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Luces de la (gran) ciudad

Arquitectos y urbanistas se citan en Madrid en un foro de la Fundación Norman Foster para debatir cómo afrontar el imparable crecimiento de la población urbana en el mundo

Imagen de la serie 'Birds Eye View, Shanghai' (2004), del artista chino Weng Fen. Ampliar foto
Imagen de la serie 'Birds Eye View, Shanghai' (2004), del artista chino Weng Fen.

El futuro de la ciudad es el futuro de nuestra sociedad. En 2050, el 70% de la población mundial vivirá en entornos urbanos, según las últimas previsiones. Una gran parte de esos seres humanos lo hará en megalópolis con más de 10 millones de habitantes. En algunos países, la velocidad de cambio es extraordinaria. Lo que a Europa le tomó 200 años de lenta evolución se está reproduciendo ahora en China e India en 20. En 1950, el pueblo pesquero de Shenzhen, en el sureste de China, tenía 3.148 habitantes. En 2025, Naciones Unidas predice que superará los 15 millones. La urbanización se ha multiplicado por 10, acompañada por un desplazamiento del equilibrio de los países llamados “desarrollados” a los países “en desarrollo”.

Construir ciudades para 1.000 millones de personas en los próximos 25 años es uno de los mayores retos y una de las más estimulantes oportunidades de nuestro tiempo. Por eso la Fundación Norman Foster ha escogido ese desafío como tema de su foro inau­gural, titulado Future is Now, que tendrá lugar en Madrid el próximo jueves. Algunos de los políticos, gestores, pensadores, diseñadores, tecnólogos y artistas más respetados del mundo se citarán en el Teatro Real para reflexionar sobre cómo repensar nuestro futuro en común y hacerlo más responsable desde los puntos de vista social y medioambiental. Y en ese replanteamiento las ciudades desempeñan sin duda un papel esencial.

Si bien algunas urbes están acometiendo soluciones sostenibles e imaginativas, otras muchas no lo están haciendo. Emergen nuevas formas de ciudad, con profundas repercusiones sociales para miles de millones de personas. Buena parte de este crecimiento reciente suscita miedo y preocupación. Apretadas filas de impersonales rascacielos recorren los paisajes urbanos de Pekín, Shanghái, Yakarta o Lagos. Los campos de arroz y las praderas se cubren de asfalto y cemento. Monstruosos atascos de tráfico provocan tiempos medios de desplazamiento superiores a cuatro horas diarias en Ciudad de México, São Paulo o Bang­kok. La calidad del aire en estas metrópolis ha roto todas las barreras establecidas por la Organización Mundial de la Salud. Y algunos expertos advierten de que respirar el aire urbano un mal día en Pekín equivale a fumarse un paquete de cigarrillos.

Shanghai ampliar foto
Shanghai Laif / Cordonpress

Pero no todas las megalópolis son como temibles postales del Apocalipsis. Muchas urbes chinas, latinoamericanas e incluso norteamericanas han invertido de manera inteligente en las infraestructuras necesarias para hacerse vivibles y sostenibles. El Gobierno indio está desarrollando un programa multimillonario de “ciudades inteligentes”, pensado para mejorar la situación del país, que va a urbanizarse rápidamente en la próxima década. Algunos núcleos europeos —como Copenhague, Londres, Friburgo o Vitoria-Gasteiz— han aprovechado al máximo sus posibilidades. Redes de transporte, información y energía bien planteadas, unidas al potencial de la economía compartida, están impulsando un cambio sostenible.

El mayor reto del crecimiento descontrolado se planteará en partes relativamente pobres de África y Asia que actualmente carecen de acceso a servicios tan básicos como el agua limpia y el saneamiento. El problema resulta más acuciante si se piensa que, según algunos cálculos, más de 50 personas por hora se irán mudando a ciudades enfrentadas a problemas de crecimiento informal, urbanización descontrolada, falta de inversión y mal gobierno.

Es hora de ver a nuestras urbes como la solución y no como el problema de la sociedad contemporánea

¿Y van estas a exacerbar nuestros problemas sociales y medioambientales, o podrían ayudar por el contrario a proporcionar soluciones duraderas? La respuesta es clara. Si las ciudades —con independencia de su forma o tamaño— están bien diseñadas y bien administradas, mejorarán la vida de los miles de millones de personas que en la década de 2050 residirán en zonas urbanas.

El Londres del siglo XIX puede brindarnos interesantes pistas. Atestada de emigrantes atraídos por la promesa del empleo urbano, se convirtió en la primera gran urbe del mundo. Y, al igual que algunas de las de hoy, se congestionó en exceso y se volvió insalubre, sucia, contaminada y peligrosa. La esperanza de vida media para un hombre era inferior a 30 años. Como la describió el fallecido urbanista Peter Hall, Londres era en aquel tiempo la “ciudad de la noche espantosa”.

A finales de la década de 1880, dio un giro de 180 grados. Inventó la primera forma de gobierno metropolitano del mundo e invirtió en una amplia gama de infraestructuras: alcantarillado, vivienda, parques, transporte público y mucho más. Después de que Margaret Thatcher fulminara en los años ochenta el Greater London Council, órgano de gobierno local, la ciudad supo recuperarse e introducir en 2000 una nueva figura institucional, un alcalde elegido por sufragio directo. A pesar de todos los problemas que siguen existiendo hoy, Londres es la demostración de que es posible humanizar, controlar y mejorar las grandes ciudades. Pero para lograrlo hacen falta buenos dirigentes, un diseño firme y una inversión bien enfocada.

En esa fusión de edificios e infraestructuras que define las urbes, estas —carreteras, conexiones, transportes, parques y espacios públicos— son como el pegamento que une a aquellos. En una sociedad industrializada, los edificios y el movimiento de mercancías y personas entre esos edificios suponen dos tercios del consumo energético. Como consecuencia de ello, las ciudades acarrean en torno al 70% de las emisiones mundiales de CO2.

Pero aunque esto parezca una mala noticia, hay muchas pruebas que indican que es posible diseñar ciudades productivas y limpias. Estocolmo redujo sus emisiones un 35% entre 1993 y 2010, mientras su economía crecía un 41%, una de las tasas más elevadas de Europa. Desde 1990, Copenhague ha reducido sus emisiones de carbono más del 40%, al tiempo que experimentaba un crecimiento real del orden del 50%. Si Pekín, Ciudad de México y São Paulo siguiesen el ejemplo de Estocolmo, Copenhague o incluso Londres, el impacto sería significativo.

Los ejemplos positivos no solo se encuentran en la Europa acaudalada. Las metrópolis de países en desarrollo pueden ser igual de inventivas. La ciudad colombiana de Medellín —capital del asesinato en la década de los noventa— se embarcó en una serie de proyectos sociales y de transporte, incluidos teleféricos (metrocables) para atender a las barriadas más pobres, que han contribuido a alcanzar una sociedad urbana más estable y sostenible. Hoy Medellín, junto con Bogotá, se contempla como ejemplo de cómo dar la vuelta a las ciudades mediante la inversión en infraestructuras (como ciclovías, sistemas de tránsito rápido de autobuses, bibliotecas y escuelas), lideradas por alcaldes carismáticos y comprometidos.

Londres ilustra la humanización de la ciudad. Se precisan buenos dirigentes e inversión bien enfocada

Ahora bien, no todas las ciudades son iguales, y cada una exige soluciones diferentes para abordar problemas distintos, pero igual de críticos. El tamaño y la forma influyen enormemente en su huella medioambiental y en su potencial para la cohesión social y la mejora de la salud. Y ahí es donde interviene el diseño urbanístico.

Las ciudades que obtienen constantemente calificaciones elevadas de sus habitantes en lo referente a calidad de vida son relativamente compactas y fáciles de recorrer a pie, con buen transporte público y abundancia de parques y espacios cívicos. Estas ciudades objeto de deseo son comparativamente densas y han evolucionado históricamente a partir de un concepto europeo tradicional, no muy distinto al que ha regido el desarrollo urbano en España. Consumen menos energía que el modelo suburbano más reciente de ciudades como Los Ángeles, con una expansión de baja densidad y una dependencia total del coche. Según el reciente estudio La Nueva Economía del Clima, la dispersión urbana le cuesta a la economía estadounidense más de un trillón de dólares al año (895.000 millones de euros).

La buena noticia es que los habitantes de las ciudades tienen una mayor esperanza de vida y la posibilidad de gozar de mejor salud. Proporcionan un mayor acceso a servicios educativos y sanitarios. Los habitantes urbanos tienden a tener mejores oportunidades de vida que los rurales. No siempre ha sido así. Es digno de mención el hecho de que, en la actualidad, la mayor esperanza de vida se encuentra en ciudades de alta densidad y muy desarrolladas, como Hong Kong o Singapur.

En definitiva, las ciudades pueden diseñarse y retroadecuarse para fomentar una mayor equidad social y medioambiental. No tienen por qué drenar nuestros recursos y ensuciar nuestros paisajes. Los líderes urbanos coinciden en que bastaría una pequeña reducción de emisiones por parte de los mayores contaminadores del mundo para marcar una diferencia considerable en la sostenibilidad del planeta. Después de todo, a diferencia de los engorrosos sistemas políticos de los Gobiernos nacionales y de las organizaciones internacionales, las ciudades pueden actuar con rapidez y decisión. Es hora de verlas como la solución y no como el problema de las sociedades contemporáneas.

Porque si algo está claro es que en lo que a las ciudades se refiere, el futuro ya ha llegado.

Ricky Burdett es catedrático de Estudios Urbanos en la London School of Economics y miembro del consejo de administración de la Fundación Norman Foster.

Traducción de Paloma Cebrián. News Clips.

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