palabra —¿admitimos que pueden llegar a ser iguales?— servían a una reivindicación: Javier Maqua, Lourdes Ortiz, Juana Salabert, Vázquez Montalbán… Los practicantes de la literatura de urgencia y del compromiso no tolerado también escriben libros de amor. Pero no sabemos si conseguirán un Premio Nacional de Literatura. A los practicantes habituales de la literatura urgente se les acusa de sectarios, aunque disfruten de El velo de la reina Mab. Sin embargo, son ellos los que suelen estar en el centro de la diana de un sectarismo que no lo parece al disfrazarse de neutralidad y sentido común.

Puede que hoy la urgencia tenga que ver con el rescate de las formas clásicas y de un modo de leer que, desde la epidermis, nos conduzca a la raíz, desarrollando la conciencia crítica, obviando la literalidad, revalorizando y resignificando el lenguaje. Es urgente desdecir tópicos para sembrar la sospecha de que, como apunta Leila Slimani, la realidad no es un superficie plana. La literatura urgente rompe las lunas de los escaparates.

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