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ANÁLISIS

Los festivales españoles gozan de excelente salud

Lejos de catastrofismos por algunas cancelaciones, los principales certámenes registran unas cifras sobresalientes y consolidan este modelo de vivir la música en directo

Sidonie durante un concierto en la plaza del Trigo en 2014 en el Sonorama Ribera.
Sidonie durante un concierto en la plaza del Trigo en 2014 en el Sonorama Ribera.

Conviene huir de catastrofismos… y sensacionalismos. En España no ha pinchado ninguna burbuja de festivales musicales, por mucho que algunos aireen esa idea tras conocerse en las últimas semanas algunas cancelaciones como las del Kolme Rock (Colmenarejo), el Marenostrum (Alboraya), el Trafalgar (Barbate), el Happy Sundays (Madrid) o –la más relevante sin duda- el Territorios Sevilla. Incluso parecía que el siguiente iba a ser el Arenal Sound, después de que se supo que el Ayuntamiento de Burriana podía denegar los permisos a los promotores por no garantizar supuestamente “la ausencia de molestias en los domicilios residenciales”. Pero, detrás de esa historia, simple y desgraciadamente, hubo y hay todavía todo un tira y afloja político con un trasfondo que nada tiene que ver con un reventón organizativo del festival más multitudinario de todo el país, que se celebrará esta semana con previsiones de alcanzar los 240.000 asistentes.

En la mayoría de los casos, estas cancelaciones vienen precedidas de iniciativas mal gestionadas de origen, bien sea por promotores inexpertos o caraduras o por ayuntamientos incapaces de colaborar o viciados de intereses y tejemanejes políticos, el verdadero drama para el desarrollo de nuestra industria cultural. El boom festivalero no ha pinchado. Es más: ¿qué boom? Quitando contadas excepciones, los festivales no tienen nada que ver con el chorreo que hubo con el ladrillo. Si hay algo de lo que España puede presumir, es de festivales musicales con marca, bien programados y trabajados con patrocinadores y administraciones, creando verdaderos patrones que funcionan y cuentan con un público cultivado y fiel.

Nunca antes los festivales españoles han gozado de mejor salud. Basta con comprobar los números. Estos eventos son uno de los pilares que sostienen los datos de la música en directo en nuestro país, que por segundo año consecutivo han crecido. Según cifras de la Asociación de Promotores Musicales y SGAE, la temporada pasada se facturaron más de 194 millones de euros frente a los 173 del 2014 y los 158 del 2013. Este 2016 las cosas están funcionando mejor.

Los dos festivales más internacionales que tenemos –con presencia en Europa y América Latina- como el Primavera Sound y el Sónar consolidaron su crecimiento y, sobre todo, su modelo. El Primavera Sound agotó abonos con meses de antelación, pero también lo hizo el Low en su formato indie, el Resurrection Fest en el heavy y lo acaba de hacer por primera vez en sus 19 años de historia el Sonorama, que se celebra en Aranda de Duero y es el gran escaparate veraniego del pop-rock español. También batió su propio récord el Jazzaldia de San Sebastián. Muy buenos números y valoración de los asistentes también han dado el Festival de Jazz de Vitoria, Pirineos Sur, La Mar de Músicas, Viña Rock, BBK Live, Noches del Botánico o el Festival Internacional de Benicàssim, que, tras años difíciles y el concurso de acreedores de su promotora, tuvo una asistencia global de 161.000 espectadores. Y, entre tanto, la primera edición del Mad Cool fue un éxito y reunió a más de 100.000 personas en Madrid. Todo esto sin nombrar a eventos más modestos que son un ejemplo fabuloso de fomento de escena como, entre otros, el Huercasa Country (Riaza), el Flamenco On Fire (Pamplona), el Outono Codax Festival de soul (Santiago de Compostela), el Festival Internacional de Blues (Béjar), el Blues & Ritmes (Badalona), el Noroeste Festival de pop (A Coruña) o el Monkey Week (Sevilla).

España es tierra de festivales. Otra cosa será que guste más o menos este modo de acercarse a la música en directo, que vive otra realidad muy distinta y mucho más complicada en el pequeño comercio de las salas y los garitos, especialmente afectado por la pesada carga del 21% de IVA. En esa realidad sí que hay un drama. Si ha habido una burbuja que ha estallado ha sido en la de pensar que el público festivalero alguna vez tuvo algo que ver con ese otro público que acude a los conciertos sin necesidad de que signifique un acontecimiento social.