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El teatro se revoluciona en Aviñón

El festival abre su 70ª edición de marcado carácter político con una adaptación de ‘La caída de los dioses’, que reflexiona sobre el ascenso de la extrema derecha en Europa

¿Cómo puede caer una sociedad supuestamente civilizada en la más absoluta de las barbaries en cuestión de meses? El Festival de Aviñón, mayor cita mundial del teatro y la danza con el permiso de su archienemiga Edimburgo, quedó inaugurado en la noche del miércoles con una adaptación teatral de La caída de los dioses,la venenosa película de Luchino Visconti, que procuraba responder con una brutal exactitud a esa pregunta. Y lo mismo volvió a suceder en el escenario al aire libre del patio de honor del Palacio de los Papas, recordatorio de los tiempos en que la ciudad provenzal fue capital de la cristiandad.

Su primer ganador se llama Ivo van Hove, personaje fundamental de la escena europea contemporánea, responsable del prestigioso Toneelgroep de Ámsterdam y principal aliado de David Bowie en la creación del reciente musical Lazarus. El director flamenco sumó en la noche del miércoles un nuevo hito a su lista de proezas, al obtener una larga ovación ante un público reputado por su dureza. Este hombre canoso y circunspecto de 58 años esbozaba ayer una excepcional sonrisa. “Este es un lugar mítico, político y también mágico, comparable con el teatro de Epidauro en Grecia. Fue una experiencia sustancial para mí, porque este es el festival más importante del mundo”, reconocía.

Los Von Essenbeck

Igual que su referente cinematográfico, La caída de los dioses narra el descenso a los infiernos de la familia Von Essenbeck, clan de la aristocracia industrial que decide participar en el rearmamento de Alemania, prohibido por el Tratado de Versalles, convirtiéndose en guiñoles de los nazis. “He querido hacer una película sobre el nazismo, porque este revela una inversión histórica de los valores”, dejó dicho el cineasta italiano.

Van Hove ha partido de un voluntad similar: alertar sobre el progreso de las fuerzas de extrema derecha al que vuelve a asistir Europa solo siete décadas más tarde. “Aspiro a mostrar cómo los humanos se deshumanizan”, explica Van Hove. “Esta tendencia preocupante la ejemplifica Donald Trump en Estados Unidos, pero también lo que sucede en Francia, Austria, Polonia o Hungría”, explicaba.

Van Hove ha transformado el patio de la antigua residencia papal en un gran escenario con los camerinos a la vista, presidido por una pantalla gigante que reproduce las imágenes captadas por flotantes steadycams, comandadas con maestría por el videoartista estadounidense Tal Yarden y pegadas al rostro de sus intérpretes, integrantes de la Comédie Française, la gran compañía del teatro público, ausente de este festival desde 1993.

El director se inspiró en la simbología del Guernica al concebir su obra. “Se trata de una pintura sin esperanza, pero que millones de personas acuden a ver, porque nos muestra quiénes somos. Y es innegable que también somos bárbaros”, dice Van Hove.

El Festival de Aviñón llega este verano a su 70ª edición sin dar síntomas de desgaste ni agotamiento. En 2015, el festival in acogió a unos 120.000 espectadores, a los que se suman cerca de 750.000 más en los espectáculos del off. “Nada ha cambiado demasiado desde 1947. Entonces, Aviñón era solo un puñado de amigos que se encontraban para hacer teatro, mientras que ahora somos el primer festival del mundo. Pero nuestra exigencia artística y nuestra voluntad de convencer a nuevos públicos que no suelen ir al teatro siguen siendo las mismas", sostiene el responsable del certamen, el director y dramaturgo Olivier Py.

Compromiso político

Tampoco su compromiso político está en entredicho. La caída de los dioses será solo la primera de una serie de obras con fuerte compromiso . Gran revelación de Aviñón en su edición de 2010, la española Angélica Liddell estrenará esta noche ¿Qué haré yo con esta espada?, parcialmente inspirada en los atentados de noviembre de 2015 en París. El veterano Krystian Lupa tiene a punto una nueva puesta en escena de La plaza de los héroes, de Thomas Bernhardt, para reflexionar “sobre el actual contexto de xenofobia y antisemitismo” en el continente. El joven Thomas Jolly, revelado hace dos ediciones con un Enrique VI de 18 horas e inspirado en el lenguaje televisivo, regresa con un texto de Georg Kaiser, uno de los nombres que los nazis metieron en su lista de “artistas degenerados”.

La escena, artículo de “primera necesidad”

El Festival de Aviñón nació en la cabeza del poeta René Char, que propuso su dirección a un joven actor y director, Jean Vilar, gran renovador de la escena francesa. 

Al descubrir el Palacio de los Papas, Vilar se negó: "Es un lugar imposible para el teatro. La historia está demasiado presente en él". Crear un festival al aire libre le traía malos recuerdos: antes había participado en obras impulsadas por el régimen de Vichy, según el historiador Antoine de Baecque.

Cambió de opinión al entender que era la ocasión perfecta para seducir al gran público: Vilar creía que el teatro era una primera necesidad "como el gas y la electricidad".

En las décadas posteriores, despuntarían en Aviñón nombres como Peter Brook, Patrice Chéreau, Pina Bausch, Ariane Mnouchkine, Romeo Castellucci, Rodrigo García o Angélica Liddell, revelada en la edición de 2010, que hoy estrena su nueva obra en el Claustro de las Carmelitas.

Por su parte, el sirio Omar Abusaada indagará en el destino de un refugiado inconsciente tras una una paliza, cuyo espíritu observa el trágica curso de la vida mientras él sigue en coma.

Aviñón fue uno de esos festivales creados durante la posguerra europea para favorecer la cohesión social a base de cultura. En vista del estado del continente, ¿ese proyecto fracasó? “No lo creo, pero debemos reflexionar sobre qué dirección hay que tomar ahora, ante otro tipo de fenómenos y de ideologías como el yihadismo. El teatro no puede empezar la revolución, pero sí provocar un cuestionamiento”, explica Van Hove.

Olivier Py está de acuerdo: “El teatro logra despertar lo humano. No se dirige a las multitudes, sino a los individuos. Y yo creo que los cambios profundos no vienen necesariamente de las masas”. En el programa del festival, Py cierra su texto introductorio con una máxima que lo resume a la perfección: “Cuando la revolución es imposible, siempre queda el teatro”.

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