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Eagles Of Death Metal vuelven a reír a mandíbula batiente

La banda ofrece esta semana en Barcelona y en el DCode de Madrid los conciertos que tuvo que aplazar tras la tragedia de Bataclan

Jesse Hughes, cantante de Eagles of Death Metal, sujeta una camiseta de apoyo a París en su concierto en la ciudad el pasado 16 de febrero.

Jesse Hughes (Greenville, Estados Unidos, 1972) es un sureño arquetípico. Algo chocante desde una óptica europea, pero plenamente consecuente en sus aparentes contradicciones. El timonel de los Eagles Of Death Metal es un ferviente católico y, a la vez, un fumeta (tose, y se disculpa: “menuda piedra de hachís me estoy fumando”). Procaz en costumbres y conservador en lo político. Pero no quiere hablar de nada que tenga que ver ni con la política ni con el terrorismo: desde que el nombre de la banda irrumpiera en los medios generalistas el 13 de noviembre de 2015, cuando asistían atónitos a una matanza (la de la sala Bataclan, en París, saldada con 89 muertes) de la que escaparon por los pelos, se ha hartado de rememorar en público aquel trance. Solo quiere hablar de música, nos advierten desde su discográfica. Y es lógico.

Este viernes actúan en la sala Apolo de Barcelona, y el sábado en el festival DCode, en Madrid. Son las dos visitas que el combo, liderado por Hughes pero apoyado logísticamente -y desde su batería- por el mucho más mediático Josh Homme (Queens Of The Stone Age), tuvo que aplazar debido a aquella masacre. Así que su visita a nuestros escenarios la deben pillar con ganas. El rockero norteamericano, desde luego, no puede ser más gráfico: “¿Alguna vez te has querido follar a una tía que te parecía inalcanzable, y al final tienes la ocasión? Pues así es como me siento”, nos comenta al teléfono un tipo que no tiene absolutamente nada que ver -y es de celebrar- con el compungido frontman que comparecía en entrevistas tras la tragedia de París.

“Quiero que todo el mundo se quede embarazado tras nuestro show, eso es lo que quiero”, se reafirma. ¿Diferencias entre actuar en sala o en festival? No desdeñaría ninguna, dice.

Bebiendo del hard rock, del glam, del blues, del rock y del pop, la música de la banda californiana es jovial y celebratoria. Con aire de divertimento ligero, sí. Pero con unas propiedades lúdicas -y lúbricas- y desengrasantes que no hay que desestimar. ¿Realmente se divierten tanto en el estudio como parece? “Incluso más, este el mejor trabajo que uno puede tener, soy afortunado de estar en esta banda, porque no soy capaz de hacer algo en lo que no creo, puede que por ser un católico devoto”, esgrime con entusiasmo. Y remata con otro de sus símiles procaces: “No puedo enarbolar la verdad acerca de casi nada, pero de lo que sí estoy seguro es de que el rock and roll es como una mamada espiritual, que vives las 24 horas del día, los siete días de la semana”.

Dos factores juegan a favor de una discografía que, de momento, se salda con cuatro álbumes (el último, Zipper Down, del año pasado): su querencia por picotear con garbo por varios estilos, evitando el encasillamiento, y ese sentido del humor algo faltón que se gastan. Sobre lo primero, Hughes asiente: "Mi madre no tiene claro aún qué música hacemos, no hay mejor prueba”, y recuerda los tiempos en los que “el rock empezó, y solo era rock, no había estilos, de hecho los Ramones empezaron compitiendo con los Bay City Rollers, no importaba la diferencia estilística entre ellos”.

Asume, de hecho, que no quiere “ser diferente a nadie, solo quiero ser como Little Richard”. Sobre lo segundo, el vector guasón de la banda, presume de que esa alegría “se traduce en la forma que tenemos de ir fardando, quedándonos con el personal”, por la sencilla razón de que el entusiasmo no abunda precisamente en un entorno, el del rock actual, que él ve funcionarial: “¿Cuántos de los grupos que ves hoy en día sobre un escenario tienen pinta de no importarles un carajo lo que están haciendo? Como si fueran desgraciados. No tiene sentido. Si alguien te invita a cenar a su casa, no puedes poner cara de que la comida apesta”, se defiende.

Consultado sobre gustos actuales, menciona: “Grimes, Queens Of The Stone Age, The Kills y por supuesto, Britney Spears, a quien siempre amaré”. ¿Seguro? “Desafiaré a quien desmienta que es una de las grandes artistas pop de la historia. Si la ves en directo, te noquea. Si ves su espectáculo en Las Vegas, te hace recuperar tu fe en la música. Es una estrella genuina. Ni Barbra Streisand ni Aretha Franklin ni The Supremes escribían sus canciones, no lo necesitaban. Ella tampoco. Yo sí, claro”, ríe. Antes de despedirnos, nos confirma que el próximo álbum de Eagles Of Death Metal puede llamarse Coitus Interruptus. Que considera las versiones un “animal delicado” (las suyas son insospechadas: Save a Prayer, de Duran Duran, fue la última, “una canción eterna”), que tiene ya listo un nuevo trabajo con Boots Electric (Illuminati), su proyecto paralelo, y que se muere -por supuesto- de ganas de aterrizar en Barcelona y Madrid. Cuesta muy poco creerle.

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