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FERIA DE MALAGA

Dramático Leonardo Hernández

A pesar de la intensa actuación de Hernández, no fue la corrida del rejoneo un buen broche a la feria malagueña.

El rejoneador Leonardo Hernández, durante su segundo toro en la plaza de la Malagueta.
El rejoneador Leonardo Hernández, durante su segundo toro en la plaza de la Malagueta.

Cuando concluía la lidia del quinto toro de la tarde se vivieron momentos dramáticos protagonizados por Leonardo Hernández. Tras una actuación de enorme intensidad y riesgo en el tercio de banderillas, cayó del caballo tras dejar clavado el rejón de muerte, y fue alcanzado por el toro, que lo lanzó contra las tablas de la barrera de manera extremadamente violenta; el golpe fue fortísimo y el caballero quedó desmadejado. En ese instante, uno de sus auxiliares le hizo un quite auténticamente providencial y también fue arrollado por el animal. Hernández retomó la verticalidad visiblemente dolorido de la pierna derecha, que no podía apoyar en el suelo. Optó por subir de nuevo al caballo y dar así una triunfal vuelta al ruedo con las dos orejas. Fue la suya una actuación de entrega absoluta con las banderillas, en las que destacó en dos pares al quiebro, lo mejor, sin duda, de su tarde malagueña. La tremenda voltereta ayudó, qué duda cabe, en la concesión de los dos trofeos, pero justo es reconocerle su entrega.

Terrón/Cartagena, Hernández, Romero

Toros despuntados para rejoneo de Luis Terrón, bien presentados, muy mansos y descastados.

Andy Cartagena: rejón trasero y bajo (ovación); tres pinchazos y un descabello (ovación).

Leonardo Hernández: pinchazo, rejón trasero, rejón bajo y dos descabellos (silencio); rejón bajo (dos orejas).

Andrés Romero: pinchazo, rejón atravesado y dos descabellos (silencio); tres pinchazos, rejonazo atravesado y dos descabellos (ovación).

Plaza de la Malagueta. 24 de agosto. Octava y última corrida de feria. Casi tres cuartos de entrada.

No obstante, no fue la corrida del rejoneo un buen broche a la feria malagueña. Faltaban las estrellas del escalafón (Hermoso y Ventura) y eso se notó, y mucho, en el desarrollo del festejo, que resultó plano, descolorido e insulso, cuando no bullanguero y circense, y casi siempre desnaturalizado, pues toreo a caballo, lo que se dice toreo, hubo poco.

Bien es cierto que el público no se caracterizó por su conocimiento y exigencia -bastante menos que en las corridas de a pie, lo que ya es el colmo-, pero los caballeros tienen la obligación de lidiar como mandan los cánones y no al dictado de las corrientes más tremendistas. En fin, que el festejo tuvo poco interés; mucho menos del que se espera de tres jóvenes caballeros con ansias de triunfo.

No colaboraron los toros de Luis Terrón, de buen trapío y aparatosas defensas a pesar de estar despuntados, muy mansos, descastados y sosos. Con este material, Andy Cartagena ofreció una actuación espectacular por su empeño en parecerse más a un artista de circo que a un torero a caballo. Templó bien a su primero y pasó el quinario con el cuarto, el peor de la corrida, aquerenciado en tablas casi toda la faena. Precisamente, el caballo que montaba para la suerte final resultó herido superficialmente. Cartagena rejoneó poco y se esforzó de principio a fin en dar carreras y más carreras que enardecieran al público, levantar de manos a un caballo, que bailara otro, y utilizar, en fin, elementos ajenos al toreo para ganar un favor que no pudo conseguir como caballero toreador.

También templó con facilidad y rejoneó poco Leonardo Hernández a su primero. Como sus compañeros, clavó siempre a la grupa y estuvo por debajo de las expectativas depositadas en este joven torero, si bien se resarció de algún modo ante el quinto.

Y el caso de Andrés Romero es muy distinto. Está en los inicios de su carrera -ojalá que sea exitosa- y se le notan en demasía sus carencias y su gran inexperiencia. No le faltó decisión, pero no está aún al nivel requerido, y su inseguridad es muy preocupante. Marró en exceso ante el tercero, y se la jugó ante el sexto, siempre a velocidad de vértigo, y con un aparente y peligroso atropello de la razón.