Columna
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Saborear el asco

La verdad es dolorosa, pero las naciones asientan sobre ella su ambición o negación de los principios básicos de justicia. Los ciudadanos se han ganado el derecho a saborear el asco

Es muy aleccionador que el anuncio de un primer paso en la obligatoria Ley de Transparencia que afecta a la función pública en España haya coincidido con el informe sobre las torturas bajo la dictadura brasileña, que terminó una década después que la nuestra. Y también con la lectura del estudio del Congreso norteamericano que atestigua el recurso a los interrogatorios salvajes para sospechosos de terrorismo integrista y que tuvieron en la base de Guantánamo su escenario principal, aunque no único, porque el asunto salpica a España, donde algún vuelo especial anónimo fue tolerado por las autoridades locales. La idea de transparencia es pues asimilada de manera muy distinta en cada país.

Los norteamericanos conocían las torturas practicadas en los interrogatorios y ahora les llega la confirmación oficial. Incluso en sus ficciones, como la serie Homeland o la película La noche más oscura, retrataban abiertamente ese funcionamiento de los servicios secretos. Tal es la naturalidad con que ficción y realidad van de la manita en este asunto que la mayoría de noticiarios españoles, en un gesto algo controvertido, utilizaron escenas de la película de Kathryn Bigelow sobre la captura y asesinato de Bin Laden como si fuera material documental y la belleza pelirroja de Jessica Chastain quedaba asociada al espanto autorizado.

Los anteriores directores de la CIA han reaccionado con rabia, porque alegan que la tortura venía autorizada por el poder político y justificada por el clima de pánico desatado tras el 11-S. En sus palabras: “El dilema de los oficiales de la CIA incomoda solo a los enamorados de la simplicidad actual, y los responsables de la agencia sabían que muchos cuestionarían sus decisiones pasado un tiempo, pero también estaban convencidos de que se sentirían moralmente culpables por la muerte de sus conciudadanos si fallaban a la hora de obtener información para frenar futuros ataques”. He aquí la transparencia moral que uno desearía para su país: tratar a sus ciudadanos como seres inteligentes expuestos a las tremendas verdades de su historia reciente, sin paternalismos ni silencios protectores. La verdad es dolorosa, pero las naciones asientan sobre ella su ambición o negación de los principios básicos de justicia. Los ciudadanos se han ganado el derecho a saborear el asco.

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