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crítica | camino de la cruz

La niña santa

El drama narra con implacable frialdad el proceso de sacrificio y autosantificación que emprende una adolescente

Fotograma de 'Camino de la cruz'. pulsa en la foto
Fotograma de 'Camino de la cruz'.

No es frecuente encontrarse con películas que juegan con el espectador, de una manera casi diabólica, a través de las sutilezas de su puesta en escena. Camino de la cruz, cuarto largometraje del alemán Dietrich Brüggemann, un cineasta hasta la fecha inédito en nuestro país, es un interesante caso de estudio y un trabajo admirable por más de un motivo. La película, que podría integrar un provocador —y, sobre todo, muy estimulante para el debate— programa doble con Camino (2008) de Javier Fesser, narra con implacable frialdad el proceso de sacrificio y autosantificación que emprende una adolescente, nacida en el seno de una familia católica integrista, con el fin de sanar a su hermano pequeño del autismo.

Uno de los aspectos que resultan más llamativos de la propuesta es su riguroso planteamiento formal: 14 planos secuencia —en su mayor parte estáticos— que corresponden a los sucesivos pasos del vía crucis y que, sin embargo, no convierten este trabajo en una de esas películas de dispositivo cuyos universos se revelan incapaces de respirar y alzar el vuelo más allá del corsé de su forma. Ya desde la primera secuencia, en la que el espectador asiste al estremecedor adoctrinamiento de un grupo de jóvenes por parte de un seminarista, Brüggemann consigue que sus planos sean ventanas abiertas a una realidad ajena, patológica, pero viva, orgánica y verosímil, en cuyo seno la protagonista se enfrentará más de una vez a las inconsistencias y fracturas entre realidad y deseo. La ejecución, tanto por parte del cineasta como de su elenco, es asombrosa y todo temor de estar ante un pie forzado que condicionará el conjunto se diluye pronto.

CAMINO DE LA CRUZ

Dirección: Dietrich Brüggemann.

Intérpretes: Lucie Aron, Anna Brüggemann, Michael Kamp, Moritz Knapp, Birge Schade.

Género: drama. Alemania, 2014.

Duración: 107 minutos.

La armonía entre fondo y forma parece lanzar una idea inequívoca al espectador objetivo de Camino de la cruz: estamos ante una impugnación del integrismo y ante el doloroso espectáculo de la pasión de una inocente autoengañada (y condicionada por el entorno) bajo el silencio de Dios. ¿O no? El auténtico salto mortal de la película está justamente en su habilidad para introducir una calculada ambigüedad en su propuesta aparentemente cartesiana e inflexible. Verdadero cine de la provocación, que cuestiona las apriorísticas certidumbres de su espectador.

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