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La macabra ingenuidad

Los personajes se mueven como el trazo de Alberto Vázquez requiere y el lenguaje visual de la película se impone como firme identidad estilística

Un fotograma de la película 'Psiconautas'.

PSICONAUTAS

Dirección: Alberto Vázquez y Pedro Rivero.

Animación.

Género: drama. España, 2015

Duración: 76 minutos.

Publicado en 1963, Los pequeños macabros (Libros del Zorro Rojo) de Edward Gorey nació como refinada sátira de los libros didácticos, sin que su autor previera su potencial para convertirse, décadas más adelante, en singular libro de cabecera para una nueva sensibilidad generacional, afín a la fusión de lo morboso y lo ingenuo. El libro se estructuraba en forma de abecedario ilustrado, detallando en pareados las extravagantes muertes de veintiséis niños: de la A de Amy “que cayó por las escaleras” a la Z de Zillan “que bebió demasiada ginebra”. En 1997, Tim Burton rindió su más explícito tributo al legado de Gorey con la publicación de su libro de poemas ilustrados La melancólica muerte del Chico Ostra y otras historias (Anagrama), obra que capturó un cierto espíritu de la época y fue elevada a la condición de manifiesto por parte de un buen número de lectores que se reconocían en la (supuesta) exclusión y en la militancia en una inmadurez (aparentemente) innegociable. Pese a sus buenas intenciones, Burton no abrió la poética de Gorey al gran público, sino que, de hecho, la rebajó e instrumentalizó para convertirla en objeto de consumo -es decir, en objeto cultural no problemático- y, con ello, dio forma a algo bastante antipático: una tendencia estilística con alto riesgo de instalarse como tópico visual y temático.

Cuando Alberto Vázquez publicó en 2006 su primer álbum en solitario, Psiconautas, las comparaciones con el imaginario de Burton fueron habituales: con trazo deliberadamente ingenuo, Vázquez contaba la historia de dos niños anómalos –un pájaro toxicómano y una ratita con ansias de emancipación del opresivo entorno familiar- en un naïf universo posapocalíptico. Junto a Pedro Rivero, el autor condensó esa poética en un premiado corto homónimo en 2011 que ahora ha crecido en forma de sólido e insular largo de animación, con una técnica mucho más orgánica y depurada: aquí los personajes se mueven como el trazo de Vázquez requiere y el lenguaje visual de la película se impone como firme identidad estilística y no como fruto del pulso con posibilismos de producción. Vázquez se ha tomado en serio su condición de animador –la progresiva ambición de sus cortos Sangre de unicornio (2013) y Decorado (2016) así lo testifica-, pero no estaría mal que algún día se preguntase si es conveniente seguir invocando a Tim Burton (o a Mark Ryden) en lugar de articular un universo imaginario realmente distintivo.

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