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Flexibilidad expresiva

La Orquesta Filarmónica de San Petersburgo y la mezzosoprano Ekaterina Gubanova se presentaron con éxito en la Quincena Musical de San Sebastián

La mezzosoprano Ekaterina Gubanova, con la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo.
La mezzosoprano Ekaterina Gubanova, con la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo. EFE

Las orquestas sinfónicas, como los países, tienen algo de organismo vivo e inteligente. Disponen de su propia biografía y personalidad. Unas proceden de regímenes totalitarios y están sujetas a los designios de un director musical con atribuciones absolutas, como la Filarmónica de San Petersburgo. Otras son, por el contrario, expresión de la democracia más pura y pueden elegir qué tocan y con quién, como la Filarmónica de Berlín. Todas tienen su propio carácter y temple sonoro, como resultado de sus directores, las tradiciones musicales locales o su sala de conciertos. Obviamente la globalización imperante ha hecho mella en muchas, aunque algunas mantienen todavía hoy sus señas de identidad como la referida Filarmónica petersburguesa. Lo pudimos comprobar estos días en San Sebastián dentro de la cita que tiene anualmente su Quincena Musical con las grandes orquestas.

Quincena Musical de San Sebastián

Obras de Ravel, Elgar y Prokofiev. Javier Perianes (piano). Ekaterina Gubanova (mezzosoprano). Orquesta Filarmónica de San Petersburgo. Orfeón Donostiarra. Dir.: Yuri Temirkanov. San Sebastián, Auditorio Kursaal. 17 y 18 de agosto.

Regresaba tres años después la mejor orquesta rusa al Kursaal con su titular al frente, Yuri Temirkanov (Nálchik, 1938). Y nuevamente con un doble programa que incluía la colaboración del excelente Orfeón Donostiarra en una de las dos composiciones musicales de Prokofiev surgidas de su trabajo con el cineasta Sergei Eisenstein. Si en 2012 fue Iván el terrible, en esta edición se optó por Alexander Nevsky en su versión como cantata de 1939. Y los resultados fueron nuevamente impresionantes con una Batalla sobre el hielo —obra maestra de la yuxtaposición de planos sonoros (y visuales)— de una plasticidad y dinamismo inolvidables. Le siguió otro momento sobrecogedor: El campo de los muertos donde tras la batalla una joven rusa, encarnada magistralmente por la mezzo Ekaterina Gubanova, busca a su prometido entre los cadáveres. Temirkanov imprime a Prokofiev un equilibrio ideal entre pasión y precisión, que evidenció en la primera parte con una selección de las dos primeras suites del ballet Romeo y Julieta (1936). La orquesta rusa no ha perdido ninguno de los elementos que la hicieron legendaria en manos de Mravinsky, como esa cuerda de amplio espectro dinámico, expresión y color que tocó con un virtuosismo extremo, por ejemplo, en La muerte de Teobaldo.

Temirkanov también ha dotado a la Filarmónica de San Petersburgo de mayor flexibilidad expresiva. Es su principal aportación y ello la ha acercado al repertorio francés o inglés que centró lo escuchado en el primer concierto. Sin embargo, Ravel choca con la tradición sonora de la orquesta rusa, con esos vientos tan potentes y vibrantes, que nada tienen que ver con la seducción que requiere una partitura como Ma Mére l’Oye (1911). En el Concierto en sol (1931) destacó el movimiento lento donde fue el pianista Javier Perianes quien aportó esa necesaria carga de seducción que después remarcó con la Serenata andaluza de Falla como propina. Y mucho mejor resultaron las Variaciones Enigma (1899) de Elgar donde Temirkanov hilvanó con maestría los diferentes retratos de amigos del compositor inglés. Al final, ofreció como propina la peculiar orquestación de Rodion Shchedrin del Tango de Albéniz precedida por un exquisito arreglo para cuerda del Momento musical nº 3 de Schubert. Y aquí mostró —proeza de flexibilidad expresiva— que en sus manos Fa menor puede ser una tonalidad alegre.