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“Siempre compongo rap cuando estoy a punto de estallar”

Un centro de menores catalán desarrolla un taller de música para rehabilitar a jóvenes condenados con problemas mentales y de adicción. Ya han editado dos discos

One Solo y Adrianna, dos de los trece menores que participan en el programa de rehabilitación a través del rap.
One Solo y Adrianna, dos de los trece menores que participan en el programa de rehabilitación a través del rap.

“Siempre había sido un chico muy depresivo. Por las mañanas lo veía todo negro”, dice Solo One. “Me gustaría quitarme este sufrimiento, poder compensar a la gente a la que he hecho sufrir”, explica el joven con unos auriculares colgados en el cuello. Al rapero apenas le gusta hablar del pasado. Prefiere centrarse en el presente y en el futuro. “He hecho cosas de las que me arrepiento. Mi familia ha sufrido mucho por mí. Con 15 años cogí el coche de mi padre y lo estampé contra un supermercado. También hacía otras cosas que prefiero no recordar...”, concluye.

Esta confesión recuerda a la canción de Antonio Flores: “Si pudiera olvidar todo aquello que fui, si pudiera olvidar todo lo que yo vi, no dudaría...” Muchos artistas se han refugiado en la música y las mentes atormentadas se sitúan a veces a un paso de la genialidad. Quizá solo es cuestión de tiempo, pero el rapero citado, que ahora tiene 17 años, hace apenas un suspiro se pasaba el día en la calle y consumía drogas. “Ahora, en cambio, escribo canciones”, explica Solo One, iniciado en el arte de juntar rimas gracias a un taller educativo del Centro de menores Unidad Terapéutica de Til·lers (Mollet del Vallès, Barcelona). “El rap me ha ayudado a ganar confianza, a creer más en mí. Antes no tenía motivaciones en la vida”, suspira con una media sonrisa.

El rap se originó en los márgenes. Es un género musical muy desarrollado en la comunidad afroamericana de los Estados Unidos, donde ha hecho grandes fortunas. Posteriormente, se extendió por todo el mundo sin distinción de clases y razas hasta ser aceptado por las grandes compañías de discos. En España se desarrolló en los noventa.

“Quiero dedicarme a cantar y componer. Cuando tenga dinero, me compraré un equipo y grabaré un disco”, afirma Solo One. Desde que salió en régimen de semilibertad de un centro de reclusión para menores hace unos meses, el joven compositor trabaja en el negocio de sus padres, algo impensable hace unos meses. “He encontrado el hombro sobre el que llorar. Antes no le veía sentido a la vida. Ahora estoy motivado y solo pienso en ahorrar para seguir con mi proyecto. Me he llegado a pasar noches en vela escribiendo sin parar”, explica con dos ojeras pintadas en la cara.

El rap como elemento rehabilitador. Esa es la finalidad que desde la Unidad Terapéutica de Til·lers se pretende inculcar a los jóvenes internados en este centro, algunos con problemas mentales o de adicción. “Cuando empiezan el taller, los chicos cambian, se abren. En las canciones explican cosas muy íntimas que llevan dentro y que hasta ahora no se atrevían a sacar”, explica Rubén Varás, educador social del curso.

Desde que se inició el taller, hace ya un año, una veintena de chicos de 14 a 20 años ha participado en él. “Es voluntario, pero al final todos lo quieren cursar. El que no canta, puede componer, diseñar o hacer trabajos de producción”, explica el educador. Este trabajo en equipo ya ha dado sus frutos en forma de dos discos: Versos entre muros y Rapeando está mi vía. “Yo les ayudo un poco pero lo han hecho todo ellos, estoy muy orgulloso”, dice Varás. Gracias a los beneficios por la venta de estos dos discos en ferias solidarias, el centro ha podido mejorar el estudio de grabación y comprar un equipo de mezclas. “Empezamos con un micrófono de karaoke y cada vez nos vamos profesionalizando más. Los chicos están muy motivados”, añade.

Momentos de inspiración

Adrianna (nombre ficticio) es una joven de 17 años que cumple condena en el centro desde hace cinco meses. “Siempre compongo cuando estoy a punto de estallar. Cuando ya no puedo más cojo un bolígrafo y me pongo a escribir sin parar”, explica a través de una rima improvisada. Con una melena rubia que casi le llega a la cintura, Adrianna guarda en sus bolsillos las rimas que compone en sus mayores momentos de inspiración: “Gracias por seguir, por luchar, por sobrevivir, mamá. Gracias por ayudarla, por cuidarla papá”, se puede leer en una de sus notas repletas de tachones.

Adrianna, a diferencia de su compañero Solo One, ya escribía rap antes de ingresar en el centro. “En primero de la ESO empecé a escaparme del colegio. No me sentía bien conmigo misma”, explica. “Empecé a componer para poder contar a través de las canciones lo que no podía con las palabras. En el centro me motivé todavía más. En un mes llegué a escribir hasta 12 canciones”, agrega.

Son de las malas experiencias de las que Adrianna se nutre para componer unas letras cargadas con mensajes sociales y críticas a una “sociedad que te agrega en Facebook y luego no te saluda por la calle”. Aunque también, admite, se inspira en el enorme amor que siente por su familia: “En mis canciones hablo de ellos. Le digo a mi madre que la quiero muchísimo y que no puedo vivir sin ella. Cuando las escucha se emociona y lloramos”, confiesa.

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