Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

“Todo conspira contra la posibilidad de que la poesía tenga un público amplio”

Guillermo Carnero, uno de los grandes novísimos, vuelve a la primera línea con un poemario más accesible, aunque no era su intención

Guillermo Carnero, en su domicilio de Valencia, a principios de abril.
Guillermo Carnero, en su domicilio de Valencia, a principios de abril.

Alto, atento, ataviado con un impecable traje de tres piezas, Guillermo Carnero vive rodeado de objetos bellos y de libros, muchos libros. Todo está en perfecto orden en su casa de Valencia. La luz primaveral del mediodía, que entraba a raudales, ha sido convenientemente tamizada. Nada remite al título Regiones devastadas (Fundación José Manuel Lara) de su nuevo libro, si bien se puede trazar una continuidad entre el mundo y el lenguaje de sus poemas y el entorno y las formas del escritor.

“El Servicio Nacional de Regiones Devastadas era una institución del franquismo con la que mi libro no tiene nada que ver; el título se refiere a los distintos ámbitos en los que se revela el fracaso de construir la propia identidad y dejar memoria de ella. La ilustración de cubierta es el busto de Cicerón que la guardia del castillo romano de Sant’Angelo usaba para sus ejercicios de tiro, apuntando a los ojos. Los poemas de Regiones devastadas nos traen una mirada herida en la que han dejado huella dos agresiones solidarias: la del tiempo y la de las limitaciones del ser humano, condenado al fracaso de envejecer, de morir y de no ser comprendido ni en sí mismo ni en sus obras”, explica el poeta valenciano. Jubilado a sus casi 70 años como catedrático de Universidad y premio Nacional de Poesía en 2000 por Verano inglés, Carnero es uno de los más destacados poetas españoles y fue miembro del célebre grupo que el editor Josep Maria Castellet bautizó en 1970 con el nombre de Novísimos.

De aquel grupo de nueve (Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, José María Álvarez, Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Ana María Moix, Leopoldo María Panero y él mismo), ¿era Carnero el más dandi? ¿el mejor poeta? El escritor responde a la primera pregunta sin dejar de sonreír: “En la Barcelona de mis 20 años me hacía los trajes en una sastrería muy elegante de la Rambla, y también me hice un esmoquin, con el que entonces era costumbre ir a la ópera. Cosas de juventud. Siempre me ha gustado la elegancia en el sentido tradicional y convencional de la palabra: ser cuidadoso en el atuendo y en la escritura”.

Su paso por Barcelona fue clave: “Conocí a Rosa Regás, José María Castellet, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma… Pere Gimferrer, Ana Maria Moix y yo nos sentábamos en el mismo banco en las clases de José Manuel Blecua en la Universidad. Entrar en aquel grupo fue una suerte”.

Carnero rechaza la idea de que los novísimos nacieron como oposición a la poesía social de aquellos años: “Nos oponíamos al neorromanticismo y a reducir la poesía a lo cotidiano y lo contemporáneo, al lenguaje directo de la tradición romántica. En el 50 había bastante de las dos cosas”.

Tampoco acepta la fórmula de poesía de la experiencia: “Como tal es una redundancia, y un error si quiere decirse que la experiencia se opone a la cultura. De hecho, experiencia cotidiana y experiencia cultural se combinan para producir poesía auténtica, y la cultura es, en nuestra visión del mundo, un ingrediente cotidiano. No es correcto remitirse a la generación del 50 para oponer poesía y cultura. Quien lea a Jaime Gil de Biedma, uno de los iconos de la llamada poesía de la experiencia, se dará cuenta. Era un hombre cargado de cultura, que se reflejaba en su conversación y en su escritura. Tuve dos lectores excepcionales de mi primer libro aún inédito, Gil de Biedma y Vicente Aleixandre”.

Culturalista, veneciano, el poeta asume las etiquetas si sirven para entenderse y explica por qué en la introducción de su nuevo libro advierte que si sus poemas son más accesibles, ese no ha sido su objetivo: “Por mucho que uno haga todo conspira contra la posibilidad de que la poesía tenga un público amplio, empezando por la educación, que la ha marginado por completo. La base de cultura general que daba el antiguo bachillerato se ha perdido... No aspiro a ser más accesible, pero si lo soy me doy por satisfecho, a beneficio de inventario”.

Carnero desconoce el fenómeno de la eclosión de la poesía en las redes sociales y sostiene que si la “poesía sobrevive sobre todo es como letra de canción”. “Y eso está muy bien en casos como Elton John, Tom Waits, Leonard Cohen, Bob Dylan o Johnny Cash, que me gustan mucho”, añade.

Uno de los poemas de Regiones devastadas le sorprendió tras haberlo escrito, porque trata ideológicamente el recuerdo de unos frescos de Rafael. ¿Es un poema social? “Estaría bueno a estas alturas de mi vida”, bromea. “Se me ocurrió visitando el campo de exterminio nazi de Sobibor. Siempre he conocido y reprobado las atrocidades nazis, pero por primera vez sentí una emoción con profundidad de solidaridad humana, más allá de lo egocéntrico, y me llevó a un referente cultural. Pensando en las personas que habían muerto en aquel lugar me vinieron a la memoria los frescos que Rafael pintó en el Vaticano por encargo de Julio II y León X. Los dos papas querían lanzar un mensaje de consuelo que la historia contradice: que es inevitable que la justicia prevalezca en el mundo porque sobre él flota la vigilancia o providencia de Dios. Si hubiera intentado escribir un poema con el pensamiento pero sin emoción, el resultado habría sido un fracaso, como lo es la mayoría de la poesía social, resultado del mero autoencargo ideológico”.

El siglo XVIII, la última época para ser de izquierdas con inocencia

Guillermo Carnero, en su casa de Valencia.
Guillermo Carnero, en su casa de Valencia.

Carnero preferiría haber vivido en el siglo XVIII: "Pero en el XVIII francés, no en el español, aunque Meléndez Valdés era un poeta de primera fila, de rango europeo. Y también lo era Jovellanos, aunque pocos lo recuerden. Me gusta el XVIII primero en lo estético, porque es un siglo sensual y vital, en el que la represión moral desaparece en el arte, y se impone el desnudo. En Francia, pero no en España, donde 'La maja desnuda' de Goya tenía que mantenerse escondida. Y segundo, en lo ideológico, porque es la última época de Occidente en la que se puede ser con inocencia y de buena fe progresista y de izquierdas. Todo está aún por descubrir, y todavía cabe creer en las utopías, que irán luego fracasando, desde la Revolución francesa a la Bolchevique”.