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Medias tintas

Isabel Villanueva, violista, debuta como solista en el Auditorio Nacional acompañada al piano por Thomas Hoppe

Isabel Villanueva
Isabel Villanueva posa con su viola. EP

Los violistas son el blanco predilecto de los chistes de músicos, quizá por su posición intermedia —en aparente tierra de nadie— entre el violín y violonchelo. Un botón de muestra: “¿En qué se parecen un rayo y los dedos de un violista? En que se sabe que van a caer, pero no se sabe dónde”. Los hay mucho más crueles e injustos, y suele olvidarse que la viola fue el instrumento predilecto de muchos grandes compositores o que Paul Hindemith, amén de un extraordinario compositor, fue un violista colosal. Nadie ha hilado tan fino, sin embargo, como Luis Buñuel, que en una serie de definiciones de los instrumentos orquestales publicadas en la revista Horizonte en 1922, en plena eclosión del surrealismo, definió las violas como “violines que llegaron ya a la menopausia. Estas solteronas conservan aún bien su voz de media tinta”. No se puede decir más con menos. 

Obras de Schubert, Sotelo, Granados y Brahms. Isabel Villanueva (viola) y Thomas Hoppe (piano). Auditorio Nacional, 30 de noviembre.

Hay violistas (femeninas) que han llegado incluso a sentirse zaheridas por la definición, incapaces de aprehender el humor —esta vez genuino— del genio aragonés. No es el caso, seguro, de Isabel Villanueva, que debutaba como solista en la sala de cámara del Auditorio Nacional, lo que siempre es un acontecimiento para todo joven instrumentista. Ha contado para un recital tan importante con un valor seguro al piano, como es el alemán Thomas Hoppe, experimentadísimo acompañante de violistas en la prestigiosa Hochschule für Musik Hanns Eisler de Berlín, donde ejerce su magisterio la reina del instrumento, su compatriota Tabea Zimmermann, con la que ha grabado precisamente varias obras de Hindemith para viola y piano. 

La viola es mucho menos pródiga en repertorio de primera fila que violín o violonchelo, de ahí que lo tome con frecuencia prestado a uno y otro lado. Aunque la frecuentan los violonchelistas, la Sonata que Franz Schubert escribió para arpeggione (una especie de híbrido entre violonchelo y guitarra) figura a menudo en los atriles de los violistas y las credenciales que mostró Isabel Villanueva al tocarla se mantuvieron, con pocos altibajos, a lo largo de todo el recital. De afinación en general segura (algunos deslices parecieron más consecuencia de lapsus de concentración) y sonido muy cuidado, si bien con tendencia quizás excesiva a un cierto preciosismo, lo que se echó en falta en todas sus versiones fue una gama dinámica más amplia, generosa y contrastante. Villanueva suele refugiarse en una zona de seguridad entre el mezzoforte y el mezzopiano, lo que unido a su lógico afán por amarrar la afinación y no forzar tampoco en los golpes de arco, provoca que la música alce pocas veces el vuelo y tienda hacia una expresividad algo plana.

Justo lo contrario es lo que parece demandar Blanca luz de azahar, una obra de Mauricio Sotelo que conocía su estreno en este concierto. Con sus referencias explícitas o solapadas al flamenco, marca habitual de la casa, y los guiños a obras propias o ajenas, es una partitura que, a poco que la conozcan los violistas, la acogerán con entusiasmo, porque, muy bien escrita, permite el lucimiento del instrumento y, sobre todo a partir de la espléndida cadencia central, bucea con enorme inteligencia en sus posibilidades expresivas, con el clímax situado en la soleá, que porta aromas inequívocos de algunos momentos de su ópera El Público. Los extremos dinámicos minuciosamente indicados en la partitura, sin embargo, apenas sonaron como tales y Villanueva ofreció una versión muy pegada a la letra, de nuevo sin asumir esos riesgos que hacen que la música exude su espíritu más allá de las notas y acabe empapándonos.

En la segunda parte volvieron los préstamos, con un arreglo de la propia solista de la Sonata para violín y piano de Granados, una suerte de eterna variación en torno a un par de motivos melódicos. “Molta fantasia” reclama expresamente el compositor, pero ese vaso pareció llenarse solo a medias. En la primera de las dos Sonatas op. 120 de Brahms (originalmente para clarinete) destacó la excelente prestación pianística de Thomas Hoppe, que ha debido de tocarla cientos de veces y que arrastró a Villanueva a abandonar por momentos esa zona de confort en la que parecía instalada y a hacerla tocar como una solista de verdad y no como una alumna aventajada. Fuera de programa, ambos ofrecieron una poco afortunada versión del Polo de Manuel de Falla, pero que hizo rememorar, cómo no, con una sonrisa y ya con cierta nostalgia la nueva y luminosa partitura de Mauricio Sotelo, a la que cabe augurar un recorrido tan largo como el que tiene aún por delante esta joven instrumentista navarra.

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