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ROMEO CASTELLUCCI | Dramaturgo

“El teatro y el arte danzan con la muerte”

El director italiano presenta mañana ‘Moisés y Aarón’ en el Teatro Real

Romeo Castellucci, en el Odeon de París en noviembre pasado.
Romeo Castellucci, en el Odeon de París en noviembre pasado. AFP

Romeo Castellucci (Cesena, Italia, 1960) sobrelleva con desconcierto este periodo de insólita sobreexposición taurina. Tanto por el toro de 1.500 kilos que ha incorporado al montaje de Moisés y Aarón—la ópera de Schönberg se presenta mañana en el Teatro Real de Madrid— como porque se ha iniciado en los tendidos de la Feria de San Isidro, una experiencia “intensa, fuerte, incluso extrema” que ha llegado a estremecerle y reconciliarle con la devoción de una misa pagana.

“Me ha maravillado la corrida”, explica el dramaturgo. “He visto una ceremonia que ritualiza la muerte, que convierte al toro en un tótem y que en absoluto degrada al animal. Al contrario, la corrida es una eucaristía circular [el ruedo] donde el toro adquiere una presencia absoluta y donde se produce una dialéctica entre el erotismo y la muerte, con todos los matices litúrgicos y desde una celebración popular”. Semejantes conclusiones van a provocar que arrecien las críticas de los animalistas. Ya lo han estigmatizado por utilizar a una colosal res en su versión de Moisés y Aarón; incluso lo han acusado de drogar al animal o de someterlo a un maltrato.

Y no parece impresionado con el acoso. Considera que el animalismo “es un dogmatismo que diagnostica la neurosis y el histerismo de la sociedad actual, definida en dos extremos: la muerte industrial de los animales y su antropomorfismo”.

Se refiere italiano al criterio hiperbólico con que se dota a los animales de psicología, alma, conciencia de la muerte, ética y hasta estética, suscitándose un “delirio de humanización” que discrimina la sensibilidad hacia nuestros semejantes. “Somos capaces de acariciar a una mascota con una mano y de matar a un hombre con otra. Respeto los animales. Mucho. He convivido con ellos en el campo, porque mis padres eran campesinos y ganaderos. El sujeto urbanita se relaciona con los animales de manera artificial y enfermiza”, dice.

El toro de Castellucci se llama Easy Rider y adquiere poder dramatúrgico en el primer acto de Moisés y Aarón. Un contraste carnal a la gélida legislación del Talmud. Un contrapeso ritual que redunda en su concepción primitiva de la ópera.

“Schönberg escribe la ópera tras sufrir una reacción antisemita y el hecho de no terminarla se convierte freudianamente en un acto fallido. Y esto no impide que el libreto adquiera plena actualidad contemporánea ni que la música nos resulte exigente, difícil de disfrutar, como si halláramos una rosa en el desierto”.

Habla de perfil Castellucci. Medita las palabras. Y le ensimisman sus reflexiones sobre la religión y el arte, “que se producen como reacción a la conciencia de la muerte y de la fragilidad. La religión pretende resolver el problema. El arte extrapola la duda al ámbito estético. La muerte nos define y el arte es la respuesta a la fragilidad de la vida. El teatro y el arte danzan con la muerte. No lo digo desde presupuestos sádicos, sino desde el lenguaje de Esquilo o la pintura de Goya”.

Es la razón por la que Castellucci considera que toda experiencia estética sobrelleva e implica un pasaje de dolor. El arte inocula un veneno en el cuerpo y en el espíritu. Proporciona un desasosiego, precisamente por cuánto descubre vulnerable al individuo.

“El arte siempre aloja un pesimismo, un pesimismo antropológico. Y tanto vale la evidencia para una tragedia de Shakespeare como para una comedia de Molière. El arte tiene una gran capacidad perturbadora y está obligado a contaminarnos. Es una forma de conocimiento”.

Y no tanto en el plano colectivo, como desprende la comunión de una corrida de toros o de una tragedia de Esquilo, como en la perspectiva de la “epifanía individual”. “Sería presuntuoso que los espectadores vieran Moisés y Aarón según mi punto de vista. Cada lectura tiene un sentido y un valor. Lo demuestra Hamlet. Las maneras de interpretar la obra son tantas como espectadores haya. Eso conlleva un ejercicio de humildad. Nos obliga a aceptar los abucheos cuando se producen”, concluye sin ánimo de ser premonitorio.