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La nueva alma rusa del piano

El talento del joven intérprete Daniil Trifonov, alabado por maestros, inicia su gira por España

Daniil Trifonov, en un ensayo en el teatro Principal de Vitoria. Ampliar foto
Daniil Trifonov, en un ensayo en el teatro Principal de Vitoria.

Cuando una noche tonta, la legendaria Martha Argerich entró en Internet y contempló a Daniil Trifonov, la vida de este pianista ruso cambió casi tanto como el día que ganó el prestigioso concurso Chaikovski con 20 años. La más bien esquiva y reservada intérprete argentina no pudo contenerse y saltó: "Lo escuché anoche de nuevo en YouTube, lo tiene todo y más. Lo que hace con las manos es técnicamente increíble. Pero también su toque. Posee ternura y también ese elemento demoniaco. Nunca he escuchado nada semejante".

Si ustedes siguen la autopista virtual en la que Trifonov luce su talento hasta cuando tenía ocho años y se dejan llevar de la mano de Argerich, lo sabrán apreciar. Pero si esta semana se encuentran en Madrid (hoy, en el ciclo La Filarmónica), Barcelona (mañana), Oviedo (día 30), Murcia (31) o Valencia (1 de febrero), podrán disfrutarlo en vivo como ayer lo hizo el público de Vitoria en la gira española que realiza con la Philarmonia Orchestra y el director Clemens Schuldt.

De frente, el joven Daniil, 24 años, luce su flequillo en caída como un juego de cuchillos afilados, pero no muestra ese lado mefistofélico que le observan algunos colegas. Más bien uno observa a un joven discreto, tímido, ultrasensible, a quien le brota música por la boca. Lleva el Concierto número 2 de Chopin en la cabeza para esta gira y sonríe ante las comparaciones que lo emparentan con el conjuro de Liszt. "No sé de qué hablan cuando aluden a lo demonIaco", aclara.

¿De concentración? ¿De transmutación? ¿De transposición? "Cuando afrontas el escenario necesitas crear una atmósfera, incluso dentro de ti mismo, calentarte, tiene que ver con algo más espiritual y emocional que técnico, son señales que te manda el cuerpo". Quizás, en su caso guarden relación con el equilibrio entre el riesgo un tanto salvaje y las profundidades de una extrema sensibilidad. Le ocurre con Chopin: "Su música no te perdona, necesitas practicarla siempre, incluso cuando crees dominarla, debes asegurarte bien, no confiarte, tiene algo de fugitivo y se te puede escapar sin que lo notes. Este concierto es tremendo en su tensión dramática. No te deja espacio para el descanso emocional".

No supo que quería dedicarse al piano hasta que se rompió un brazo

Así que desde que con 12 años lo aprendió, no ha dejado de indagar en él. Pero no por ello deja de añadir nuevo repertorio. Adentrarse en partituras desconocidas, siempre, desde niño, desde que con 5 años empezó a tocar, ha sido lo más excitante. Y crear. "Yo comencé componiendo", afirma sin género de duda y seguro de sí mismo. "Más con los sintetizadores que había en casa que con el piano. Y a esa edad".

Su infancia en la Rusia profunda junto al Volga de la ciudad de Nizhny Novgorod, con un padre compositor y una madre profesora de música, amamantado de tradición ortodoxa -"aunque soy muy abierto de mente"- y educado en la lectura de Tólstoi y Dostoievski o cine de Tarkovski, dejaron una huella en él de raíz profunda. "Supongo que cuando hablan del alma rusa se refieren a que poseemos un enorme acento emocional y existencial".

No supo que querría dedicarse toda la vida al piano hasta que se rompió el brazo izquierdo. "No me lo había planteado, pero al tener que dejarlo a la fuerza durante tres semanas, más o menos, me hizo darme cuenta de que todo resultaba muy tortuoso". Las habilidades quedaban fuera de duda. Y sus padres se mudaron a Moscú para darle una mejor formación: "Nunca se lo agradeceré suficiente".

Hoy vive entre la capital rusa y Cleveland (EE UU), sigue formándose bajo el consejo de Tatiana Zelikman y Serguei Babayan, sus maestros, pero ya vuela sólo en un mundo exigente, competitivo, inquisitorio, como el del piano. Los grandes ya lo han consagrado, caso de su paisano Valeri Gergiev o Zubin Mehta. Sus capacidades le hacen pisar ahora la estela virtuosa de precedentes generacionales como Lang Lang o Kissin y según muchos está llamado a marcar época en el entrono global -ya menos cerrado, pero con sus rasgos de club exclusivo- de la escuela rusa. "Sigo apreciando el arte de sus maestros, escucho sus grabaciones, a Horowitz, a Gigels, pero también a Rubinstein o a Benedetti Michelangeli, los representantes de la edad de oro del siglo XX”.

La del siglo XXI no lo tiene nada fácil. Él lo admite: “En el presente estamos demasiados expuestos”, asegura. "Pero me sirvieron los consejos que me daban de pequeño: la ambición es buena mientras te haga progresar, aunque eso se da sólo si te muestras fiel a la música que tienes entre manos en cada momento”. Si extraes el alma de cada pieza: “Las obras que interpretamos, debemos ser conscientes de que fueron compuestas en un determinado estado de ánimo, si somos capaces de comprenderlo y mostrarlo, entonces habremos descubierto el espíritu que las habita. Es en ese sentido en el que la música posee alma y debemos ser capaces de hacerla ver”. Se refiere a su ángel, pero también, sin duda, a sus demonios.