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El eclecticismo desbocado

Spoon, Royal Blood y Two Door Cinema Club destacan en el Bilbao BBK LIve

Actuación del grupo irlandés Two Door Cinema Club ayer, sábado, en el festival Bilbao BBK Live.
Actuación del grupo irlandés Two Door Cinema Club ayer, sábado, en el festival Bilbao BBK Live. EFE

Un festival puede definirse por cierto perfil estilístico e intentar convocar a los seguidores de determinados tipos de música, o aspirar a conectar con públicos antagónicos buscando generar un perfil propio, en el que la música programada no caracterice al festival. El Bilbao BBK Live es ejemplar en esto último: poder escuchar al mismo tiempo, yendo de un escenario a otro, el rock de The Orwells —quejándose de su equipaje perdido y de la "mierda de guitarra" (sic) que les han dejado para tocar— o el trap aflamencado de Dellafuente y Maka cantando "con lo guapa que tú eres, ¿por qué no nos juntamos y hacemos unos nenes?”, puede derretir el cerebro al más polifacético de los festivaleros, a pesar de la solvencia de ambas propuestas.

Ese eclecticismo supone gran parte de la identidad del festival bilbaíno, y este año ha vuelto a demostrarlo programando nombres estupendos con muy diferentes procedencias, estilos y perfiles, desde Cage The Elephant hasta Coque Malla, pasando por Justice, The Lemon Twigs, Jens Lekman, Joe Goddard, Xoel López o Saint Motel.

Incluso entre los cabezas de cartel había gran disparidad de estilos, con leyendas como Depeche Mode o el ideólogo de los Beach Boys, Brian Wilson; adalides del indie como Fleet Foxes, nuevos referentes del rock como Royal Blood, fabricantes de éxitos mainstream como The Killers o farsas sobredimensionadas como Die Antwoord. Lo primero es traerlos y después ver cómo funcionan en directo en un contexto tan peliagudo como el de un gran festival, con audiencias dispersas y, en muchas ocasiones, un generalizado espíritu dominguero.

Este año no han fallado quienes no podían fallar: aparte de Depeche Mode, que siguen en muy buena forma, destacaron particularmente los tejanos Spoon —una de las mejores bandas de pop-rock del mundo— y los irlandeses Two Door Cinema Club, que siguen creciendo en directo, tal y como demostraron con un concierto aplastante en la última jornada del festival.

Uno de los nombres más esperados de esta edición, The Killers, triunfaron ante una parroquia de conversos en la noche del viernes. Brandon Flowers y los suyos son al pop como la Coca-Cola a la nutrición: no aporta nada positivo pero a casi todo el mundo parece gustarle. De hecho, es dolorosamente obvio que en sus canciones el aspecto creativo está totalmente supeditado a la doctrina de la canción de éxito, estando todas cortadas por el mismo patrón. Su concierto fue una extensión de ese talante: todo en su sitio, perfecto, tan medido y efectivo como hueco e insustancial.

Al día siguiente, el mítico Brian Wilson ofreció un concierto agridulce hasta la náusea. Después de abrir con algunos clásicos de los Beach Boys como California Girls, I Get Around, Surfer Girl o Don’t Worry Baby, en los que las partes vocales recaían sobre Matt Jardine (hijo del beach boy original Al Jardine, que también está en la banda), Wilson tocó el legendario disco Pet Sounds de principio a fin, ocupándose personalmente de gran parte de las voces principales. Si bien es patético ir a escuchar a Wilson en directo y que este no cante, como parecía que iba a ser en la primera parte del concierto, resultó más patético aún escucharle cantar sin acercarse a unos mínimos básicos. No confundamos las cosas: que Wilson haya escrito algunas de las páginas más importantes de la historia del pop no tiene que ver con que, en 2017, es un señor que no está para subirse a un escenario ni a saludar con la mano. Su concierto en Bilbao no sirvió para generar un bonito recuerdo en honor a lo que fue, sino para sufrir viendo a un hombre casi incapacitado ofrecer un espectáculo bochornoso. Las canciones, por clásicas que sean, no son suficiente.

Aparte de esto, hubo conciertos muy solventes en el festival, como los de !!! y Phoenix, que conectaron al máximo con el público mediante shows muy sólidos, Fleet Foxes y sus plomizas progresiones folk, que en directo generan algo más de sustancia que en disco, o los británicos Royal Blood, que destacaron en la noche del viernes con una propuesta adrenalínica y contundente apoyada sobre una batería, un bajo recargado de fuzz y un puñado de buenas canciones.

La nota de decepción vino de mano de Primal Scream, con un Bobby Gillespie desganado, en un concierto por debajo del nivel habitual de los escoceses, y especialmente con los sudafricanos Die Antwoord, que ofrecieron un espectáculo acorde a las características de su música: zafio, exaltado, mediocre y superficial. Aunque haya elementos de rap en lo que hacen, llamarlo rap o hip-hop le daría mal nombre a estos géneros excelsos. Lo de Die Antwoord es vulgaridad de macarra de zona residencial, y en directo no es más que un inofensivo espectáculo de luces con un poco de playback aquí y allá, movimientos simiescos, testosterona mal digerida y mucho cartón piedra. Un cierre indigno desde el punto de vista musical, para un festival que ha sabido apuntalar su perfil dentro del panorama internacional y que sigue creciendo año a año.