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Albert Camus regresa a Menorca para dar voz a los refugiados

Un congreso sobre la obra del autor de ‘La peste’ trata la crisis del Mediterráneo como identidad común e indaga en las raíces baleares del escritor

Albert Camus, durante un viaje a Inglaterra en 1948.
Albert Camus, durante un viaje a Inglaterra en 1948.

Para afrontar los desafíos actuales del Mediterráneo, aquel “solar trágico” en la definición de Albert Camus (1913-1960), sería precisa “la brújula ética” que guiaba la vida y la obra del escritor. Así opina el novelista libanés Amin Maalouf. El autor de León el africano,atento lector del Nobel francoargelino, dedicó el fin de semana a “aprender” sobre este en el simposio Trobades Literàries Mediterrànies Albert Camus, convocado en Sant Lluís, localidad de 7.000 habitantes y trazas francesas del interior menorquín.

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Maalouf es uno de los más destacados participantes en el congreso, que conmemora hasta hoy el 60º aniversario de la concesión del premio de la Academia Sueca a Camus. La cita mezcla el debate sobre asuntos de nuestro tiempo en los que este habría intervenido con gusto —la crisis de los refugiados, Le Pen, Palestina o el yihadismo— con un encuentro en la cumbre de expertos (franceses, la mayor parte) en su obra. Un club exclusivo con sus acuerdos y desacuerdos, su jerarquía y sus referentes aparentemente fuera de duda, como Agnès Spiquel.

Presidenta de la Societé des Études Camusiennes fue vitoreada el sábado tras una erudita conferencia sobre la fuerza “referencial” de la madre (Catherine Sintès) en el imaginario de Camus. Más lejos se aventuró la novelista argelina Maïssa Bey, quien hizo un juego de palabras entre mar(mer) y madre (mère), “líquidos amnióticos” de su pensamiento.

La genealogía del escritor fue, ya desde la elección de Sant Lluís como sede, asunto central de un congreso impulsado por Miguel Ángel Moratinos, diplomático y exministro de Exteriores socialista, para indagar en “las contradicciones de nuestro mar común”. De Sant Lluís partió rumbo a Argelia poco antes de 1874 la abuela Catalina Cardona, expulsada de su tierra por la pobreza y atraída por la aventura previa de muchos de sus compatriotas: entre 1830 y 1850, según datos manejados por Josefina Salford, del Institut Menorquí d’Estudis, 9.500 de ellos emigraron y reprodujeron en la franja de Argel las formas y distancias de la isla balear. En la orilla de enfrente, Cardona se casó con otro miembro de una familia de menorquines expatriados que nunca regresarían a casa.

De ‘La peste’ a la élite de los perfumes

Entre los participantes en los encuentros sobre Albert Camus (cerca de 30 ponentes y unos 200 asistentes que abarrotaban el auditorio que en Sant Lluís lleva el nombre del autor de La peste), figura uno, de nombre Antonie Maisondieu, que parecía abrumado por tanta información, desconocida para él, sobre el escritor. Se trata de su nieto. Cualquiera lo diría por la frente y la forma de su boca, aunque su vida le haya llevado por caminos muy distintos. Hijo de Catherine Camus, Maisondieu es una reputada nariz, esto es, se dedica a diseñar perfumes para las mejores marcas de lujo francesas. “Intenté ser escritor, pero era realmente terrible”, se disculpa.

“De mi abuelo aprendí la honestidad intelectual, la simplicidad, la rebelión, la libertad que conlleva una responsabilidad y el no aceptar ninguna creencia porque sí”, explica Maisondieu, que no conoció a su abuelo y opina que su oficio mezcla “la parte artística de este” con el trabajo que heredó de la familia del padre, de profesión perfumero.

El programa de mano, cuajado de escritores, artistas, músicos, cineastas, periodistas y gestores culturales más o menos camusianos de los dos lados, bien podría haberse acompañado de un ejemplar de El primer hombre, su novela autobiográfica inconclusa. Camus portaba el manuscrito aquel 4 de enero de 1960 en el que se mató en un accidente de coche.

No vio la luz hasta 34 años después para despejar tantas dudas como sembrar de enigmas el camino de sus exégetas. En esa historia, protagonizada por el trasunto Jacques Cormery, está casi todo: los antepasados emigrantes, la madre silenciosa y casi invisible, la miseria, “el sol argelino capaz de matar los colores”, la muerte del padre en la I Guerra Mundial y la infancia como esa patria de la que en cierto modo todos nos sentimos refugiados.

Testimonios personales

El exilio y el nóstos, perpetua travesía del héroe griego de vuelta al hogar, fueron recurrentes en los encuentros. Se habló de varias Ítacas; de la de Ulises, insoslayable inspiración, y de la real, que Camus visitó en su periplo griego de 1955, plasmado en sus Carnets. Pero también de las varias Ítacas que Camus sintió como propias: Argelia, que en los cuarenta cambió por París, y también Menorca, a cuyas puertas se quedó en el viaje a Mallorca e Ibiza realizado en 1935 con su primera esposa, Simone Hié, a quien los estudiosos se refieren con vaga fascinación como “la morfinómana”. Aquella excursión está contenida en su primer libro, El revés y el derecho, cuyo prefacio, escrito posteriormente, es otra piedra de Rosetta camusiana. ¿Y qué hizo que el escritor no diese el salto a Menorca? Imposible saberlo con certeza.

Otras Ítacas “menos románticas” se colaron en la forma de los testimonios personales del escéptico novelista iraquí residente en Nueva York Sinan Antoon, que restó mística al sueño del Mediterráneo (“la diferencia entre las dos orillas es la diferencia entre el norte y el sur global, entre la vida y la muerte, entre la riqueza y la pobreza”) y de la escritora y activista siria Samar Yazbek, llegada desde París para dar voz a los “cinco millones de compatriotas obligados por la guerra a partir al extranjero y los cuatro millones de desplazados interiores”.

Yazbek compartió mesa con el novelista Manuel Vicent, quien, ante la idea del Mediterráneo como “sinónimo de caos”, hoy convertido en cementerio (unos 5.000 muertos solo en 2016, según la ONU), defendió el concepto de la alianza de civilizaciones y echó mano de unos premonitorios versos de Lorca: “…el mar recordó ¡de pronto! los nombres de todos sus ahogados”.

Fue ayer por la mañana, cuando, tras el Camus rebelde y el Camus político, opuesto al totalitarismo de cualquier signo, le tocó el turno al Camus periodista: el editorialista, el redactor jefe durante la Resistencia en Combat, origen de su enemistad con Sartre, y el reportero de investigación de sus inicios en Argelia.

Al surgir la cuestión de la crisis de credibilidad de los medios, resonó una pregunta frecuente en Sant Lluís estos días: ¿y qué haría al respecto si estuviese entre nosotros? María Santos-Sainz, autora de un reciente libro sobre el tema, entresacó una advertencia posible de la obra de Camus, fuente inagotable de aforismos que funcionan como balizas en un Mediterráneo de dudas: “Contar mal las cosas es incrementar las desgracias del mundo”.