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COLUMNA

Un hombre decente

Le gustaba pensar en sus libros como en unos nuevos episodios nacionales

Rafael Chirbes, en el museo Muvium de Valencia en 2013.
Rafael Chirbes, en el museo Muvium de Valencia en 2013.

Rafael Chirbes escribía cada vez peor. Esa es la conclusión a la que llegó él mismo cuando hace dos años releyó La buena letra y Los disparos del cazador para agruparlas en un volumen que empezó llamándose Posguerra y terminó titulándose Pecados originales. Las palabras eran importantes para Chirbes. Por eso consideraba que, mientras en aquellas novelas de los años noventa todo estaba en su sitio, las últimas eran puro caos. Cuando En la orillaganó el Premio Nacional de Literatura respondió así, vía sms, a una felicitación: “A los que los dioses quieren perder primero los vuelven locos. En eso estamos”. En medio de una oleada de rechazos (Jordi Savall, Colita), algunos se sorprendieron de que él aceptara tal honor. Reconocía que sus personajes le tirarían el premio a la cabeza pero pensaba que el galardón no era propiedad del Gobierno sino del “pueblo español”. Cansado de verse en los papeles, rechazó la oferta de exponer por escrito unas razones que tenía bien fundadas: el día de la entrega —“si me dejan hablar”— le diría al ministro lo que pensaba de su política. El dinero lo destinaría a una asociación de gente que “lo está pasando mal”, añadió por teléfono antes de remachar: “Esto no tiene por qué saberse”. Supongo que no importa que se sepa hoy. Tal vez es cuando importa más.

Así era Chirbes. Cuando la crítica elogiaba Crematorio como el gran retrato de la España de la corrupción, respondía que todos los personajes eran él. Ponía rasgos suyos en los peores porque odiaba el maniqueísmo fácil. Le gustaban los malos inteligentes. Como dijo de Goya —uno de sus pintores favoritos junto a Francis Bacon— “pinta la España de su tiempo, pero pinta también sus propios fantasmas”.

Se sabía de memoria a Galdós y le gustaba pensar en sus libros como en unos nuevos episodios nacionales. “No me invento nada”, aclaraba. “Si algunos leyeran lo que escribo… A muchos constructores los he visto desayunar con champán en el bar de Beniarbeig”. Sus historias cierran todas las salidas a la bondad de los personajes pero él era un hombre generoso capaz de elogiar con vehemencia a un novelista joven o de fijar una entrevista en Madrid en la fecha que conviniera a un vecino al que quería traer al médico en coche.

Cinéfilo sin pose, siempre recordaba que de niño le gustaba ir con su abuela al cine a Valencia porque en la capital le dejaban entrar a ver películas que en Tavernes tenía prohibidas. No sabemos si llegó a ver Leviatán, la asfixiante película de Andréi Zviáguintsev que parece salida de una de sus novelas. “La veré en cuanto pueda”, agradeció apasionado la recomendación. "No te digo yo que no tenga cierta tendencia rusa (y soviética), he frecuentado mucho a esa gente (en los libros; en la realidad sólo conozco a un ruso melancólico que vive en Madrid). Quizá haya llegado el momento de atreverme de una vez a huir al frío. La verdad es que me marchito en esta California en la que nunca llueve, ni nieva ni puedes ponerte una bufanda, pura tripita de buey”. Ya no escribía novelas sino testamentos, decía con fastidio. Hablaba en serio. No sabíamos cuánto. Maldita sea.

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