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Los años salvajes de Moby

El músico publica 'Porcelain', sus apasionantes memorias de finales del siglo XX en el Nueva York más sucio y peligroso. Retirado de las giras, el artista quiere seguir escribiendo

Moby, en un concierto en Los Ángeles, en 2015.
Moby, en un concierto en Los Ángeles, en 2015. Chris Pizzello/Invision/AP

Desde su casa de Los Ángeles, Moby atiende amablemente mientras ruge una licuadora: “Disculpa, estaba haciéndome el desayuno”. La tarea de hoy consiste en publicitar su Porcelain, autobiografía ahora traducida al español por la editorial Sexto Piso. Son sus vivencias entre 1989 y 1999, justo antes del impacto mundial de Play, álbum que despachó 10 millones de copias y se hizo omnipresente, gracias a la combinación de rotundas voces negras y electrónica sedosa.

¿Cree que su música ha envejecido bien? Era tan ubicua que se transformó en sonido ambiental: la discográfica optó por licenciarla para su uso intensivo en publicidad, cine, series. “Fue una solución de último recurso. Pensaban que no tendría hueco en la radio comercial y decidimos ir directamente al oyente. Aquello terminó en saturación pero implantó mi nombre. Como practicaba otros tipos de música, no me consideré atado a esa fórmula”.

“Chocaba con intolerantes como Aphex Twin, que me criticaba por tocar guitarra eléctrica en directo”. Suspira y sigue: “Viví en una fábrica okupada donde ensayaba un grupo hardcore y otro de metal; yo tocaba en ambos. Eran años en que salían discos extraordinarios de Sepultura y Pantera pero también de hip hop. Y te sentías influenciado por todo eso a la vez. No era bueno rapeando pero sí con la guitarra”.

Su formación musical se completó trabajando como DJ en Manhattan. “Me gastaba en discos casi todo lo que ganaba: los maxis eran carísimos. No me quedaba dinero ni para taxis, así que iba y volvía al club tirando de una patineta, donde cargaba mis vinilos. Debía parecer tan chiflado que los yonquis pensaban que no valía la pena asaltarme”.

De alguna manera, Porcelain es una oda al Nueva York más sucio y peligroso, antes de la llegada a la alcaldía de Rudolph Giuliani. “La ciudad acogía a los artistas: por ser músico, conseguí alquilar un loft por 500 dólares al mes. Era muy ascético, no consumía ni alcohol ni drogas, todo lo invertía en discos y en equipos para hacer música. Resulta que comencé a ganar dinero justo cuando empezaba el aburguesamiento de Manhattan, que expulsó a la bohemia”.

Para entonces, el espíritu comunitario de las raves ya se había resquebrajado. “Recuerdo ir a una de las discotecas punteras y encontrarme con el público sentado en la pista. Gente guapa que no reaccionaba ante la música: estaban hasta arriba de ketamina. ¿Qué sentido tiene juntarse para tomar un anestésico?”.

Porcelain podría pasar por un relato iniciático. El Moby que nos llegaba a través de los medios parecía pura ficción: un cristiano militante, que valoraba la castidad; vegano y abstemio, luchaba por los derechos de los animales. El libro aclara que esos eran los ideales a los que aspiraba, inevitablemente torpedeados por las tentaciones de su oficio. Confiesa: “Tal vez elegí la profesión equivocada para mi perfeccionamiento espiritual. Además, si vas de sobrio, la gente se empeña en demostrarte lo equivocado de tu planteamiento. Y caes”.

Desde su actual altura, Moby puede relatar con humor las indignidades sufridas por una estrella de la segunda división de la dance music: aviones chárter, alojamientos miserables, promotores flipados. Pero también presta minuciosa atención al proceso de creación de sus temas: “Me alegra que lo aprecies. Inicialmente, no quería hacer un libro para especialistas en música. En la editorial, sin embargo, me dijeron que echaban de menos esos detalles. Cuando llevas muchos años encerrándote en tu estudio, terminas pensando que es una actividad tan banal como la de un relojero o un zapatero. Hasta que te das cuenta de que los horarios, los métodos, los objetivos, todo es diferente”.

El descendiente de la ballena más famosa

Como descendiente de Herman Melville, el autor de Moby Dick, sabía que su libro sería examinado con lupa: “He leído las autobiografías de Bob Dylan y otros. Están bien pero yo prefería ser totalmente sincero. Me ayudaron más los Diarios de un novelista, John Cheever: tres décadas de su vida y no oculta nada. Si vas a dedicar equis meses a escribir, con la esperanza de que alguien use las horas que sean para leer tu libro, debes contar la verdad. Es un deber cívico, sobre todo en la era de Donald Trump”.

Aquí debemos insertar una anécdota escabrosa. En sus años de fama, cuando Moby ya bebía alcohol, él y sus amigos desarrollaron un juego gamberro: consistía en sacarse discretamente el pene en reuniones sociales y conectar con el cuerpo de personajes que detestaban, sin que se dieran cuenta. ¿Podemos confirmar que Moby bautizó así a Trump? Risas: “Déjame consultarlo con mi abogado”.