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El contador de mujeres

Un ensayo imprescidible del argentino Edgardo Dobry profundiza en la mítica y universal figura del insaciable burlador Don Juan sin renegar de la tradición hispánica

Manuela Vellés y Álex García en el montaje de Darío Facal para 'El burlador de Sevilla' de Tirso. Ampliar foto
Manuela Vellés y Álex García en el montaje de Darío Facal para 'El burlador de Sevilla' de Tirso.

Una silueta cuyo rasgo fundamental es la insaciable voracidad numérica; un personaje mítico que carece de referencia definitiva, un nombre del que cada tradición nacional (desde la España de los siglos de oro hasta nuestros días) se apropia para ofrecer una versión que no colma ni puede colmar el ansia de definición: don Juan. Casi podría decirse (y Edgardo Dobry lo capta con extremada penetración) que el burlador es un contable —su instrumento es un secretario— y que es incidental que sean mujeres lo que enumere. Aunque sólo puede contar mujeres; mujeres de otro propietario. Las mujeres son el lado oscuro de este ensayo luminoso. De esta manera lo incidental —las mujeres— se transforma en necesario (es lo único que don Juan puede contar), y ata a don Juan a la peor de las servidumbres, a la enfermedad del moderno: ese bulímico e inagotable que se complace en el presentimiento de que su “gozar” (el verbo es de Tirso) será insatisfecho.

Muchos méritos tiene este ensayo: no cede a la tentación de convertirse en tratado académico; no es prefreudiano (en España esto sigue siendo raro, pero Dobry viene de otra tradición). Eso se nota en la comodidad con que se apropia de las diversas corrientes del pensamiento crítico del siglo XX y XXI sin intentar aplicar la teoría, sino pensar con ella, a través de ella. No es ecléctico, ni le interesa sumarse a la euforia de la literatura mundial, que confecciona mapas y se deleita en condescendencias imperiales, ni practica el oficio inútil de la redacción de papers. Tampoco se avergüenza de la tradición hispánica, sino que la hace convivir con los grandes nombres: Salvador de Madariaga junto a Nietzsche o al menor aunque ahora demasiado festejado Stefan Zweig; o Molière junto al romántico Esteban Echeverría, autor de un don Juan argentino; o, aún más notable, Gregorio Marañón junto a Michel Foucault. Y lo justifica con toda lógica: no se trata de abolir las jerarquías, sino de dar al lector la responsabilidad de recordarlas: a nadie se le ocurrirá conferirle más autoridad a don Gregorio que a Kierkegaard.

El contador de mujeres

Todos esos méritos serían inútiles si Dobry no lograra mantener la unidad del conjunto. Lo hace a través de una pregunta que surgió de su propia biografía de poeta, traductor de grandes poetas y especialista en la lírica moderna. A partir de la conocida consideración de los mitos de la modernidad de Ian Watt (Hamlet, don Quijote, Robinson Crusoe), observa que sería impensable, en cualquiera de estos casos, no tomar como eje a Shakespeare, Cervantes o Defoe. En cambio: ¿por qué don Juan carece de una versión de referencia única? Los críticos que han pensado sobre el burlador pueden prescindir no sólo de Tirso de Molina, sino que los franceses relegan a Lord Byron, los ingleses a Molière o a Pushkin, los españoles a Gabriel Ferrater (Dobry considera que el narrador del Poema inacabado es un don juan): “¿Por qué el gozoso y a la vez angustiado deseo insatisfecho de don Juan dice algo de nosotros, algo que quizá ninguna otra figura puede decir?”.

Los 11 capítulos del ensayo y las dos fascinantes traducciones de los textos inacabados, herméticos, deslumbrantes, casi paralizantes, de Baudelaire y de Flaubert (de los que casi con seguridad no había versión en castellano) son fluidos despliegues de las diversas consecuencias de la interrogación que motiva el ensayo y lo mantiene rigurosamente unitario: la relación entre el conocimiento, la identidad y su vacío, la usurpación, el engaño, el simulacro, el goce y el desafío. Dobry no responde directamente la pregunta, pero puede interpretarse que en el capítulo 11 (‘Don Juan, la inconclusión’) ciñe el asunto a través del Don Juan de Lord Byron, obra inmensa e inconclusa y “primer gran poema del deseo de sin objeto, deseo carnal y deseo de escritura: su devenir sin fin y sin final es una manera de exhibir esa falta inasible”.

Cabe recordar que el poema de Byron está fabricado como un teatro en el que lucha el yo del poeta con su personaje: “Quiero un héroe, un deseo insólito”, proclama la voz poderosa al indicio del artefacto. Dobry caza ahí su presa: don Juan sería la figura que preanuncia la estética de la modernidad: la estirpe de la obra en busca de su objeto”. Es la estirpe que, sin satisfacer el deseo de una forma definitiva, quiere sustraerse a la fijeza inerte de los objetos de la cultura de masas. Esa línea —desarrollada meticulosamente con un ágil manejo de autores, fuentes, aproximaciones y fuertes intervenciones críticas— hace de este ensayo un libro imprescindible: panorama y a la vez interpretación, permite además mantener interrogantes abiertos.

Por ejemplo: ¿se podría pensar críticamente un linaje de la modernidad en la que lo femenino —sea lo que fuese— apareciese como figura de lo inconcluso? Irónicamente, lo que enseña este libro —y lo que buena parte de la crítica feminista niega— es aquello que sesgadamente ya señaló Orlando, de Virginia Woolf: la función de lo femenino en la modernidad sería, al contrario, abrazar la cultura de masas. El libro de Dobry deja lúcidamente ese lado oscuro como tarea inconclusa: no es el menor de sus méritos.

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Autor: Edgardo Dobry.

Editorial: Arpa (2017).

Formato: tapa blanda (237 páginas).

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