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Arroyo asciende al Olimpo del arte de la Costa Azul

La Fundación Maeght dedica una antológica al español donde sólo antes cuatro compatriotas suyos expusieron: Picasso, Miró, Tapies y Barceló

Eduardo Arroyo posa junto a una de sus obras en Saint Paul de Vence.
Eduardo Arroyo posa junto a una de sus obras en Saint Paul de Vence. EFE

Seguramente estos últimos días, a Eduardo Arroyo le han rondado por la memoria José Manaut y Carlos Pascual de Lara. Fueron sus profesores de dibujo en el Liceo francés y murieron hace tiempo, sin cumplir sus sueños. Uno tras haber pasado por las cárceles de franquistas y el otro, repentinamente, a los 36 años, aterido de frío, pintando. Toca pues rendirles homenaje íntimo. No en vano, en sus memorias (Minuta de un testamento), el artista confiesa que para entenderlo priman dos conceptos: añoranza e impaciencia. Cuando adolescente, aparte de para jugar al baloncesto, Arroyo pensaba que no servía para nada. Fueron ellos los que se percataron de su talento. Así que mientras esta semana colocaba obsesivamente los 150 cuadros de su antológica en la Fundación Maeght, en Saint-Paul de Vance, a 25 kilómetros de Niza, le han debido acompañar a fondo. “Así ha sido, los he recordado mucho”, comentaba este viernes ante su muestra.

Hasta esta semana, Picasso, Miró, Tàpies, Chillida y Barceló eran los únicos españoles que habían expuesto a ese nivel en este templo artístico de la Costa Azul. Ahora son cinco: Arroyo entra en la lista. Desde que hace un año le propusieron formar parte de ese club, ha trabajado a destajo junto a la gran experta en el artista y comisaria de la exposición, Fabienne di Rocco.

La obra 'Yanek Walzak' (1974), expuesta en la Fundación Maeght. ampliar foto
La obra 'Yanek Walzak' (1974), expuesta en la Fundación Maeght.

Como tiene buena memoria, a sus 80 años, ha sabido qué cuadros debían estar. “Sobre todo, algunos que hace más de 30 o 40 años no se exponían, aparte de obra nueva, hecha específicamente para esta exposición”, asegura el artista. “Han sido obras muy duras de terminar. Pero me impuse hacerlas para convencerme de que no me iba a morir y para amargar a quienes estaban encantados de verme acabado”, asegura.

Entre lo reciente, ha incluido El regreso de las cruzadas o Van Gohh en el billar d’Auvers-sur-Oise, Ferdinand Hodler y su modelo… Nuevas pruebas de su pintura simbólica, discursiva, cristalina en sus paradojas, rabiosa e irónica. Una buena respuesta de lo que fue la nueva figuración contra la abstracción predominante en los años cincuenta. “Con el tiempo me he dado cuenta de cuanto me ha influido la abstracción. Nosotros no estábamos en contra de ella. Pero sí de la dictadura que acarreaba”.

El templo de un gran marchante

Saint Paul de Vance es un pueblo consagrado al arte, pero con galerías, contra todo pronóstico, espeluznantes, dice el propio Eduardo Arroyo. Sin embargo, hay algo que no admite discusión en cuanto a la calidad: La Fundación de Marguerite y Aimé Maeght, que fue uno de los marchantes de arte más importantes del mundo, fallecido en 1981. Entre sus representados estaban Giacometti, Leger, Braque, Chagall, Miró, Calder o Chillida. Y a ellos y otros tantos está consagrada la sede que construyó el arquitecto catalán Josep Lluìs Sert y fue inaugurada por André Malreaux, ministro de cultura en la época de De Gaulle, en 1964. Desde entonces, este lugar icónico de la Costa Azul, se ha convertido en ese templo donde cualquier artista desea exponer en vida.

A pocos artistas les sirvió tanto la pasión literaria y el periodismo para conformar en sus óleos tanto lo que quieren que se vea como lo que quieren decir. Cuando Arroyo daba tumbos por ese Madrid tristísimo del franquismo en los años cuarenta y cincuenta, antes de largarse a esa fiesta que fue París –“más concretamente Montparnase, no salíamos de allí”-, seis eran sus hábitos principales: leer, leer y leer; pintar, pintar y pintar. Así que poco le extrañó que saliera de España tras haber pasado por la Escuela Oficial de Periodismo, por aquello de aprender un oficio, y muy poco después, se viera en París, convertido en pintor.

En su exilio voluntario –Francia e Italia, hasta los años ochenta, cuando volvió a España, con un periodo en Berlín del que salieron sus cauchos y esa obra maestra: Ronda de noche-, se cruzó con ese ramillete exclusivo que conforma parte de la columna vertebral de la cultura europea. “Yo soy un pintor europeo”, clama ahora.

De esa fuente bebió a fondo. Fue amigo de Michelangelo Antonioni, De Chirico, Picabia... Hizo escupir panfletos y carteles en el mayo del 68, intimó con Jorge Semprun, entró en el mundo de la ópera para construir escenografías de la mano de Klaus Michael Gruber, con montajes que dirigieron Georg Solti o Claudio Abbado en París, Berlín o Salzburgo. Es decir, a lo grande… “Si de algo me alegro hoy, con esta antológica, es de que puedo exhibir esos decorados como una instalación sin que haya nadie en medio cantando y estorbando la vista”.

No dejó un solo día de pintar o escribir, eso sí. Como se confiesa amante de las listas y los testamentos, es consciente de que para la Fundación Maeght debía echar el resto. Primero, en la selección. Después por dejar claro entre las paredes de la imponente sede, lo que ha querido ser dentro de la historia del arte europeo. “Esta es la exposición más importante de mi vida”, comenta.

Y a la vista queda esta obra que ha sabido sintetizar como pocas el pop art con el surrealismo, el esperpento del Celtiberia show con iconos literarios -Proust, Joyce, Tolstoi, Unamuno, Balzac…- o históricos, como Napoleón y ese Winston Churchill, pintor dominguero, de espaldas: “Fue un genio, no como esos idiotas de Franco y Hitler, que también le daban al pincel”.

La muestra deja patente la obra de un artista cuyos colores van trufados de letra, cuyos pinceles son a la vez estilográfica. Simbiosis de óleo con tinta y hollín de deshollinador: “Les dediqué una serie porque me traen suerte”, asegura. Como vuelan sus famosas moscas por el espacio. Igual que boxeadores, toreros, mitos y leyendas, su obsesión por don Juan… En cualquier formato: óleo, dibujo, esculturas con estela poderosa, de tremenda influencia: “Hoy existen grandes artistas jóvenes, pero no deberían perder tanto el tiempo imitando la considerable cantidad de gilipolleces que hemos hecho nosotros”.