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CRÍTICA | LAS MIL Y UNA NOCHES. VOL. 2: EL DESCONSOLADO

Contra la austeridad

Recorre el tríptico de Miguel Gomes la voluntad de responder a la austeridad con desbordamiento e imaginación

Imagen de 'Las mil y una noches. Vol. 2: el desconsolado'.
Imagen de 'Las mil y una noches. Vol. 2: el desconsolado'.

A los sones del Say You,Say Me de Lionel Richie, la ventana del piso de un maduro matrimonio de fumadores compulsivos se abre a un patio interior, liberando una densa nube de humo de cigarrillos. La imagen se erige en uno de los picos expresivos de Las mil y una noches. Vol. 2: el desconsolado y otorga al tema musical una dimensión épica: es uno de esos atrevimientos con los que Miguel Gomes parece estar diciendo que, para él, el cine de autor es el nuevo rock’n’roll, una herramienta de expresión libre e insumisa, gesto político enfrentado a los lenguajes del poder y a sus ideas impuestas. Entre ellas, la idea de austeridad, colocada como un yugo sobre las piezas más frágiles de una Europa que ya no es comunidad, sino mercado. Recorre el tríptico de Las mil y una noches la voluntad de responder a la austeridad con desbordamiento: de imaginación, libertad, ficciones y realidades lacerantes que es preciso transformar a través de un humanismo combativo, situado en el terreno más alejado de lo formulario y lo complaciente.

LAS MIL Y UNA NOCHES. VOL.2: EL DESCONSOLADO

Dirección: Miguel Gomes.

Intérpretes: Crista Alfaiate, Chico Chapas, Luísa Cruz, Pedro Caldas.

Género: drama.

Portugal, 2015

Duración: 131 minutos.

Tras Las mil y una noches. Vol. 1: el inquieto –que planteaba las reglas del juego a partir de la fusión de lo testimonial y lo imaginario- y antes de Las Mil y Una Noches. Vol.3: el embelesado –fin de partida y pieza más metaficcional del conjunto-, esta entrega central es la más marcadamente narrativa, con tres relatos en su interior que recorren las claves del western contemporáneo, la sátira incisiva y la melancolía de suburbio.

La paradoja que funda el ambicioso proyecto de Gomes –reformular las pequeñas noticias de una nación deprimida como si la voz de Sherezade las elevara a mito- encuentra su correspondencia tanto en imágenes –los drones acosando al forajido de la primera historia- como en afortunadas decisiones narrativas: por ejemplo, la deriva en torno a los inquilinos de un edificio que fue escenario de un pacto de suicidio. Cerca del Pasolini más lúdico, el relato central –Las lágrimas de la jueza- alcanza la excelencia en su miniaturización bufa de un entramado social condicionado por la corrupción.