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POR NO QUEDARSE EN CASA / 5

Francis Scott Fitzgerald reescribe su obra maestra

El gran Gatsby no se hubiese consagrado como una de las novelas más importantes del siglo XX de no haber interrumpido el autor sus vacaciones en la Costa Azul francesa

Francis Scott Fitzgerald, con su esposa, Zelda, en la Costa Azul en 1926. Ampliar foto
Francis Scott Fitzgerald, con su esposa, Zelda, en la Costa Azul en 1926.

A diferencia de la mayoría de las personas, los escritores no suelen ser partidarios de tomarse vacaciones: a algunos, de hecho, esta posibilidad los aterra, inmersos como están en una actividad que no parece demandarles ningún esfuerzo, que se extiende durante días y noches sin consideración a los horarios y a las visiones consuetudinarias. Si escribir es como respirar (parecen decir los escritores), las vacaciones son una larga, potencialmente mortal, apnea.

En octubre de 1924, sin embargo, Francis Scott Fitzgerald necesitaba unas: desde hacía dos años, el escritor y su mujer vivían en lo que parecía una sucesión interminable de fiestas y borracheras que Fitzgerald financiaba escribiendo sin interrupción y casi siempre con resaca. A mediados de 1923 tenía escritas unas 18.000 palabras de una nueva novela que quería llamar Trimalchio (Trimalción en español), en referencia al personaje del Satiricón de Petronio que encarna la ostentación y los excesos de los nuevos ricos: la novela iba a tratar de un joven sensible y soñador que se hace de forma poco clara con un considerable patrimonio que dilapida a continuación para impresionar a una joven.

“Quería llamarla Trimalchio, pero todo el mundo estaba en contra, Zelda [su esposa] incluida”, recordó años después el autor de A este lado del paraíso. En octubre de 1924 la novela estaba terminada, y Fitzgerald, que se la envió de inmediato a su editor, el extraordinario Maxwell Perkins, creyó que había llegado el momento de unas vacaciones en Capri y Roma, tan lejos de los excesos no solamente laborales de los últimos años como era posible.

Pero escritores y vacaciones sostienen, como se ha dicho, una relación conflictiva, y Fitzgerald decidió aparcar las suyas cuando recibió los comentarios de su editor: para Perkins, Trimalchio tenía falencias, y Fitzgerald estuvo de acuerdo. El escritor y su familia ocupaban una vivienda en la localidad de Juan-les-Pins, en la Riviera francesa; eran sus vacaciones, pero el autor se encerró a someter el libro a una profunda reescritura: hizo cambios importantes en los capítulos tres, cuatro, cinco, ocho y nueve, y reescribió el seis y el siete. Más importante todavía, el autor prescindió del título que no le gustaba a nadie y le puso a la novela uno nuevo: a partir de entonces se llamaría El gran Gatsby.

Aprietos financieros

1. Nacido en Saint Paul (Minnesota) en septiembre de 1896 y fallecido en Los Ángeles en diciembre de 1940, Francis Scott Fitzgerald tuvo una existencia intensa y breve, presidida principalmente por la permanente, acuciante necesidad de dinero. (En no menor medida, debido a un tren de vida inapropiado para un escritor).

2. “Dos años de desmayos y escupir sangre me han puesto a salvo de las preocupaciones físicas, pero los aprietos financieros, si no se resuelven pronto, tendrán una influencia cada vez más grande en mi trabajo”, le escribió a su editor en 1937.

3. Su desconcertante admiración por los ricos no mejoraba las cosas, por supuesto. Además de El gran Gatsby, muchos otros de sus textos intentan abarcar un misterio que sólo existió para él. Una anécdota apócrifa hace a Fitzgerald decirle a Ernest Hemingway en el curso de una conversación: “Los ricos son diferentes de nosotros”. “Sí, ellos tienen más dinero”, habría sido la respuesta, sardónica, de ­Hemingway.

Fitzgerald tenía 29 años de edad: de todos los libros que había escrito e iba a escribir en los años siguientes, El gran Gatsby iba a ser considerado el más importante, en no menor medida debido al modo en que su autor había logrado narrar el materialismo y los excesos de los años veinte del siglo pasado en Estados Unidos, una década en la que el curso favorable de la economía había hecho que florecieran los personajes como Jay Gatsby, nuevos ricos dispuestos a olvidar un pasado de estrecheces.

Entre las muchas lecturas que pueden hacerse de El gran Gatsby, quizá la más acertada (y posiblemente la más sensata, ya que hay otras que sostienen que el “problema” de Jay Gatsby es que es judío o negro) es la que concibe la obra como una novela acerca de la desilusión: su autor no lo sabía (no podía saberlo), pero el optimismo de la década de 1920 y el convencimiento de que cualquiera podía hacerse rico iban a transformarse en decepción y angustia cuando, tan sólo cuatro años después de la publicación de la novela, estallase la crisis económica de 1929; Fitzgerald no podía saberlo, pero lo había anticipado.

Si El gran Gatsby es una obra sobre la desilusión, también lo es porque su autor no fue comprendido: las críticas de la novela fueron mayoritariamente negativas, el libro no se vendió mucho y una adaptación cinematográfica muda que se estrenó al año siguiente indignó al autor y a su esposa, que abandonaron el cine durante la proyección. Fitzgerald pasó los siguientes 15 años batallando contra el alcoholismo y los productores de ­Hollywood, sosteniendo a una esposa a la que había tenido que encerrar en un manicomio y tratando de producir algo relevante para un público que lo consideraba pasado de moda. Todo lo que sucedería con su libro, su consagración como una de las novelas más importantes del siglo XX, iba a ser posterior o póstumo; pero lo que importa aquí es que “la imaginación prolongada de un mundo sincero y pese a ello radiante” que El gran Gatsby era para su autor no hubiese sido la misma de no haber interrumpido éste sus vacaciones para corregir su obra maestra. No es el argumento más convincente a favor del descanso anual, pero sí a favor de la literatura concebida como una disciplina que no necesita vacaciones, que encuentra su descanso en sí misma y en su ejercicio. El gran Gatsby también trata de eso.