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Demonios, Elvis Presley está muerto

Fans de todo el mundo visitan Memphis en el 40 aniversario de la desaparición del Rey

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Fans de Elvis Presley, ante su tumba, en Memphis, el 12 de agosto. AFP

Sofá mullido en herradura, cojines blancos y amarillos, ambiente de rincón de discoteca setentera a media luz. Un simpático mono de porcelana en la mesilla. Y los tres antiguos televisores, para ver tres capítulos a la vez. El obsesivo visitante de 2017, piensa: qué maravilloso, qué envidiable sería poder ver Juego de Tronos en la salita de TV de Elvis Presley.

Pero no se puede. Es un museo. Podría hacerlo su dueño, Elvis La Pelvis, si estuviera vivo, pero el príncipe de Graceland, el rey del rock’n’roll, el bienamado novio de América, está muerto.

Demonios. Elvis está muerto.

Desde el 16 de agosto de 1977. Si no te lo crees, ve a Memphis, cómprate por 25 dólares la edición especial del Memphis Press-Scimitar del 17 de agosto de 1977 y repite, lento, su sereno y majestuoso titular: A Lonely Life Ends on Elvis Presley Boulevard.

Fans de Elvis Presley, ante su tumba, en Memphis, el 12 de agosto.

Aquel día, en su casa colindante con Graceland, Sara Erwin, 76 años, pasó horas contemplando desde la ventana su propio jardín repleto de “miles de extraños”. Los adoradores de Elvis rodeaban la mansión.

La señora Erwin lo conoció desde que compró Graceland en 1957. Era una niña. A veces Elvis paseaba en tractor. La finca aún no tenía vallas y los niños del barrio corrían a perseguir al rockero campesino. “Era tan guapo”, recuerda, “y nos dejaba subir al tractor”. Todo cambiaba cuando aparecían las fans arrebatadas y el adonis de Tupelo (Misisipi) apuraba el tractor para escapar.

Esta semana, Memphis es un cofre abierto de historias de seres humanos peculiares unidos por el imán de la nostalgia por Elvis. En Sun Studio, donde grabó su primera canción en 1954, That’s all right, una mujer pelirroja tomaba fotos de la fachada. Viajó desde Polonia con su hija. Es conductora de tranvía en Varsovia y tiene nueve tatuajes de Elvis sobre su piel blanca de Europa del Este. Uno en el pecho izquierdo que muestra con desembarazo retirándose el sostén. Teresa Rek tiene 48 años. Cuando empezó a escuchar al Rey vivía en un país enemigo de Estados Unidos. No fue un obstáculo: “Yo me enamoré de Elvis siendo una niña comunista”.

El Sun Studio es aristocracia del rock. En su vieja fachada de ladrillo, una enorma guitarra Gibson. Su ingeniero de sonido, Ples Hampton, 34 años, sale a la calle a fumar un cigarro y a dar su visión sobre el significado de Elvis en la historia de la música: “Cuando empezó a cantar aquí, el rock‘n’roll era una expresión de arte popular fuera de la corriente mayoritaria, básicamente limitado a los afroamericanos. Elvis lo llevó a las masas”. Dentro del estudio se sucedían los recorridos guiados. La guía María relataba las influencias de Elvis, sobre todo músicos negros de talento natural como The Prisonaires, unos presidiarios de la penitenciaría de Tennessee a los que el gobernador indultó por un maravilloso hit compuesto en la trena titulado Just walkin’ in the rain. Más tarde, un taxista negro de 72 años, Sterling Jeter, admirador de B. B. King, Muddy Waters y Marc Gasol (pívot de los Memphis Grizzlies), reconocía a Elvis como “uno de los nuestros. Un blanquito con voz de negro”.

Elvis contaba con millones de personas que darían su piel por él. Pero se sentía solo, sobre todo porque su madre, Gladys, se le había ido, en 1958. Elvis Aaron Presley era un semidiós. Pero sobre todo era un niño de pueblo, hijo único, que quería a su madre. Un día vio con ella una película en la que acababa abatido a balazos. Gladys se puso a llorar. “No quiero que te maten ni en las películas”, dijo la mujer.

Y sin embargo, los creyentes siguen queriendo salvarlo de su solitario desenlace, de su desmoronamiento final en un cuarto de baño de su mansión. A base, ellos, de peinarse tupés, dejarse patillas, caminar como rockabillies; de lucir, ellas, bolsos, pendientes y blusas con su celebérrimo rostro estampado, confían en la resurrección. Memphis espera alrededor de cien mil elvismaniacos esta semana. Algunos están molestos porque este año, por primera vez, se ha cobrado (28 dólares) por poder entrar a la vigilia desde ayer al anochecer hasta el alba en Graceland.

Los fans están en todos los puntos de la ciudad relacionados con el mito. Como el restaurante Arcade, fundado en 1919 e incluido en el registro nacional de Lugares Históricos, con su precioso neón exterior, donde la rubia camarera te sugiere el pastoso sándwich que solía elegir el intérprete de Hound Dog: “¡Crema de cacahuete con plátano frito, señor!”.

En la mesa donde se sentaba Elvis come una familia española. Raquel Álvarez, una niña de 12 años a la que Elvis le suena demasiado antiguo, su padre, Jorge Álvarez, de 54, y su madre, Esther Calpena, de 50, que rememora cómo en los preparativos de su enlace nupcial le dijo al cura: “Don Ramón, le tengo que pedir una cosa: quiero escuchar música góspel de Elvis el día de mi boda”.

En Graceland, junto al jet privado de Elvis, bautizado con el nombre de su hija Lisa Marie, el puertorriqueño de 64 años Pedro Gómez posa vestido como su ídolo. Así luce cada día desde hace una década. Es electricista. Afirma que su aspecto no interfiere en su trabajo. “Al contrario: los clientes están encantados con mi aspecto y mis instalaciones eléctricas son impecables”.

En la mansión todo sigue como lo dejó El Rey. El Jardín de la Meditación, donde reposan sus restos, el frigorífico para sus ataques de hambre, la sala de billar con el cortinaje multicolor, la escalera hacia el sótano entre espejos, el salón con tallas africanas. La gente desfila asombrada por los pasillos de Graceland. Una mansión de ensueño, pero también una pesadilla cargada de toneladas de fama: 42 años, pronto para morir. Se necesitaron 100 furgonetas para retirar las coronas de flores.

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