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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

A vueltas con los mitos

El crítico de cine de EL PAÍS recuerda sus ídolos de adolescencia a raíz de la muerte de Bud Spencer

Carlos Boyero
John Wayne y Maureen O’Hara en 'El hombre tranquilo'.
John Wayne y Maureen O’Hara en 'El hombre tranquilo'.

Me cuentan que Internet se alborotó extraordinariamente con la muerte de Bud Spencer, que infinidad de adultos le rendían emocionado y agradecido tributo, que alegró hasta límites desmesurados su adolescencia y su juventud en las salas de cine. En un programa de radio, los oyentes también recalcan esa admiración y las infinitas risas que les proporcionó este hombre, al lado de Terence Hill, en Le llamaban Trinidad, Le seguían llamando Trinidad, Joe Banana, Y si no, nos enfadamos y otras muestras arrebatadoras de la comedia y el wéstern, o la mezcla de ambos. Y, cómo no, respeto enormemente que Spencer fuera un ídolo de masas, que tanta gente lo asocie a los momentos más risueños de su joven cinefilia. También a aquellos que identifican el cine que dirigió Mariano Ozores, o el landismo, o Esteso y Pajares, o tantas perlas de su cultura cinéfila, con sus ininterrumpidas carcajadas. Bueno, cada uno se divierte como quiere. O como puede.

Pero si me pregunto cuáles fueron mis mitos cinéfilos en la edad de los descubrimientos, descubro que también tengo derecho a ellos. Igualmente formaban parte de la programación de los cines de barrio. Y algunas de esas películas no eran toleradas para menores, lo que añadía la adrenalina y el riesgo de tener que colarse. Allí descubrí a Eddie Felson (Paul Newman), a su coja y suicida novia, a Gordo de Minnesota, al tiburón Bert en El buscavidas; a Brando enfrentándose a La jauría humana; al trepa Lemmon jugando a las cartas con la ascensorista en El apartamento; a Bogart en un aeropuerto envuelto en niebla; al Mayor Dundee y a El grupo salvaje; a Wayne rastreando durante décadas a una niña que raptaron los apaches, matando a traición a Liberty Valance, besando a la rabiosa Maureen O’Hara en el pueblo de Innisfree. O sea, los mitos que sigo amando 50 años después.

Y existió una época, aunque resulte difícil de creer, en la que televisión española fue la mejor filmoteca, donde los críos podíamos descubrir la gran historia del cine. Era en blanco y negro, pero eso no afectaba en lo más mínimo a la maravillosa sensación que te proporcionaba el descubrimiento de esas películas. Ciclos dedicados a Bogart, a Cooper, a Monroe, a Huston, a Wilder, a Welles, a Renoir, a Preston Sturges, a Mankiewicz, a Hawks, a Jacques Tourneur, al Lang americano, al Hitchcock americano, a Von Sternberg, a Chaplin, a Keaton, a Von Stroheim.

Y también existía el refugio de los cineclubs en Salamanca. Es posible que a veces llegara a la docta presentación de las películas pero salía pitando en cuanto finalizaban, nunca me quedaba a los coloquios, me negaba a ser culturizado. Y allí descubrí con pasmo a autores insoportables de los que aseguraban que eran pura trascendencia. Pero nunca me engañaron ni hice esfuerzos por engañarme a mí mismo. Pero gracias a esos cineclubs descubrí parte de la obra (no toda, existía una dama infecta llamada censura y tuvo larga vida en aquel país casposo) de directores geniales como Luis Buñuel, Roberto Rossellini, Carl Dreyer, F. W. Murnau, gente que otorgan sentido a la palabra clasicismo. También andaban por allí directores que en aquella época me cargaban, pero que a medida que envejecía descubrí que no me había enterado de su arte en algunas de sus películas. Por ejemplo, el señor Ingmar Bergman, autor de joyas como Fresas Salvajes, Persona y Fanny Alexander. Con otros, el reencuentro es imposible.

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