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El hombre que hacía sonreír a Franco

Eduardo Navarro, fiel compañero de Adolfo Suárez, escribió un guion para una posible biografía del expresidente

Suárez recibe a Navarro, tras ser elegido presidente del Gobierno en 1977. Ampliar foto
Suárez recibe a Navarro, tras ser elegido presidente del Gobierno en 1977.

Eduardo Navarro fue un fiel compañero de Adolfo Suárez en sus años de ocaso político, a partir de que dejara la presidencia del Gobierno, en 1981. Este tecnócrata gaditano criado entre militares, que tendió puentes desde dentro para propiciar el salto de la dictadura a la democracia, aprovechó la cercanía con Suárez para escribir lo que él creía que podría ser algún día el germen de unas memorias del duque. Suárez escribía poco, “a lo sumo notas o comentarios en papelitos”, recuerda Jorge Trias, depositario de aquellos papeles y prologuista de La sombra de Suárez, el libro que Navarro escribió como guion de aquella posible autobiografía.

“Después de dejar el CDS, todo lo que dijo Suárez salió de la cabeza de Eduardo, que se dedicó a fabricar un discurso político e ideológico que diera sentido a lo que había hecho y construyó un plan de memorias con la ayuda de Mariam, la hija primogénita”, recuerda Trias.

Navarro (1929-2009) conoció a Suárez siendo rector del colegio mayor Francisco Franco, cuando éste tenía 27 años: “Un chico alegre, un tanto taciturno, de difícil clasificación política y con ganas de abrirse camino y triunfar”. Su relación fue estrecha desde entonces. Navarro fue consejero nacional del Movimiento y procurador en Cortes durante la dictadura; y subsecretario de Gobernación en la Transición, desde donde impulsó la Ley de Reforma Política. Fue de los primeros en acudir a La Moncloa a felicitar a Suárez tras ser nombrado presidente, aunque nunca accedió al mayor anhelo de Navarro, que soñaba con ser ministro.

En 1969, diez años después de conocerse, Suárez fue designado director general de RTVE, y Navarro, inspector nacional del Ministerio de Vivienda. El extracto que publicamos del libro arranca un poco antes de ese momento.

Pasaron años sin vernos. Adolfo fue haciendo carrera política por su lado y yo —con la tacha comentada que surgía cada vez que se me incluía en una propuesta de nombramiento— intenté hacerla por el mío. Supe de su matrimonio con Amparo Illana, y una vez que me lo encontré en la calle le felicité porque me habían comentado que su mujer era muy guapa. Me contestó con su simpatía acostumbrada: “No sólo es guapa, sino rica; van a decir que he pegado un braguetazo. Su familia tiene varios pisos en Madrid”. Supe también de su consolidación político-funcionarial en la Secretaría General, de la mano de Fernando Herrero. Allí desempeñó los cargos de jefe del Gabinete Técnico del vicesecretario general, director del Gabinete Jurídico de la Delegación Nacional de Juventudes y secretario general de los cursos de Peñíscola sobre Problemas de la vida local. En Peñíscola, en los cursos de verano, es donde Adolfo terminó de conocer a fondo a toda la clase política del Régimen en sus niveles más decisivos pues allí acudían los que tenían los resortes del poder, que eran invitados a dar conferencias sobre el temario de la vida local que proponía el centro, es decir, el propio Adolfo. (...)

Juan Carlos añadió: “Oye, si le toca perder a mi padre, pues pierde. España está por encima”

En 1968 Adolfo Suárez fue nombrado gobernador civil y jefe provincial del Movimiento de Segovia. Allí conoció a dos personajes que luego tendrían notoriedad bien distinta: Fernando Abril y Jesús Gil. Del primero, le hizo su colaborador y amigo inmediatamente. Del segundo, sufrió la catástrofe de Los Ángeles de San Rafael, en la que murieron varias personas. En una entrevista que tuve con él me contó que se pasó dos noches sin dormir, presentándose enseguida en el lugar del hecho y vigilando las tareas de desescombro y recogida de heridos y cadáveres. Al llegar a su casa, después de esas cuarenta y ocho horas, se desmayó. Algunos entonces auguraron el fin de su carrera política. Ese augurio se repetirá con alguna frecuencia. Quienes así pensaban no conocían la capacidad de Adolfo de coger el toro por los cuernos y encauzar y resolver problemas.

En noviembre de 1969, con el nuevo Gobierno, que se calificó como Gobierno del Opus o Gobierno de los Lópeces (López Rodó, López-Bravo, López de Letona), Adolfo [Suárez] fue nombrado director general de RTVE. En aquel año todos ascendimos. Vicente Mortes, reciente ministro de la Vivienda, me encargó de la Inspección General del ministerio, con categoría de director general, y me nombró vocal del consejo de administración del Banco Hipotecario. La tacha personal seguía, pero esa vez no fue capaz de impedir mi nombramiento. Vicente Mortes me pidió dos cosas de entrada: que fuera a visitar al Príncipe de España y a Carrero Blanco, vicepresidente del Gobierno.

Mi visita al Príncipe fue muy agradable. Al llegar a La Zarzuela los ayudantes me dijeron que no debía hablar con Su Alteza sobre su padre don Juan de Borbón ni sobre problemas políticos “delicados”. En el antedespacho del Príncipe estaba Alfonso Armada, con quien hablé unos momentos. El Príncipe me recibió cordialmente. Al iniciar la conversación me espetó: “Te habrán dicho que no hables de determinadas cuestiones; no les hagas caso”, y me contó la estancia de la reina Victoria Eugenia en Madrid para asistir al bautizo del príncipe Felipe. “La yaya le dijo al general”, me contó el Príncipe: “General, ya tiene usted tres Borbones, el padre, el hijo y el nieto; a ver si se decide. La yaya además me dijo que me marchara porque quería hablar a solas con el general”. Le hice algunos comentarios y don Juan Carlos añadió: “Oye, si le toca perder a mi padre, pues pierde. España está por encima”. Salí muy gratamente impresionado. En algunos sectores políticos se hablaba de don Juan Carlos como de un incapaz. Era un hombre joven, limpio y abierto, y le noté una particular inteligencia para todo lo que le podía afectar. “Aquí no saben lo que es un rey, Eduardo, y se van a enterar”, fue otra de las frases que me quedó grabada. (...)

Franco, al terminar las grabaciones, le preguntaba: “Lo he hecho mal, ¿verdad?”, y Adolfo se reía

Adolfo, en su larga etapa como director general de RTVE, consolidó su prestigio como hombre eficaz, abierto y bien relacionado. Entre los jóvenes burócratas de los Lópeces se le conocía como “el director” y se le tenía un gran respeto. Sus relaciones con el Príncipe eran ya de dominio público, como lo fueron también los servicios que le rindió desde su cargo, evitando en RTVE todo lo que pudiera mermar la figura del futuro rey y todo lo que pudiera molestarle. En algún momento me contó sus tirantes relaciones con Alfredo Sánchez Bella, su ministro, al que hacía poquísimo caso. Pienso que tenía línea directa con Carrero. Sus relaciones con el propio Franco fueron muy frecuentes y en las grabaciones de los discursos de fin de año, Adolfo hacía repetir al jefe del Estado todo lo que le parecía mal grabado. Creo que Franco, al terminar las grabaciones, le preguntaba: “Lo he hecho mal, ¿verdad?”, y Adolfo se reía y le señalaba los peores pasajes de dicción o gesto y le indicaba cómo debía hacerlo en su repetición. Franco, desde luego, apuntó su nombre y al verle siempre le sonreía, cosa que muy pocos lograron que hiciera. Lo paradójico del caso es que yo —por mi condición de hijo de caído— me sentía con muchos más títulos para la sonrisa de Franco que Adolfo Suárez. Yo creo que a Adolfo la sonrisa de Franco le traía sin cuidado. Estaba claro, en su gestión al frente de RTVE y en sus conversaciones, que estaba en el Régimen y hasta que era —en términos generales— del Régimen, pero éste no iba a hipotecarle su futuro.

Desde 1968 Adolfo era también procurador en Cortes por el tercio familiar —lo más democrático del franquismo— y se hablaba de sus campañas electorales como modelo de buen hacer político. Todo esto, naturalmente, hay que entenderlo referido al Régimen. En 1973 todo cambió en la política española, dentro del Régimen, cuando Carrero Blanco fue nombrado presidente del Gobierno. Desde 1939 nunca hubo un presidente del Gobierno distinto a Franco. Era la señal evidente de que el general empezaba a hacer sus propias previsiones sucesorias. Curiosamente, en el nuevo Gobierno el poder de la tecnocracia pareció disminuir. Cambió el ministro de Información y Turismo, cargo al que accedió Fernando de Liñán. Adolfo cesó como director general de RTVE. En el Ministerio de la Vivienda, Vicente Mortes fue sustituido por Utrera Molina. El buen trabajo de Mortes y su equipo estaba a punto de cristalizar en una organización coherente y eficaz. Las razones políticas primaron sobre las del bien público y la eficacia, y el Régimen perdió la colaboración de uno de sus hombres más activos, más integradores y más buenos.

En aquel Gobierno Torcuato Fernández-Miranda fue nombrado vicepresidente, además de asistir como ministro secretario. Se comentó entonces que Adolfo le pidió a Torcuato ser nombrado vicesecretario general del Movimiento y éste lo más que le ofreció fue la Delegación Nacional de Asociaciones que Suárez rechazó. En octubre de 1973 Adolfo fue nombrado presidente del consejo de administración de Entursa y presidente de la Comisión de Turismo del IV Plan de Desarrollo. A la mayoría nos parecieron “cargos de consuelo burocrático”. Adolfo, sin embargo, se entregó a ellos con el entusiasmo que puso siempre en las funciones que se le atribuían y siguió ensanchando el círculo de sus amistades políticas. Por mi parte, fui ascendido por Utrera Molina al cargo de secretario general técnico del Ministerio de la Vivienda. (...) En aquellos días Carrero pronunció un discurso ante Franco tremendamente reaccionario, tanto fue así que cuarenta hombres jóvenes del Régimen que ocupábamos cargos de importancia en el Estado decidimos escribir una carta abierta a Franco, lamentando los términos en que se había expresado el presidente del Gobierno. La carta se publicó en Abc con nuestras fotografías. Fue conocida como “la carta de los 39”. El número 40, que era Martín Villa —secretario general de Sindicatos—, no llegó a firmar porque era consejero del Reino. Se dijo que cuando Carrero habló de nosotros en el Consejo de Ministros, Franco le interrumpió: “¡Pero cómo los vamos a cesar si me apoyan!”. La célebre carta no tuvo la consecuencia inmediata que, al parecer, pedía el almirante.

La sombra de Suárez, de Eduardo Navarro, con prólogo de Jorge Trias Sagnier, será editado el 16 de octubre por Plaza & Janés. Precio: 20,90 euros. 331 páginas.

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