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corrientes y desahogos

El artista desnudo

Nunca se experimenta mayor conmoción ante un cuadro que cuando impone su poder

En cualquiera de las artes —y espero no equivocarme— cuanto más años de honesto oficio se le dedican más se estiliza la obra. Se abrevia tanto en el proceso como en su más concluyente terminación. ¿Significa esto que al compás de la vida, al hilo de ir consumiendo el tiempo, vamos despojándonos de vestimentas y ornamentos en busca de una inocencia inicial e ideal?

No es seguro este diagnóstico pero si tan pronto el sujeto se tantea como artista su ilusión es engalanarse de palabras, formas y colores, más tarde el perifollo es sólo vanidad. El silencio en la música, el monocromo en la pintura, la sencillez del proyecto en el arquitecto o el allanamiento de la prosa son des-enlaces, des-vinculaciones puras tras la decoración pegajosa al inaugurar la profesión.

No es, desde luego, fácil llegar hasta este punto laboral casi desnudo. En primer lugar se requiere haber consumido muchos años en la pugna y también muchos sofocos al releerse, reescucharse o remirarse. La imagen del yo novato aparece después como una impostación. Una máscara causada tanto por el deseo de encubrir carencias, como por una ambición tan legítima como obscena de seducir.

Sólo más tarde, en la época de la avanzada madurez, lo que conlleva la elegante contigüidad de la muerte, es cuando se entiende que el bien y el mal son piezas de acero y la estética también. La estética es siempre muy difícil de resumir pero algo hay de mágico en su trabajo por imponerse de un golpe y sobre un único pálpito de la emoción. Esta cualidad, visible en la veteranía y difícil de detectar en la iniciación, explica la diferencia de trato que recibe de unos y otros artistas.

Pasa como con los novios y las novias. Al comienzo tratamos de impresionarlos, embaucarlos, embarcarlos. Después, si la relación va bien, es como un navío con luz que no hace el menor tumulto al cruzar el agua.

En ese movimiento, lineal en apariencia y vertical en productividad, radica la acción primordial del viejo artista. ¿Eso, tan simple o minimal, es todo lo que tiene que expresar, dirá un joven patán? Eso es todo lo que ha supurado el contacto con la verdad. Exactamente, porque lo bello no es lo bonito ni tampoco lo verdadero es igual a la brillantez.

La idea de que, en general, el progreso discurre desde lo más simple a lo más complejo, hace tambalear el postulado de que el arte mejora con la simplicidad. ¿Existiría, por tanto, en el arte una partícula exclusiva? ¿Sería allí lo complejo una veladura y su emisión de mayor mérito aquella que elude todo aderezo de más?

Puedo hablar ahora de la pintura. Nunca se experimenta mayor conmoción ante un cuadro que cuando es él quien impone su poder sin miramientos. Es decir, sin reclamar ser mirado y remirado antes. O lo que es lo mismo, sin mostrar necesidad (menesterosidad) de ser visto y repasado. La obra maestra es aquella que nos ve primero y con un ojo, además, muy próximo a cero porque, como Dios, su presencia nos deslumbra antes de pedir atención.

¿Los aplausos? ¿Qué lenguaje vulgar es éste que se apoya en el expediente de la aclamación? Lo divino es el silencio. Lo importante es la nada. El final más atinado es igual al cenit de su imposible repetición.