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OPINIÓN

Colores que no fueron

¿Y si las obras no hubieran sido creadas para soportar el estrés al cual las somete el mundo contemporáneo?

'Autorretrato' (1887), de Vincent Van Gogh.
'Autorretrato' (1887), de Vincent Van Gogh.

La polémica ha vuelto a saltar, una vez más, a la palestra y desde la discusión entre los expertos ha llegado hasta los aficionados, quienes han oído con sorpresa cómo eso que habían venerado desde siempre como “los colores de Van Gogh” no son sino una mera aproximación a lo que fuera su realidad; falsa percepción, fruto de las numerosas amenazas que siempre andan el acecho en lo referido a la conservación de las obras de arte. De hecho, desde la iluminación poco adecuada hasta el exceso de visitantes, la noticia del deterioro de las obras de arte y de su posterior restauración —y los problemas que conlleva— son un comentario habitual, poniendo en evidencia cierto hecho escalofriante: ¿Y si las obras no hubieran sido creadas para soportar el estrés al cual las somete el mundo contemporáneo, donde a menudo la buena salud de dichas obras se doblega ante las exigencias del número de visitantes? Porque no es la luz el único peligro ni el más acuciante. ¿Cómo mantener la temperatura exigida —o controlar las partículas de polvo— en unas salas abarrotadas de visitantes? ¿Quién puede proteger a la Giocondao la Capilla Sixtina de sus admiradores?

En el caso de la última, donde los ríos de visitantes no facilitan la comodidad de las obras maestras que allí se custodian, su director llegó a amenazar hace un par de años con que, caso de no llevarse a cabo la mejora de conservación necesaria, la famosa sala sería cerrada al público o se limitaría de forma drástica el número de visitas. La amenaza no se hizo realidad. Sí ocurrió en Altamira que, una vez más, ha entrado en el debate a través de la posible reapertura con un menor número de visitas.

De cualquier modo, lo fascinante de estas historias no se relaciona sólo con los problemas de conservación que conlleva el ansiado número infinito de visitantes que buscan las instituciones, obligadas por el sistema a “hacer caja”. Lo perturbador tiene matices sentimentales, ya se anunciaba: cómo enfrentarse al hecho de que lo que creíamos los colores de la Sixtina o Van Gogh a veces tienen poco que ver con la realidad y, sobre todo, poco que ver con lo que veneramos de esa realidad que dimos por válida. Pasó con la Sixtina que, hasta que todo el mundo se acostumbró a los colores recién restaurados, parecía inesperadamente estridente. Ahora le toca el turno al holandés, al cual amamos —e interpretamos— por unos colores que, parece, no fueron nunca así y que igual ni nos gustan tanto en su realidad. Y, de pronto, regresa a la memoria una carta maravillosa de Rilke del 2 de octubre de 1907, donde comenta la emoción de llevarse unos días a casa “una carpeta de Van Gogh”, en un mundo donde las reproducciones solían ser escasas y por lo general en blanco y negro. “Son reproducciones sencillas, nada refinadas”, escribe Rilke, de objetos cotidianos. “Y, sin embargo, ¡cuánto hay allí de los santos que esperaba y se proponía hacer mucho más tarde”. Quién sabe; aunque los colores fueran diferentes quedan muchas cosas para venerar en la historia de Van Gogh, pero eso, supongo, forma parte de otro relato.

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