Un descontrol de dinero en las tablas

Campos García presenta ‘...y la casa crecía’, una comedia que surgió de sus sueños

De izquierda a derecha, Ana Marzoa, Juan Carlos Talavera y Ana Cerdeiriña en '...y la casa crecía'.
De izquierda a derecha, Ana Marzoa, Juan Carlos Talavera y Ana Cerdeiriña en '...y la casa crecía'. MARCOSGPUNTO

Una comedia burguesa que comienza con tintes de Jardiel o Mihura y termina siendo calderoniana. Así es ...y la casa crecíatal y como la siente su creador, Jesús Campos García, quien hoy estrena en el Teatro María Guerrero de Madrid (hasta el 10 de abril) la obra que surgió de sus sueños hace dos años.

La pieza tiene mucho que ver con la realidad de hoy en día. “Hay quien la utiliza para reafirmarse, argumentando a favor de lo que ya tenía pensado de antemano, o quien juega con ella a riesgo de contradecirse”, señala el dramaturgo. ...y la casa crecía habla de los excesos, del crecimiento económico sin control, de los pobres, de los ricos, de las guerras. En definitiva, de todo aquello que está próximo a nosotros, que nos afecta directamente pero que tratamos de obviar. Si hay hambre, guerra o refugiados que huyen, mejor que sea lejos de nosotros para no alterar demasiado nuestra vida.

Campos García se encarga tanto de la dirección como de la escenografía, algo que ha mantenido desde que comenzó su proceso creativo. “Ahora se tolera que un mismo creador asuma ambas labores como algo inevitable pero en los setenta y ochenta la reticencia era insoportable. El teatro, por más que nos empeñemos en hablar de industrias culturales, tiene más de artesano que industrial”.

Un mundo menos grato

El responsable de la obra entiende que ...y la casa crecía es “una critica a cómo flujo de dinero ha ido aumentando sin control gracias al avance de las nuevas tecnologías. Un hecho que ha conseguido que aquellos que más tienen terminen acumulando aún más riqueza”.Campos García califica la obra como “una comedia del absurdo, disparatada, crítica, alegórica y algo financiera que pretende mostrar una realidad risueña y distendida, a través de la cual se irá vislumbrando cómo tras esa visión del mundo hay otra menos grata”. El dramaturgo, que vuelve por primera vez al Teatro María Guerrero 40 años después del estreno de 7000 gallinas y un camello, explica que “la obra comienza como una comedia con elementos alegóricos y acaba siendo una alegoría con elementos de comedia”. El texto presenta a una serie de personajes que “absolutamente realistas”: “Son personas normales que nos podemos encontrar cualquier día que se ven obligados a vivir una situación anormal. Los individuos, unos más que otros, somos conscientes que vivimos muy por encima de los que necesitamos y lo hacemos de manera descontrolada”.

“Crecer sin control es cancerígeno. Y así es como ha crecido el mundo del dinero. Desde que todo está informatizado, hay más dinero que cosas que comprar. Y ahí andan los ricos, desesperados, buscando en qué gastarlo. Cuánta abundancia, cuánto poderío. Y el mundo es un disfrute para quien lo puede disfrutar”, sentencia el autor.

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Aurora Intxausti

Coordina la sección de Cultura de Madrid y escribe en EL PAÍS desde 1985. Cree que es difícil encontrar una ciudad más bonita que San Sebastián.

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