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EN POCAS PALABRAS

Jonás Trueba: “Hay que reivindicar los errores”

El joven cineasta presenta su tercera película, 'Los exiliados románticos', premio especial del jurado en el Festival de Málaga, en un tour por cines de verano de toda España

Jonás Trueba, en el Festival de Cine de Málaga.
Jonás Trueba, en el Festival de Cine de Málaga.

¿Cómo es que alguien nominado dos veces al Goya no tiene entrada en Wikipedia?

— (Ríe) No lo sabía, pero me sorprende, por toda la sobreexposición que tiene el cine. A veces es exagerado todo lo que se escribe de uno cuando se dedica a esto. El ritmo que se impone hoy, esa cultura del impacto, termina saturando. Casi que me alegra lo de Wikipedia.

— ¿Hay entonces algo de reivindicación de lo analógico en su trabajo?

— No es tanto lo analógico, sino dar una oportunidad a las cosas con otro tempo, a cosas que se salen de los márgenes impuestos. Lo importante, creo, es no estandarizarlo todo. Mis películas llegan a tres, cinco, veinte mil personas. No son millones, pero también son gente. Mucha gente, que merece que se les haga caso. Tengo amigos escritores que venden 2.000, 3.000 ejemplares. Se nos dice que eso no es un gran número, pero si te paras a pensar te das cuenta de que es un público amplio que merece el mismo respeto.

—¿Qué libro encierra el espíritu de sus películas?

—En cada una ha habido libros orbitando alrededor. Luego he tratado de que estuvieran presentes de forma literal y orgánica, en la puesta en escena y acompañando a los personajes. A algunas personas esto les ha molestado, les parece que vas de pedante. Es curioso, a nadie le ofende que haya pistolas en la mayoría de las películas que vemos, pero sí que uno salga hablando de un libro en una cena con amigos, cuando en la vida de un español medio es más normal tener un libro que una pistola…

Creo que la literatura forma parte de la vida cotidiana, y en una película se puede retratar que es así sin complejos…"

—¿Qué títulos están detrás de los rodajes?

—Me gusta asociar cada película mía a una serie de lecturas. La primera, Todas las canciones hablan de mí, con Baroja, Kundera, Carmen Martín Gaite y Alejandra Pizarnik; Los ilusos con Todo sigue tranquilo, de Chusé Izuel; Suicidio, de Édouard Levé, y Amarillo, de Félix Romeo.

¿Y Los exiliados románticos?

—Fue Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg, una colección de relatos y una guía para ir por la vida. También el mítico poema Un sueño en el parque de Luxemburgo, de Richard Aldington.

—La película trata de un viaje en carretera y la presenta este verano en cines al aire libre por toda España. ¿Lecturas ideales para este tour?

Los grandes placeres, de Giuseppe Scaraffia (Periférica), habla de los besos, el amor, el café, de las flores, de los paseos, del sentimiento de culpa, del miedo al vacío… Y luego, el último libro de Ismael Grasa, El jardín (Xordica), uno de nuestros grandes escritores, entre Camus y Chéjov, pero único, extraño, siempre genial.

—¿Qué novela adaptaría?

­—Tengo mis aspiraciones delirantes, pero no me atrevo a confesar. Aún estoy esperando la adaptación de Bertolucci de Cosecha roja, de Dashiell Hammett…

A nadie le ofende que haya pistolas en la mayoría de las películas que vemos, pero sí que uno salga hablando de un libro en una cena con amigos"

—¿Quién es su héroe de ficción?

—Están Holden Caulfield y Jay Gatsby, pero también el gran Meaulnes y el Manuel de Baroja en La lucha por la vida. También he sentido una particular afinidad con el Ripley de Patricia High­smith y sus instintos asesinos… Y el Hans Castorp de Thomas Mann, creo que viviría en La montaña mágica.

—La literatura está muy presente en tus obras. En Los exiliados románticos, un personaje incluso recita un cuento de memoria.

Ya me habían acusado de meter citas y libros en las anteriores películas… Esa es quizá mi mayor cruzada como cineasta hasta ahora y pienso seguir dando la batalla. Creo que la literatura forma parte de la vida cotidiana, y se puede retratar que es así sin complejos…

—Mucha influencia literaria para alguien que rueda sin guion.

Lo importante es que la idea detrás de la escena esté clara. Cada día me doy más cuenta de que mi proceso creativo está pegado al acto de creación, al rodaje. Hay un embudo que parece establecer cómo se hacen las películas, pero el cine no tiene que salir de fábrica, el arte tiene errores y está bien que sea así. Hay que reivindicarlos.