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A un lado la vida, al otro la supervivencia

'La vida de los otros' es un retrato conmovedor; Billy Wilder nos hizo reír en 'Un, dos, tres'. Pero el muro de Berlín sigue esperando una auténtica obra maestra del cine

Fotograma de 'La vida de los otros' del director Florian Henckel von Donnersmarck.
Fotograma de 'La vida de los otros' del director Florian Henckel von Donnersmarck.

Por muy sombrío que fuera el tratamiento que ha ofrecido el cine sobre aquella prolongada barbarie que encarnaba el muro de Berlín, la realidad superaba el efecto depresivo que te pudieran causar las ficciones sobre esa ciudad atrozmente dividida. La tristeza con la que regresabas a Berlín Occidental después de haberlo cruzado para pasar el día en el Este era duradera. Recuerdo atardeceres invernales en avenidas grandes y vacías, la atmósfera de carencia y miedo, almacenes en los que no encontrabas nada que desearas adquirir, sensación de mediocridad vital y desesperanza, cafeterías en las que todo aquello que comías o bebías era aséptico. Y recordabas que casi trescientas personas habían muerto al intentar huir de ese presunto hogar del hombre nuevo.

 Tratabas de imaginar la frustración de los berlineses del Este sabiendo que al otro lado, a unos cuantos metros, otros afortunados alemanes, muchos de ellos parientes o amigos, habían tenido suerte en el reparto de la ciudad y podían disponer de tantas cosas materiales, vivían en un país democrático, tenían libertad de pensamiento y de opinión. Todo lo anterior debería de ir señalado entre comillas o con interrogantes, pero imagino que era la imagen del paraíso para tanta gente controlada hasta la extenuación por la Stasi, por la delación del vecino, porque la sabiduría del partido había detectado en ellos tentaciones capitalistas.

De todas esas miserias institucionalizadas y de la asfixia cotidiana hablaba La vida de los otros, que tal vez sea el retrato más profundo, duro y conmovedor que ha hecho el cine alemán sobre el acorralamiento que sufría cualquier sospechoso de subversión contra el sistema, el espionaje de las conductas que el caprichoso aunque implacable sistema consideraba dudosas obligando a la gente a denunciar a las personas más cercanas, el chantaje como norma, las abyectas e impunes características que otorgan las señas de identidad a los Estados policiales. Todo dios podía ser señalado como culpable, pero existía una atención especial a los intelectuales, a los que, además de sentir, también les daba por pensar. El protagonista, un autor teatral que encuentra numerosas virtudes en el comunismo, pero también dudas sobre cómo se practica, no solo sufrirá la agobiante vigilancia de la Stasi, sino que será traicionado por su propia mujer, otra víctima obligada a practicar lo que abomina. Da mucho miedo no ya lo que narra, sino el ambiente enfermizo, amenazante y cruel que transmite el tono de esta película.

Los servicios de inteligencia occidentales también cruzaron frecuentemente el Muro en el cine, tuvieron múltiple y a veces sangriento trabajo maniobrando, espiando, contraespiando, manipulando, extorsionando, propiciando la huida a desertores valiosos. John le Carré creó una literatura apasionante construyendo un universo artero, calculador, en el que casi nada es verdad ni es mentira, repleto de topos, sin reglas morales, dispuesto a sacrificar a inocentes en nombre del pragmatismo. El cine hizo una adaptación memorable en El espía que surgió del frío, dirigida por Martin Ritt. El protagonista en esta ocasión no era el cerebral y triste George Smiley, la inteligencia más penetrante del Circus, sino uno de sus fieles subalternos, el amargo y alcohólico Alec Leamas, alguien que ya sabe que todo es sucio, retorcido y sórdido en su profesión, que el bien y el mal son conceptos grotescos en una batalla donde solo importa la victoria a cualquier precio. Le ordenarán sacrificar a gente honesta para cubrir la apariencia de un personaje poderoso del otro bando que ha sido comprado por el Circus. Leamas podrá salvar su vida saltando el Muro, pero está demasiado hastiado de tanta mentira, de ser el instrumento de los verdugos en sus sofisticadas y mortales trampas hacia víctimas que no se lo merecen. Y se deja morir. Hace mucho tiempo que no he vuelto a ver esa película, pero la imagen que guardo de ella es poderosa. También la interpretación de Richard Burton, la mejor que le vi nunca a ese actor irregular y de voz envolvente. Pensaba en ella sorteando el hielo, pateando la nieve, observando el cielo permanente gris, durante muchos viajes invernales a Berlín. También un 9 de febrero de 1990 subido en el Muro que las máquinas iban derruyendo en su totalidad, en medio de berlineses emocionados o festivos que iban a recordar siempre la caída de ese muro que representaba la ignominia.

Hubo otros legendarios agentes secretos que también se acercaron a ese paisaje siniestro. Lo hizo James Bond, encarnado por Roger Moore en Octopussy. No recuerdo nada de ella. Nunca le pillé el punto gracioso a Moore. Adoro a Michael Caine, pero las aventuras de su espía Harry Palmer en la desastrosa Funeral en Berlín tampoco dejarán mínima huella en la historia cinematográfica del Muro. Hitchcock nos contó en Cortina rasgada los riesgos de un científico estadounidense en Alemania del Este que supuestamente ha cambiado de bando y cuya misión es robar la trascendente fórmula que ha descubierto un excéntrico y genial científico de ese país. No es una obra maestra, pero contiene una de las secuencias más escalofriantes de la historia del cine, que muestra la pavorosa dificultad para asesinar lentamente a un ser humano cuando no hay armas de fuego, acuchillándole, dándole paletazos en su cuerpo, asfixiándole, metiendo su cabeza en un horno.

Y, cómo no, también el Muro sirvió alguna vez para que un genio llamado Billy Wilder consiguiera que nos partiéramos de risa en la eléctrica comedia Un, dos, tres, describiendo la vertiginosa energía, la imaginación y la seguridad en que todos los seres humanos tienen un precio, del delegado en Berlín occidental de Coca-Cola, decidido a convencer a un ardoroso y ortodoxo chaval comunista, que se ha casado con la hija de su jefe, de que cruce el Muro y descubra la cantidad de cosas golosas de las que podrá disfrutar si accede a vivir como un privilegiado en esa sociedad capitalista, que tanto odia. James Cagney, aquel señor tan diminuto como explosivo, lleno de ritmo, que nunca se permitió la frivolidad de relajarse con sus personajes, demuestra que tenía idéntico y portentoso talento para la negrura y para la comedia pausada o enloquecida.

Y es complicado no sentir ternura ni sonreír frecuentemente con Good Bye, Lenin!, la historia de un chaval capaz de convencer a su madre, que ha despertado de un coma que ha durado años, de que todo sigue igual en su país y en su entorno, de que el Muro permanece en su sitio. Lo hace porque esta mujer sufriría de añoranza y tormento si constatara que había desaparecido el mundo en el que pasó gran parte de su vida y los principios en los que creyó siempre. Sigo mirando obsesivamente cada vez que voy a Berlín la ruta presidida por el Muro. Y esperando que el cine haga una auténtica obra maestra sobre aquella duradera salvajada que finalmente se resquebrajó. Hay tema en él para contar mil historias. Sospecho que casi todas tristes.

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