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Una pasión fallida

Nativel Preciado escribe sobre los últimos años del franquismo, a su parecer mal conocidos

La periodista quiere transmitir la vitalidad que anida bajo cualquier forma de dictadura

Carga policial en Barcelona contra un grupo de manifestantes en 1976. Ampliar foto
Carga policial en Barcelona contra un grupo de manifestantes en 1976.

Viene esta novela de Nativel Preciado abrigada con el Premio de Novela Fernando Lara 2014. En el entramado comercial, este premio facilita una destacada presencia en librerías en consonancia con la notoria campaña de promoción. En contracubierta se dice que la novela "rinde homenaje a toda una generación legendaria, a sus ansias de libertad y a la fuerza imparable de la juventud". No es poco reunir en tan breve enunciado tantas palabras resonantes, incluida la fuerza asociada a la juventud, que no es cabalmente su mejor virtud. En entrevistas la acreditada periodista ha repetido que quería escribir una crónica sobre un periodo, los últimos años del franquismo, a su parecer mal conocido, y resaltar la vitalidad que anida bajo cualquier forma de dictadura. O sea, transferir a las nuevas generaciones que, pese a todo, esas "ansias de libertad" conseguían dar cauce a su propia necesidad. No cabe desestimar la probidad de su empeño, pero a los propósitos, también a los buenos, se les reconoce más por los resultados que por la justificación de su causa.

Y Canta solo para mí es una endeble novela, construida a trompicones, que constata la escasa exigencia y determinación de la autora para llevar a buen término la tarea propuesta. Inicialmente se diría que la novela buscaba indagar en esa zona de equívocos y recelos que separa a dos generaciones, aquí representadas por Malik, cineasta a punto de pasar a la treintena, y su madre, Muriel Blanco, consagrada reportera gráfica que, a los veinte años, ya trabajaba en un periódico de cierta disidencia franquista. Las voces de ambos, en efecto, se van alternando, confiriendo una oscilación que debía ser prometedora y se encharca en asuntos más domésticos que políticos. Y es que resulta imposible saber por qué escribe el hijo y a quién se dirige, aunque sirva para la disconformidad, pero tan exigua que la autora se olvida de él, hasta las últimas páginas, para contar la historia de secreta pasión de Muriel con Tanis, un compañero del periódico al que describe "arrogante, insolente y embaucador; pero que tenía un modo de hablar dulce y meloso". Acaso baste esta cita para apreciar que lo que viene después, propiamente la novela, se alía en el mismo registro de fanfarria sentimental. Por supuesto que, para no desmerecer del recuerdo histórico, aquí y allí se encuadran alusiones sobre el Café Gijón, la OLP en París y cameos de relieve, como Ives Montand y Atahualpa Yupanqui. Pero lo que la novela verdaderamente expone, sin salirse de la convencional mímica sentimental (imponderable el episodio de Muriel, encerrada en el baño, tras rechazar un improvisado ménage à trois, gritando “¡te odioooooo!”), es una rudimentaria e irreflexiva pasión amorosa que confunde las "ansias de libertad" con enamorarse de un cretino y admirar su presunción.

Canta solo para mí. Nativel Preciado. Planeta. Barcelona, 2014. 288 páginas. 20 euros

 

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