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La voz de Yukio Mishima preludia su arte y su muerte

Un libro rescata la última entrevista al autor, en la que repasa las contradicciones de su vida. Se cumplen 45 años de su suicidio

El escritor japonés Yukio Mishima con una espada de samurai, en 1968.
El escritor japonés Yukio Mishima con una espada de samurai, en 1968. ullstein - Sven Simon

Hubo un tiempo en que Yukio Mishima renegó de sí mismo, de sus sentimientos y de su concepción de la belleza y del amor. Y cuando dejó de hacerlo, se hizo grande. Su vida fue una búsqueda constante y en duelo con una razón que secuestraba sus emociones naturales. Cuando se liberó fue feliz. Su caza de lo absoluto y la pureza tenía su lado político y de extremo nacionalismo belicista que lo llevaron a zigzaguear con la muerte. Hasta que se deslizó al suicidio por harakiri. Tenía 45 años. Y lo hizo hace 45 años, el 25 de noviembre de 1970. La misma edad de su admirado Oshio Heihachiro, quien se suicidó en 1837 al ver cómo fracasaba su revuelta contra la opresión del sogunato Tokugawa, de los samuráis de la Liga del Viento Divino.

Todo ese admirado ideario personal y artístico, tan polémico en lo ideológico, vuelve, por primera vez en español, en el libro Las últimas palabras de Mishima (Alianza), con prólogo y traducción de Carlos Rubio. Son dos entrevistas hechas por sendos críticos japoneses, Kobayashi Hideo, en 1963, y Furubayashi Takashi, pocos días antes del suicidio y donde Mishima preludia varias veces su desenlace.

Ambos críticos conducen al narrador, ensayista, poeta y dramaturgo por territorios conocidos para introducirlo en sus zonas desconocidas y lograr que su vida y su obra cobren una nueva forma.

Llegué a odiar el Romanticismo. Un odio que me acercó al clasicismo. Fue cuando escribí El rumor del oleaje…

Al trazar un arco de su biografía, el escritor reconoce: “Mentiría si dijera que la derrota [de Japón en la II Guerra Mundial] no me estremeció o que no recibí la posguerra con un sentimiento de liberación. También yo sentí en determinado momento que estaba totalmente perdido. Llegué a odiar el Romanticismo. Un odio que me acercó al clasicismo. Fue cuando escribí El rumor del oleaje… Sin embargo, por mucho que sufriera, no conseguí negarme completamente a mí mismo. Además, no tenía interés alguno por eso que llaman política. Como estaba ciego a asuntos políticos, no entendía las corrientes políticas de la posguerra. Si me ponía a articular puntos de vista políticos, me hacía tal lío que me daba de verdad vergüenza. Así pues, y a modo de escapatoria, tomé la decisión de encarnar el papel de intérprete de la supremacía del arte”.

Tres etapas marcaron ese tránsito de Mishima: su panerotismo y la debilidad ante la seducción del cuerpo masculino como lo reveló, con 23 años, en Confesiones de una máscara, su primera novela (1948); la aceptación del Romanticismo como su verdadera naturaleza humana, artística, literaria y filosófica reflejada, sin miedo, a partir de El rumor del oleaje, escrita con 31 años, y lo político, ideológico y estético fundido y consumado aquel miércoles de otoño ante soldados japoneses.

“Verá lo que hago”

Mishima murió después de haber recompuesto su vida tras la derrota y humillación de Japón en la Segunda Guerra Mundial, ver cómo su divino emperador era bajado a la Tierra y su país empezaba a occidentalizarse.

En la segunda entrevista, Mishima deja claro su desencanto a través de su Sociedad del Escudo: “Le aseguro que no voy a dejarme atrapar fácilmente por las garras del enemigo. Y hablando de enemigos, enemigos lo que se dice enemigos, son el Gobierno, el Partido Liberal Demócrata y todo el sistema político de la posguerra. Sí, porque para mí este partido, el Comunista y el Liberal Demócrata son la misma cosa. Sí, son exactamente lo mismo: el símbolo de la hipocresía. Jamás caeré en las garras de esa banda. Espere y verá lo que hago. […] Tenga un poco de paciencia y observe los acontecimientos”.

Pocos días después, llegó la respuesta. “Así se presentó ante el mundo como el hombre de acción que siempre quiso ser. Abandonó el escenario como un actor brillante con la máscara que muchos años atrás se había puesto y que ya era parte de su piel. Se había convertido en personaje literario y la ficción se había hecho realidad”, explica Rubio.

Contemplado desde Occidente, explica su traductor, “el gesto de Mishima —su suicidio ritual preanunciado con su galanteo con el trinomio muerte, erotismo y juventud— puede parecer una postura atrozmente romántica, pero desde el punto de vista de la cultura nipona se inserta en una larga tradición de acciones trágicas emprendidas por ‘hombre de acción’ que se redimen ante sí mismos y ante la sociedad con el sacrificio sincero (¿e inútil?) de sus vidas. El romanticismo de Mishima es fácil de rastrear en la fascinación que de joven sentía por un autor como Raymond Radiguet, que murió a los 20 años, o por otro autor de culto japonés, Izumi Kyoka del cual dijo el mismo Mishima que rivalizaba con E. T. Hoffman en la pureza de su romanticismo”.

El diagrama belleza-erotismo-muerte es un concepto que exige que el segundo elemento, el erotismo, no pueda existir más que en el ámbito de lo absoluto.

Sobre su obsesión, Mishima dice que “el diagrama belleza-erotismo-muerte es un concepto que exige que el segundo elemento, el erotismo, no pueda existir más que en el ámbito de lo absoluto. Por lo que respecta a Europa, el erotismo únicamente se halla en el mundo del catolicismo. El erotismo es el método de establecer contacto con la divinidad a través del pecado”.

El poeta Juan Antonio González Iglesias explica que Yukio Mishima “en su lenguaje y en su vida es uno de los amigos del cuerpo, algo valioso en un mundo, el de las letras, que suele hipertrofiar la mente. Su camino de adolescente frágil a adulto fuerte dejó en él un sello heroico que lo conduce a su extraordinario final”. González Iglesias recuerda que el narrador, ensayista y dramaturgo japonés era un gran conversador y cita su “célebre debate con los estudiantes de Tokio, recogido en uno de sus mejores libros”.

Mishima es un oriental de fondo, pese a su occidentalización. “Sus palabras nos vienen bien para ver Occidente desde la perspectiva de Oriente, pero no del Medio, que lo monopoliza todo, sino del Lejano. Fue un enamorado de nuestra cultura en general, y de la española en particular. De nuestro idioma dijo que le sonaba a cuentas de vidrio que chocan. Tal vez pensaba en la transparencia, pero sobre todo muestra la perspectiva de un oriental que nos ama”.

Un creador en exploración constante de la belleza y sus extremos, un náufrago de contradicciones que alcanzó parte de su felicidad al ir liberando sus cargas de prejuicios. Kobayashi lo describe en 1963: “Tenía la impresión que dentro de ti hay algo terrible: tu talento. Tal exuberancia de talento se convierte en una especie de fuerza misteriosa, en algo diabólico”.