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Ramón Xirau, poeta de vanguardias

Sus ensayos, ya filosóficos, ya literarios, son una celebración

Ramón Xirau, en su casa, en noviembre de 2004.
Ramón Xirau, en su casa, en noviembre de 2004. EFE

Ramón Xirau (Barcelona, 1924-México, 2017) era el último de los transterrados. Así hay que llamar a los españoles expulsados de su tierra por las atrocidades de la Guerra Civil y que arribaron a México para hallarse en circunstancias únicas de interlocución, colaboración y mutuo redescubrimiento. A esto no cabe llamarlo exilio porque pronto estaban “en casa”. Mucho menos refugio: fueron parte nodal en la creación de instituciones públicas mexicanas como el Fondo de Cultura Económica y el Colegio de México.

Xirau, que había llegado a los 15 años, fue no solo el último sino el punto medio de aquellos encuentros. Suficientemente mayor como para considerarse de forja hispana, catalana, y suficientemente joven para descubrirse discípulo y heredero de ambas tradiciones, ambas culturas. No es raro que alguien se halle en medio de dos mundos y se sienta escindido. Raro es que Xirau haya encontrado estancia justo en el punto medianero de varias encrucijadas: España y México, su catalán materno y el castellano de su prosa y vida civil, la poesía y la filosofía, la mística y la crítica, y la Teoría de los dos libros...

¿De qué se trata? De una tradición de ramones. Su padre, el filósofo Joaquín Xirau, eligió el nombre de su hijo en honor a Ramon Llull, el primer gran poeta, filósofo y místico de la lengua catalana. Poco después llega el segundo Ramón, Ramon Sibiuda, cantor de las criaturas, también en catalán, que decía: “pues dos son los libros que Dios nos ha entregado, a saber, el libro del conjunto de las criaturas, o sea, el libro de la naturaleza, y el libro de la Sagrada Escritura”.

Y gloso a Llull: el primer libro le fue entregado al hombre desde el principio, cuando fue creada la totalidad de las criaturas, pues cada criatura no es sino una letra escrita por el dedo de Dios, y con todas las criaturas, o sea, con todas las letras se compone un libro que llamamos libro de las criaturas.

En ese libro está también escrito el propio hombre, que es la principal de sus letras. El segundo libro, el de las Escrituras, fue entregado al hombre en segundo lugar, cuando ya no supo leer porque estaba ciego. Sin embargo el primer libro, el de las criaturas, es común a todos, mientras que el libro de la Escritura no es común a todos porque sólo los sacerdotes saben leer en él.

Octavio Paz dijo que Ramón Xirau era un “hombre puente”. Pensaba Paz en los lazos con que Xirau hacía pasar esa luz y esa tradición del Mediterráneo por sobre el Atlántico, hasta México. Y, en efecto, Xirau incluyó en el canon poético de sus lectores mexicanos a los trovadores provenzales y la formas de una tradición intelectual que no había logrado llegar por otras vías de inmigración. Para nosotros, que recuperamos del Mediterráneo algunas formas de la poesía trovadoresca, suele perderse buena parte de la tradición. Tal vez nuestra idea del amor, recogida de Petrarca, no sea del todo exacta. En catalán, el amor no sólo es el de los amantes, amado y amada, sino, además, el amor a las criaturas, la sorpresa por el encanto de las criaturas mínimas, por el mar, por las naranjas. Lejos de la poesía bucólica castellana, que se lamenta entre pinos y álamos, Xirau —y antes Sibiuda, y antes Llull— canta, entre vides y naranjos, unas bestezuelas verdes, verdes —en catalán: bestioles, fauna mínima, escrita por Ramón a lo largo de ocho siglos.

Octavio Paz dijo que Ramón Xirau era un “hombre puente”. Pensaba Paz en los lazos con que Xirau hacía pasar esa luz y esa tradición del Mediterráneo por sobre el Atlántico, hasta México.

Desde el Libro de las maravillas, pasando por el Tratado del amor a las criaturas y en la poesía de Xirau, los tres, son dualistas anómalos, sabios proclives a la docta ignorantia, simpatizantes del hábito de Francisco y la inteligencia de Domingo; los tres se extienden y recogen en intensidad frente a las criaturas y, al fin, los tres comparten la teoría de los dos libros.

Estas tradiciones y recursos poéticos no han sido frecuentes en la tradición mexicana. Pero, junto con echar a vivir de nuevo, entre nosotros, la solar amabilidad del catalán mediterráneo, Xirau es también un poeta de vanguardias, de formas desafiantes, novedosas, los retos formales de las modernidades. Pero difería también del tono de la poesía del siglo XX: Xirau nunca sospechó que pudiéramos ser cascajo de los siglos o entes olvidados, ni orfandad encallecida:

y lentamente, enamoradamente, todo es belleza.

Todo es sencillo, todo claro.

Mirad:

el mundo es tal como se ve.

Parece así de sencillo, pero se trata de un punto inflexible en toda la obra de Xirau, prosa, o poesía. Jamás escribió algo que no estuviera tocado por la admiración o el entusiasmo. Su obra en prosa está toda escrita desde allá mismo, desde la semejanza con la que leyó todo. Y es un lugar no apto para cobardes. Sus ensayos, ya filosóficos, ya literarios, son una celebración. Y solo un tonto podría creer que el entusiasmo y los encomios pueden mellar el filo de la crítica. Nada más fácil que el desprecio y el denuesto, pero de ellos no sale nada qué habitar, qué construir. Pueden tener el valor de frenar y disuadir, pero todo lector sabe que no hay nada más difícil que la celebración.

Xirau nunca escribió sobre obras que despreciara o carecieran de valor. Su crítica nunca fue laxa: era severo, inquisitivo, analítico, pero su motor fue siempre el entusiasmo, el hallazgo del mundo y la luz; de las criaturas y su rumor musical; del pensamiento, sus ámbitos, su descubrimiento. La inteligencia real, no las poses de los listos. La sabiduría no fabrica ruinas, ni idolatría, ni resentimiento. “Todo es ejercicio de belleza”, dice en Gradas, uno de los poemas mayores del siglo XX.

Julio Hubard es escritor mexicano.