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El último himno ‘glam’ de David Bowie

El cantante crea Rebel Rebel como un acto de superación de sus modelos y de empoderamiento artístico

David Bowie sobre el escenario del Sports Arena, San Diego, California, 1978.
David Bowie sobre el escenario del Sports Arena, San Diego, California, 1978. Getty Images

La madre está fuera de si; confusa e inquieta. Ya no sabe si su hijo es él o ella, pero poco puede hacer ante la tormenta hormonal que impulsa a la criatura, fuego azuzado por la nueva moda del glam. Es decir, el look adefesio que funde sofisticación y vulgaridad buscando anular, a golpe de estilo por el estilo, la dejadez antihigiénica y colorido naturalismo de los jipiosos años 60. Lo importante para el crío es sentirse divino, bailar ante bandas que raspen y aturdan, beberse la adolescencia a grandes sorbos, como si no hubiese mañana. El disfraz luce desgarrado y el maquillaje se ha corrido: atruena desde los altavoces el nuevo single de David Bowie, Rebel rebel.

La canción nace de un envenenado choque de egos. Aguijoneado por su celoso competidor Mick Jagger, Bowie crea Rebel Rebel como un acto de superación de sus modelos y de empoderamiento artístico. Los Stones, que se encuentran grabando en la mansión de Ron Wood, entonces en los Faces, invitan a la nueva estrella a participar en su próximo single, It’s only rock and roll. Suspicaz, Bowie detecta en la letra claras referencias a su universo galáctico-asexuado, a sus trucos dramáticos. Él, que les ha rendido pleitesía versionando Let’s spend the night together en su reciente elepé Aladdin Sane, aparecido aquel mismo 1973, no sabe qué pensar: ¿le plagian descaradamente, le adulan admirados o sencillamente se están mofando de su escuálida sombra?

La elección del entorno donde dar el golpe de efecto no deja dudas: Bowie se instala en los Olympic Studios, hogar de los Stones, y, dado que ha echado a su guitarrista Mick Ronson, esculpe junto al mercenario Alan Parker un riff de guitarra que deja tarumba al propio Keith Richards, que desprecia el glam. Un directo en pleno estómago; una broma radiante. Bowie toca la guitarra en la toma final, arropado por el bajo de Herbie Flowers y el piano de Mike Garson. El batería Aysnsley Dunbar se encarga de tramar un trasunto del popular ritmo de Satisfaction. La jubilosa letra da voz a esas cositas salvajes que llegan a la pubertad y ocupan el lugar de la anterior generación. Las calles son suyas, para desespero de los adultos, todavía atrapados mentalmente en el corsé victoriano y las grisuras de posguerra.

Último himno glam de su autor, Rebel Rebel se incluirá en el distópico álbum conceptual Diamond Dogs (1974), donde Bowie abduce 1984 de Orwell y copia el troceado, terrible futurismo de Burroughs. Su innata insolencia ha perdurado y hace que nos preguntemos por qué hoy ya no será posible un impacto igual. Los pequeños monstruitos de Lady Gaga no asustan más que a los esnobs y ninguna abuela se asombra ante las pintas que, reciclados pero orgullosos, lucen los adolescentes. Era otra época.