GENTE SINGULAR | Jorge SanzColumna
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En la pantalla como en casa

El actor entraba y salía del set como si no supiera que la ficción y la realidad son cosas distintas

El actor Jorge Sanz.
El actor Jorge Sanz. JORDI SOCIAS

Nacido en Madrid en 1969, este actor, hijo de militar, a sus 47 años lleva dentro todavía con toda naturalidad aquel niño tierno y cariñoso de sus primeras películas, el adolescente con cara de simpático truhán, el joven seductor asaltado por las chicas de COU, el cómico resistente que sabe que en esta profesión no llegarás a nada si te empeñas en comer caliente todos los días, el cínico sin ideología capaz de burlarse de su fracaso tanto como de su éxito, el cuarentón desaparecido en combate, el superviviente de cada noche sin más. Incluso en su época de esplendor sobre la hierba Jorge Sanz siempre se comportó en su oficio como en la milicia lo hace un guapo teniente chusquero, de ahí le nace el encanto con que seduce a la tropa.

He tenido ocasión de verlo actuar en algún rodaje y siempre me dio la sensación de que este actor entraba y salía del set como si no supiera que la ficción y la realidad son cosas distintas, que estar dentro y fuera de la pantalla significaba lo mismo: seguir siendo Jorge Sanz sin que notaras la diferencia. Lo podías ver de fascista con bigotito, de fiel enamorado, de avieso traidor, de galán rampante, de hombre fracasado y cuando el director mandaba repetir la acción o paraba el rodaje a la hora del almuerzo ese actor se sentaba a tu lado en el restaurante y hablaba sobre cosas de la vida que parecía saber muy bien sin haberlas aprendido. Así se expresa con los colegas, con el camarero, con la chica que le pide un autógrafo, con el que vende lotería, con el taxista, con el pez gordo o el chulo putas, así se ha bandeado en medio de las turbulencias del corazón con los amores que ha vivido, con los hijos que ha tenido. No pasa nada. Así son las cosas. Mañana a las ocho, a formar.

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Probablemente el ser hijo de un militar duro le obligó a andar un tiempo con el pie cambiado a la hora de desfilar por la vida entre sus compañeros de izquierdas. Se había un lío con eso del compromiso social, pero el conflicto lo resolvió a su manera. Tal vez pensó que ser un tipo corriente y ligar a destajo día y noche, ir saltando de cama en cama, era también una actitud de protesta y ruptura del sistema, la forma más placentera de ser rojo en una porfía que mantenía con Gabino Diego. Puede que ningún actor ha tenido tanto éxito con las mujeres. Alguna quería tener en brazos a aquel niño de nueve años al que recordaba al lado de Jane Birkin y José Luis López Vázquez en la película La miel o al adolescente de El año de las luces, que rodó con 16 años o al joven amante inexperto de Belle Epoque, al que Maribel Verdú, Ariadna Gil y Penélope Cruz perseguían pugnando entre ellas para llevárselo al catre. Jorge Sanz ha desarrollado todas las edades en la pantalla. Incluso con el tiempo formó pareja sentimental con la actriz Paloma Gómez, que fue aquella niña, su compañera, en la película Valentina con la que tuvo a su hijo Merlín.

Podía interpretar a cualquier personaje y a la hora del almuerzo hablaba sobre cosas de la vida que parecía saber muy bien sin haberlas aprendido.

Por su trabajo en Si te dicen que caí le dieron un Goya y todos los premios a los que un actor puede aspirar. Maribel Verdú y Jorge Sanz tuvieron el talento y la fortuna de ser protagonistas de Amantes, un clásico del cine español donde Jorge reveló el insólito magnetismo de su mirada.

Una noche asistí en directo a una secuencia real de Jorge Sanz como seductor fuera de la pantalla en una taberna llena de parejas burguesas de mediana edad. Había también allí un grupo de cineastas. Un director me dijo: “Fíjate en Jorge, nunca está de pie, tiene complejo de corto de talla, siempre aprovecha para estar sentado en el taburete de la barra o el pico de una mesa”. Por supuesto las mujeres del local estaban pendientes del actor. Una de ellas metida en una espléndida madurez lo miraba de forma insinuante pese a que estaba sentado junto a su inquieto marido. La mujer se levantó, se acercó al actor, le dio una tarjeta con el número de teléfono y le dijo en voz baja: “Llámame a cualquier hora del día o de la noche”.

El público español no es capaz de deglutir años de éxito seguido, de modo que Jorge Sanz parecía condenado a ser un muñeco roto. Pero el talento y el humor inteligente de David Trueba ha creado una obra de arte con la serie, ¿Qué fue de Jorge Sanz?, un modelo de autoficción cinematográfica, al hacer de la vida de Jorge Sanz una parodia llena de inspiración que convierte el fracaso en una victoria de los días y las horas. Ese alarde de inteligencia no habría sido posible sin el cinismo del propio actor dispuesto a burlarse de sí mismo, dentro y fuera de la pantalla, sin escuela ni método, como un glorioso chusquero, que, al asumir el fracaso como algo natural, no ha permitido que el éxito lo destruyera.

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