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libro de la semana

Azotea y bodega

Gerardo Diego fue el gran teórico de la generación del 27, pero su poesía, ahora reunida en 3.000 páginas, se ha visto lastrada por su versatilidad y su virtuosismo

Gerardo Diego posa con su familia en su casa en 1954.
Gerardo Diego posa con su familia en su casa en 1954.

Hace algún tiempo, quienes salían de las aulas de la enseñanza media llevaban en la mente, tintineándoles ya para toda su vida, unos cuantos poemas releídos y a menudo memorizados. En ese parnasillo escolar donde convivían ‘La canción del pirata’, el soneto anónimo ‘A Cristo crucificado’ y algunas décimas de La vida es sueño, Gerardo Diego era uno de los autores mejor representados, con el ‘Romance del Duero’, expresión de sus vivencias sorianas (“Río Duero, río Duero, / nadie a acompañarte baja”…), ‘El ciprés de Silos’, que hubiera firmado Lope y fue escrito en su primera visita al monasterio benedictino, o el ‘Brindis’ a sus amigos santanderinos tras su nombramiento como catedrático de instituto, y que es, sí, un poema de circunstancias, pero también una hermosa proclama de la vocación docente. Claro que eso sucedía antes de que se extirpara de los planes de estudio la literatura como asignatura general y autónoma, cirugía que practicaron unos y sostuvieron otros, que en esto sí parecían haber suscrito un pacto educativo.

Casi nonagenario, Gerardo Diego dejó preparada para la imprenta su poesía reunida, que se publicó en 1989, a los dos años de su muerte, dentro de unas proyectadas Obras completas que quedaron interrumpidas. Ahora se reedita en dos soberbios volúmenes la Poesía completa, al cuidado, como entonces, de Díez de Revenga. Para valorar este trabajo hay que considerar que acoge casi 40 libros de Diego (sin incluir recuentos antológicos), más los cientos de composiciones que no hallaron sitio en aquellos y que aumentan notablemente el corpus poético del autor, aunque en general no lo enriquecen.

Meticuloso “editor de sí mismo”, según lo denomina Díez de Revenga, Gerardo Diego era quien mejor podía ordenar una producción profusa y laberíntica, en la que coexisten libros venales y no venales, ediciones de autor, reediciones que introducen nuevos materiales bajo el mismo título, refundiciones, obras publicadas a poco de ser escritas y otras que esperaron décadas hasta su publicación…, y en la que, en fin, los poemas fueron saltando de libro en libro, por lo que ahora han debido anclarse a uno solo de ellos.

Su virtuosismo técnico es valor que hoy cotiza a la baja, y sus poemas sustantivos y esbeltos están arropados, y en cierto modo solapados, por sus poemas ocasionales y de oficio

Es un tópico referirse a la versatilidad estética de Gerardo Diego, pero ¿cómo evitarlo si es esa una seña de su identidad, como sucede asimismo con Alberti? Diego fue importantísimo teórico y practicante de las vanguardias ultraísta y creacionista, las más volatineras e hispanas, junto a sus admirados Vicente Huidobro y Juan Larrea. Pero al tiempo representa la fidelidad a la tradición, tanto en el ámbito popular del romancero como en el culto. Ambas tendencias, la del vanguardista iconoclasta y la del profesor encorbatado, cohabitan hasta algo antes de la Guerra Civil, por lo que en ese amplio periodo resulta más preciso hablar de vertientes que de etapas. Así, en un mismo año, 1925, publica Manual de espumas, libro creacionista y “de azotea” —es caracterización suya—, y el tradicional Versos humanos, un volumen “de bodega” y casi de acarreo, con el que obtuvo el Premio Nacional al alimón con el Rafael Alberti de Mar y tierra (titulado luego Marinero en tierra).

La situación fue modificándose al avanzar la década del treinta, cuando ya había colocado en el canon de la poesía contemporánea a sus amigos del 27, en su varias veces imitada antología de 1932. Ese año apareció la Fábula de Equis y Zeda (que tuvo una edición mexicana anterior), cuya fiebre gongorina es difícil de ligar con la poesía severamente religiosa deÁngeles de Compostela, de 1940 y con el tajo de la guerra en medio.

Comenzaba así a fijarse su imagen de poeta clasicista, elegante y de asombrosa destreza, que llevaba su vanguardismo como bandera arriada de su juventud, aunque conservara de aquel fulgor la conexión entre la lírica y otras artes, en su caso la pintura y sobre todo la música. Su figura quedó paradójicamente desdibujada a pesar de que, afecto al franquismo, fue encargado oficioso de recomponer una normalidad poética imposible, tras tantos desterrados y tantos enterrados. Mientras que Dámaso Alonso (Hijos de la ira, 1944) o Vicente Aleixandre (Sombra del paraíso, 1944) rompieron, desde el interior igual que él, con el neoclasicismo de invernadero que predominó en los primeros años cuarenta, Gerardo Diego le dio alas con Alondra de verdad (1941), pese a que sus sonetos, escritos antes de 1936, no obedecían a la crecida garcilasista de posguerra, sino a la resurrección del soneto en la preguerra; una resurrección a la que también contribuyeron Miguel Hernández y García Lorca.

A partir de entonces, su influjo principal lo ejercería con su presencia casi pontifical en tertulias y su actuación en recitales, conferencias-concierto (era discreto pianista) o jurados literarios, así como con su tarea crítica en prensa y en Radio Nacional, donde mantuvo hasta 1978 su Panorama poético español. En cambio, como poeta se fue centrando cada vez más en reediciones y recopilaciones de su poesía anterior.

El paso del tiempo ha hecho que lectores y poetas jóvenes se sientan distantes o sean poco conocedores del núcleo artístico de Gerardo Diego. Su virtuosismo técnico es valor que hoy cotiza a la baja, y sus poemas sustantivos y esbeltos están arropados, y en cierto modo solapados, por sus poemas ocasionales y de oficio. De ahí que la ponderación actual del autor haya de hacerse espigando en esta Poesía completa ese manojo irreductible de composiciones memorables que justifican a un creador.

Poesía completa, 2 volúmenes. Gerardo Diego. Edición de F. J. Díez de Revenga. Pre-Textos, 2017. 1.428 + 1.460 páginas. 78 euros.