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Doblemente felices

El Scarlatti Project de Uri Caine es un viaje por un puñado de sonatas en el que se dan la mano literalidad y fantasía

Uri Caine, en un concierto en Roma en diciembre de 2012.
Uri Caine, en un concierto en Roma en diciembre de 2012. cordon press

¿Puede reescribirse la historia de la música clásica en su totalidad en clave jazzística? Después de oir a Uri Caine, solo cabe como respuesta un sí rotundo. Desde sus pioneras aproximaciones en 1997 a Wagner y Mahler se han sucedido sus recreaciones de Bach (unas memorables y pantagruélicas Variaciones Goldberg), Schumann (Amor de poeta), Mozart, Beethoven (Variaciones Diabelli), Verdi (Otello) o Schönberg (Pierrot lunaire).Algunos puristas se han rasgado las vestiduras, como era de esperar, pero ha predominado el reconocimiento de los méritos —cuando no la genialidad sin ambages— del pianista estadounidense para insuflar con naturalidad un espíritu contemporáneo en estas relecturas, rememoraciones, reinvenciones o resurrecciones —que son todo eso y más— de los grandes clásicos.

Ahora le ha llegado el turno a Domenico Scarlatti, hijo adoptivo de Madrid, una ciudad ingrata con su genio y poco amiga de que su música suene habitualmente entre nosotros. Aquí se ha dado su nombre a una callecita —junto al Tribunal Constitucional— y poco más: de haberse instalado en Londres, como Haendel, nacido al igual que él y que Bach en 1685, sería un héroe nacional inglés. Caine salió a tocar con la venerable edición de 60 sonatas publicada por Schirmer en 1953 y preparada por su compatriota Ralph Kirkpatrick, el clavecinista que catalogó y puso orden en el maremágnum de las 555 sonatas de Scarlatti y que proclamó bien alto al mundo su grandeza.

Fiel a música y letra

Al contrario que en otras ocasiones, Caine se mantuvo fiel no sólo al espíritu de la música, sino también a su letra. Su Scarlatti Project es un viaje por un puñado de sonatas en el que se dan la mano literalidad y fantasía, fidelidad e invención. Allí siguen estando, claramente perceptibles, las estructuras binarias, los dejos armónicos folclorizantes, las refulgentes ráfagas de agilidad en ambas manos, los giros melódicos del italiano, la efervescencia de los modos mayores, la suave melancolía de los menores, los guiños humorísticos, la diversión, la luz.

Todo está ahí, sí, pero todo se transforma sobre la marcha: Caine toca con la partitura original, pero la reescribe a cada paso. Lo que otros serían incapaces de hacer tras meses de estudio, él lo alumbra con la naturalidad y el desparpajo del superdotado, del improvisador natural, del creador omnímodo. Sus breves excursos jazzísticos recuerdan al John Lewis del Clave bien temperado de Bach, que se aparta temporalmente del original para volver a él sin que se noten las costuras. El swing de Caine es más encendido —y, a ratos, descoyuntado— que el del legendario pianista del Modern Jazz Quartet, sobre todo por su infatigable mano izquierda, un prodigio de flexibilidad que lo sitúa en la órbita de Scarlatti, cuyas sonatas persiguen que su destreza corra pareja con la de la derecha. Fuera de programa, Caine ofreció lo que ya es un clásico: el primer movimiento de la Sonata K. 545 de Mozart, en el que el orden clásico se ve abatido por los desórdenes contemporáneos y el desnudo Do mayor original se vuelve politonal e imprevisible.

En el prólogo a sus únicas sonatas publicadas en vida, los Essercizi de 1738, Scarlatti se refería a su música como “lo scherzo ingegnoso dell'Arte”, y así la toca Caine, como pequeñas bromas llenas de ingenio. El italiano se despedía con un “vivi felice” que debe leerse como toda una declaración de intenciones y, acabado el concierto, las caras de todos los congregados en el Istituto Italiano di Cultura, una vez que el huracán Scarlatti/Caine se alejaba ya por la Cuesta de la Vega y Las Vistillas, no eran los rostros de personas felices, sino doblemente felices.