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BLOGS Coordinado por JUAN CARLOS GALINDO

“En este país hay un problema de convivencia porque Agatha Christie ganó a Simenon”

Librero y hombre esencial en el género negro, Camarasa habla sobre 'Sangre en los estantes', la literatura y las bofetadas de la vida

Paco Camarasa, ayer en Barcelona
Paco Camarasa, ayer en Barcelona EL PAÍS

Hay algunas expresiones que uno no entiende bien pero que es consciente de que se puede pasar la vida sin ellas. Mieloma múltiple con cadenas de lambda ligeras, un veneno destructor que circula por la sangre, es una de ellas, una presente en el día a día de Paco Camarasa (Valencia, 1950) desde hace semanas. Pero el librero, comisario de BCNegra y factótum del mundo de la ficción negrocriminal recibe a EL PAÍS lleno de energía y optimismo, creciente barba de sabio, muletas en ristre, en lo que fue la librería Negra y Criminal, ahora un acogedor refugio y lugar de trabajo vigilado por Brunetti, una gata salvaje de Los Pirineos. Nos abre la puerta Montse Clavé, su compañera, ángel y guardiana de las esencias y rápidamente estamos inmersos en Sangre en los estantes (Destino), un diccionario personal, un anecdotario brutal sobre las últimas cuatro décadas del género negro, una apuesta extraña y lúcida, un artefacto a veces excesivo, único.

El loco de la coca cola y otro millón de anécdotas

Hay decenas de anécdotas en Sangre en los estantes. En su habitual tono fanfarrón, James Ellroy quiso comprar la librería y en un tono muy distinto Maj Sjowall contó a Camarasa chismes de más de un compañero. Hay tantas historias que algunas no entraron en el libro. Nos cuenta el autor que Vázquez Montalbán solo dejó que un comensal, Paco Taibo II, fuera con él al restaurante Quo Vadis y pidiera Coca Cola, pero antes le contó al camarero que Taibo era en realidad un paciente que acabada de salir de un psiquiátrico y al que no le podía faltar la bebida oscura en el vaso.

“Este país tiene un problema de convivencia porque Agatha Christie y Poirot ganaron la batalla de la literatura popular a George Simenon y Maigret”, sentencia en los primeros intercambios, como si la novela negra fuera la vida, porque igual lo es. “Este libro está pensado desde hace años, pero no se habría escrito si no hubiera cerrado la librería y si mi editor no me hubiera puesto una fecha”, explica cerrando un poco más sus pequeños ojos, recordando esos meses de trabajo, entregado como si supiera que luego la vida no le iba a dejar, orgulloso de pasar al otro lado del negocio, de dejar “algo que perviva”. “Es un libro que solo puede escribir un librero desde una librería como esta. No quería repetir lo que ya estaba, así que me leía la Wikipedia para saber lo que no quería poner”.

La conversación torrencial, no puede ser de otra manera con Camarasa, pasa de sus grandes amores (Simenon, de nuevo, al que leyó primero mal y con prejuicios, o Jean Claude Izzo) a los clásicos (la santísima trinidad formada por Raymond Chandler, Dashiell Hammett y Jim Thompson con Ross Macdonald de invitado estrella, “sobre el que mejor pasa el tiempo”) y de ahí a la literatura del aburrimiento (Camilla Lackberg, Patricia Cornwell, casi todo el domestic noir y otros en los que no se detiene mucho) y a la de los buenos, formada por una pléyade enorme y dispar que no es posible detallar. Y de coda, un homenaje a Vázquez Montalbán. “Creó a Pepe Carvalho de la nada, sin tradición, porque él no había leído entonces a los estadounidenses. Hubo una conversación en Ginebra entre Izzo, Montalbán y Camilleri. ¿Te imaginas haber estado? Si me dieran un deseo, sólo un deseo…” cuenta, generoso y emocionado. “También podríamos tener a la Patricia Highsmith, pero seguro que solo nos gruñía”, añade cuando enumera escritores negrocriminales que no llegó a conocer (no hay tantos).

Camarasa y Bogart en Negra y Criminal.
Camarasa y Bogart en Negra y Criminal. EL PAÍS

No hay género más pegado a la realidad que el negro y criminal, “que no es policíaco, que no es de enigma”, se empeña en explicar siempre el librero. Por eso se excita cuando recuerda el primer Henning Mankell, tan lúcido a la hora de describir los males latentes de la sociedad sueca, de mirar más allá y ver el racismo incipiente; cuando habla del Le Carré de la Guerra Fría o de su fetiche Izzo, que “clava en su trilogía sobre Marsella, escrita hace 20 años, la realidad que ahora se ve cada día en Francia, la del Frente Nacional y compañía”.

También hay, claro, lugar para malos rollos no contados - “Paco González Ledesma escribió unas memorias de 500 páginas y no se metió con nadie. Yo sigo al maestro”- y un lamento por Barcelona. “De la ciudad de Carvalho no queda nada. Han ganado las hordas de guiris y el turismo de masas”. Ya es de noche en Barcelona. Mañana, toca enfrentarse al monstruo, de nuevo. Eso sí, con un libro en la mano. “Estoy releyendo a Ed McBain mientras espero a la diálisis”, cuenta con una voz suave y un gesto cómplice.

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