Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Bendito Benedict

Hay un actor con la dosis desbordante de carisma para encarnar un personaje con la dosis exacta de brillo y tinieblas. Benedict Cumberbatch en el papel de Alan Turing

Benedict Cumberbatch, en 'The Imitation Game'.
Benedict Cumberbatch, en 'The Imitation Game'.

Hay un actor con la dosis desbordante de carisma para encarnar un personaje con la dosis exacta de brillo y tinieblas. Benedict Cumberbatch en el papel de Alan Turing. Dejen que me explique.

El actor que de forma tan creativa actualizó a Sherlock Holmes para la BBC, británico de rostro magnético y triangular, de figura esbelta y rasgos extraterrestres (y esto no es idea mía) parece nacido para viajar setenta años atrás e inventar la informática de la mano de un genio sin agarraderas. No para que juguemos a la Play o hagamos la compra online en El Corte Inglés, claro, de eso se ocupan genios más mortales, sino sencillamente para salvar de los nazis a la humanidad.

The Imitation Game, película sobre la creación de la máquina capaz de descodificar los mensajes cifrados de Alemania en plena guerra y emitida por Canal +, es un regalo en nuestro mando a distancia en este verano de sequía mental.

Descifrar códigos para Turing era más fácil que hablar y manejar reglas sociales que no comprendía. Colarse por la noche en la habitación de una espléndida Keira Knightley no incluía en su imaginación nada que se saliera del análisis minucioso de los mensajes robados a la máquina Enigma. Y contar un chiste era una obligación autoimpuesta para ganarse a su equipo cuando lo había perdido. Y, of course, lo hacía mal.

Su dimensión genial solo tenía un punto de humanidad que le hizo débil: su homosexualidad.

Seguir los temblores de Cumberbatch en pantalla causados por la terapia hormonal para “normalizarse” es temblar con los secretos más cavernarios de la historia. Sin aplausos ni medallas, el hombre que acortó el tiempo de la guerra y salvó miles de vidas con ello no solo murió en el anonimato. Murió condenado. Le suicidaron bien.

En 2013, la reina de Inglaterra le exoneró de sus cargos pero, entre tanto, uno se pregunta cuántos vivirán con famas que no merecen y cuantos merecerán una fama que no tienen. Miremos otra vez a la pantalla. ¿Se les ocurre alguien?

Sobre la firma

Berna González Harbour

Periodista de EL PAÍS, ha sido enviada especial en zonas en conflicto, corresponsal en Moscú y subdirectora a cargo de Internacional, Domingo, Sociedad, Web o Babelia. Escribe entrevistas y crítica cultural, es columnista en la sección de Opinión y analista de Hoy por Hoy, en la Cadena Ser. Premio Dashiell Hammett por 'El sueño de la razón'.

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