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La lista

La serie 'The Blacklist' demuestra que la frontera entre el lado luminoso y el oscuro es inexistente

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Todo empezó el día en que Raymond Reddington, uno de los criminales más buscados, decidió salir del lado oscuro y colaborar con el FBI para apresara los criminales y terroristas más peligrosos, un selecto grupo que conforma su propia lista negra que poco o nada tiene que ver con la que tiene la policía. Impone una condición: solo hablará con Elizabeth Keen, una analista recién llegada y a la que le une una extraña relación. La serie The Blacklist (Canal + Series) demostrará que la frontera entre el lado luminoso y el oscuro es inexistente.

Todo en la serie, como la vida misma, es turbio. Los personajes protagonistas ocultan partes de su pasado que dejan entrever con cuentagotas. En realidad, es absolutamente coherente con el origen del episodio piloto, que se basó en el personaje Keyser Soze (Kevin Spacey) del largometraje Sospechosos habituales, película “de culto” y que, sin embargo, 10 años después de su estreno en 1995, seguía figurando en el Top 25 de Internet Movie Database. Caprichos del mercado.

La clave de la eficacia de la labor de Reddington (un excelente James Spader) son sus relaciones personales. Sus dos décadas de delincuente de altos vuelos le han permitido tejer una red de contactos con el hampa internacional que para sí quisieran nuestros entrañables financieros, políticos o profesores de Esade. Sabe quién ha podido robar uno de los escasos Vermeer particulares o quién puede vender plutonio con la misma galanura que el exduque de Palma sabía a qué puerta debía llamar para llevárselo crudo y, desde luego, con mucho más refinamiento que Granados y Marjaliza a la hora de pactar comisiones.

Es generoso, le encanta la buena vida, tiene un jet y habla idiomas insospechados, lo que no impide que mantenga una gran lealtad con seres absolutamente marginales. Lamentando el llevarle la contraria al presidente Rajoy, Reddington es una máquina que se ha fabricado a sí mismo.