“Mamá, si te llaman de la SGAE o de TVE, tú di que sabes tocar”

Los investigados del “caso Rueda” perfeccionaban su monopolio de cobro de derechos a diario y ya pretendían colar su “música inaudible” en programas de ‘Prime Time’

El pianista Manuel Carrasco Tubio, uno de los tres principales imputados en el 'caso rueda'.
El pianista Manuel Carrasco Tubio, uno de los tres principales imputados en el 'caso rueda'.

Desde que los Tupamaros —como llaman a una especie de cobradores del frac de la Sociedad General de Autores (SGAE)— comenzaron a pasar hace décadas aquellos impresos en los que se consignaban las piezas que se habían tocado aquel día en salas de fiestas, bares o discotecas, el sistema de recaudación por derechos de autor se ha perfeccionado mucho. Lo suficiente para generar 100 millones de euros en cinco años. Los cabecillas del ahora conocido como “caso Rueda” —la trama entre socios de la SGAE y las televisiones para enriquecerse gracias a los derechos de autor de las canciones emitidas en la franja nocturna— mejoraban y engrasaban casi a diario su monopolio musical, que ya miraba hacia los golosos espacios del Prime Time. Todo un lucrativo tinglado de andar por casa montado a base de la creación de empresas editoriales que gestionaban con televisiones de toda España los derechos musicales de supuestos autores, que en la mayoría de los casos no eran sino familiares y allegados de los ahora principales investigados sin ningún conocimiento musical, según fuentes próximas a la investigación.

“Mamá, si te llaman de la SGAE o de TVE, tú di que sabes tocar”, le dijo el pianista Manuel Carrasco Tubio a su madre, cuando temió que pudieran llamarla para comprobar la autoría de alguna de las piezas puestas a su nombre llevándola a tocar a un plató. La señora en cuestión, de unos 70 años, era supuestamente toda una reina del Pop-Rock con 258 obras a su nombre. Cuando finalmente la llamaron sólo alcanzó a decir: “Ahora no puedo hablar”. Carrasco fue detenido, junto a otras 18 personas, por los agentes de la sección de Delitos contra la Propiedad Intelectual de la Policía Nacional el pasado martes. Quedó en libertad bajo fianza de 100.000 euros.

La música de las brujas

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El filón de los derechos de autor cobrados a las televisiones en los espacios nocturnos comenzó con la llamada “música de las brujas”. Denominan así a las sintonías que sonaban al mismo tiempo que las pitonisas echaban las cartas del Tarot y predecían el futuro de quienes marcaban sus números de teléfono de madrugada. En la pequeña pantalla se abría una ventana en la que podía verse a un músico tocando un instrumento. “Siempre trataban de sacar el mayor beneficio posible y sabían que se pagaba más por música en directo, o por piezas de tres minutos, o por canciones sinfónicas, o temas folclóricos”, comentan fuentes conocedoras del caso.

Los tres principales imputados (puestos en libertad con 100.000 euros de fianza), Carrasco, el empresario Fernando Bermúdez y el productor Rafael Tena (hermano del difunto cantante), se pasaban los días perfeccionando su sistema de recaudación: “Lo mismo metían un acorde inicial en una pieza clásica y lo colaban como “arreglo”, que después la colocaban en tres televisiones con tres nombres distintos”, explican las mismas fuentes. “O, por ejemplo, como pagaban más por un videoclip, hacían grabaciones cutres de vídeo, con caballos galopando y señoras bailando, parecidas a las de los karaokes, para ser emitidas entre las 3.00 y las 6.00 de la mañana”, explican.

Previamente, como evidencia el auto del juez Ismael Moreno, se habían puesto de acuerdo con compradores de contenido de al menos 16 televisiones (nacionales y autonómicas) de toda España, como con Nuria Rodríguez Fernández, encargada de contratación y emisión de contenidos para el grupo Atresmedia (Antena 3, La Sexta, Nova, Neox). El pacto era que de las decenas de miles de títulos del catálogo de la SGAE, comprarían exclusivamente sus repertorios para esas horas nocturnas. Y así todos ganaban. Un negocio redondo para los hasta ahora 19 investigados. Pero también una estafa masiva para el resto de los 120.000 socios de la SGAE, que no tenían oportunidad de colocar sus canciones durante tres horas todos los días en las televisiones de toda España. Ni Alejandro Sanz podía competir con ese nivel de emisión por mucho que sonasen sus canciones.

15.000 euros en lotería

A cambio, les cedían parte de los derechos de autor a esas televisiones. Como una mafia cualquiera, les hacían partícipes de su empresa y de sus beneficios y les daban un porcentaje del pastel que generasen esos títulos (el famoso “retorno”). Un dinero que se restaba del cómputo global que debían desembolsar esas televisiones a la SGAE en concepto de derechos de autor. A veces, para doblegar voluntades resistentes o cuando variaban las condiciones de contratación, hacían como Bermúdez, que regalaba 15.000 euros en décimos de lotería de su propia administración lotera, según fuentes próximas a la investigación.

Un zumbido inaudible

El siguiente objetivo de la trama era colocar sus piezas en los programas de Prime Time, con una especie de zumbido inaudible de fondo, según fuentes cercanas al caso. Cualquier cosa con tal de mejorar su recaudación. Hablaban entre ellos constantemente. Decidían quitar piezas que podían resultar sospechosas, sustituían repertorios… “Esto ya no es como cuando nos hicimos ricos”, se lamentaban. Pero llegaban a jactarse de sus propias trampas: “Metamos una pieza del “gran autor Niels [Peter Juliussen]”, reían Carrasco y Bermúdez al referirse al cuñado del primero, que no sabe tocar. En cinco años habían logrado vivir en mansiones en la Moraleja con empresas inmobiliarias como Bermúdez; abrir una clínica de estética y una agencia de viajes como Tena, u obtener más de 30.000 euros en objetivos al año como Nuria Rodríguez Fernández... Hasta que el martes les detuvo la policía.

Sobre la firma

Patricia Ortega Dolz

Es reportera de EL PAÍS desde 2001, especializada en Interior (Seguridad, Sucesos y Terrorismo). Ha desarrollado su carrera en este diario en distintas secciones: Local, Nacional, Domingo, o Revista, cultivando principalmente el género del Reportaje, ahora también audiovisual. Ha vivido en Nueva York y Shanghai y es autora de "Madrid en 20 vinos".

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