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¡Arriba el amor!

La estadounidense Laurie Colwin llega a España con 30 años de retraso con una novela de brillantes diálogos. Los personajes se construyen a través de su propio lenguaje

La escritora Laurie Colwin en los setenta.
La escritora Laurie Colwin en los setenta.

Había empezado esta reseña con la siguiente frase:“Tantos días felices, de Laurie Colwin, es una deliciosa celebración del amor, de la felicidad y de la bondad humana”; pero la he borrado porque iba a espantar a cierto tipo de lectores —lectores como yo mismo antes de leer la novela— que podían pensar que estaba reseñando un pastelón. Pero nada de pastelones, todo lo contrario: Tantos días felices es un pequeña joyita que acaba de rescatar Libros del Asteroide con una excelente traducción de Marta Alcaraz.

La novela es de 1978, pero hasta ahora no había sido traducida al español, como no lo ha sido ninguna de las obras de Laurie Colwin (Nueva York, 1944-1992), autora de cinco novelas, tres libros de relatos y dos volúmenes que están a medio camino entre las memorias y la crítica gastronómica. El capricho de la historia literaria y el predominio de cierto gusto machote por las lecturas difíciles han condenado a la hoguera libros como este, por frívolos y simples. Pero qué frivolidad tan inteligente y cuánta ironía bajo esa falsa simpleza, que sólo puede confundir a los lectores verdaderamente simples.

El libro tenía todos los ingredientes para que no me gustara, y tardé en ponerme con él: una historia de amor urbana, rezaba la faja. Uf, qué pereza; ya he leído este libro, pensé. Y también he visto muchas comedias románticas, un género que detesto. Pero qué va; con esos mimbres que a mí me echaban para atrás, Colwin consigue urdir un texto alegre y al mismo tiempo sobrio; amable y agudo; optimista y por eso mismo provocador. Porque reivindicar lo apolíneo en la alta literatura, donde lo prestigioso sigue siendo lo dionisíaco (y más en los años setenta, cuando se escribió la novela), no deja de ser una pequeña provocación.

¡Arriba el amor!

Terminada la universidad y asentados en su vida laboral, dos amigos, Guido y Vincent, conocen, cada uno de ellos en circunstancias diferentes, a Holly y Misty, las mujeres con las que se casarán. Ya está: este es el argumento de la novela. ¡Pero qué bien contado está! No hay alardes formales, no hay experimentación. Lo que hay es un concienzudo ejercicio de pulido que da como resultado una prosa brillante y precisa. Y un puñado de frases memorables.

¿Y por qué este argumento tan simplón no da como resultado el temido pastel? Por la selección y presentación de los personajes, que nos caen bien hasta en su antipatía: por un lado Guido, el agonías, y su esposa, Holly, la figura masculina de la pareja. Y, por otro, Misty, en conflicto permanente con el mundo, y su esposo, Vincent, ontológicamente alegre y enemigo de toda complicación. Y a su alrededor, un puñado de entrañables parientes secundarios, construidos con cuatro trazos eficaces del narrador y sobre todo con sus propios diálogos. Porque esta es una novela de brillantísimos diálogos, en la que los personajes, como sucedía antes en las novelas, se construyen a través de su propio lenguaje.

No faltará quien ponga un pero: que aquí la única realidad que existe es el amor y sus derivados. Es cierto, pero eso es como decir que en Madame Bovary hay mucho adulterio: claro, trata de eso. Y es cierto también que no cuenta lo que sucede cuando el amor desaparece. Pero es que la novela trata del enamoramiento y de la felicidad que provoca a veces la amistad y el matrimonio, no de las desdichas que también traen consigo en ocasiones. Es una comedia.

¿Se parece a Jane Austen? Sí, claro que nos recuerda a ella en el análisis de reacciones y sentimientos y en ese narrador que entra y sale de todos los personajes —salvo de la impenetrable Holly— y que nos explica en estilo indirecto libre (¿habla el narrador? ¿Habla el personaje?) sus reflexiones y análisis. Pero Colwin tiene a veces más gracia que Austen, y desde luego ha borrado mucho más que ella.

Tantos días felices. Laurie Colwin. Traducción de Marta Alcaraz. Libros del Asteroide. Barcelona, 2015. 262 páginas. 19,95 euros.

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