FERIA DE MALAGA

Domecq y las figuras acaban con la fiesta

La corrida, el cartel de ‘no hay billetes’, fue un engaño, una pantomima, otra caricatura

El diestro José María Manzanares durante su primer toro, en La Malagueta.
El diestro José María Manzanares durante su primer toro, en La Malagueta. García-Santos

Es muy triste contar cada tarde cómo se derrumba, piedra a piedra, el armazón de la fiesta, pero la realidad es incontestable. En la plaza de Málaga se colocó el cartel de ‘no hay billetes’ como prueba del interés que todavía despiertan las figuras, pero la corrida fue un engaño, una pantomima, otra caricatura de la fiesta protagonizada, de nuevo, por los toros de Domecq y algunos de los toreros que mandan en el negocio taurino actual. Le dieron una oreja a Manzanares, la gente se volvió loca con el templado toreo de Morante ante un cadáver para el que la plaza entera había exigido momentos antes su devolución, y Ponce no consiguió trofeos porque no acertó con los aceros. Pues allá cada cual con su afición; si el público de Málaga permite que lo engañen y disfruta con proyectos de cadáver, no hay más que hablar. El que paga manda, pero no por ello tiene razón.

Ficha

Zalduendo/Ponce, Morante, Manzanares

Cinco toros de Zalduendo, desiguales de presentación, de feas hechuras, muy blandos y descastados; nobles tercero y cuarto; y uno, el primero, de Juan Pedro Domecq, muy descastado.

Enrique Ponce: pinchazo y media tendida (ovación); pinchazo _aviso_ pinchazo y un descabello (ovación).

Morante de la Puebla: media y un descabello (silencio); estocada (oreja).

José María Manzanares: estocada (oreja); pinchazo, media _aviso_ (ovación).

Plaza de la Malagueta. 22 de agosto. Sexta corrida de feria. Lleno de ‘no hay billetes’.

Se dice que los veterinarios llegaron a reconocer veinte toros para elegir seis. Y lo hicieron porque estas figuras solo respetan dos o tres plazas y se mofan del resto. Consiguen que el ganadero embarque medianas de color negro y presionan a la autoridad para imponer su criterio. Se dice que ante el rechazo de los primeros toros reconocidos, algunos de los toreros anunciados amenazaron con ‘caerse’ del cartel y romper la corrida. Y, claro, ante el posible chantaje, y en plena feria, claudica la autoridad, la empresa y todo bicho viviente. ¡Si sabrán los toreros lo que los ganaderos guardan en el campo…! ¡Si sabrán los ganaderos lo que quieren quienes exigen sus toros…! Después, nadie se puede extrañar de lo que salió por la puerta de chiqueros; los de ayer, toros impropios de una plaza de primera categoría (el último, un auténtico novillo), inválidos por más señas y sin una gota de casta. Y si alguno, por casualidad, tiene diez embestidas nobles se le cortan las orejas entre el contento popular. Como es lógico, nadie protestó el nulo trapío de las reses. En fin… Cada plaza -cada afición- tiene el prestigio que se hace merecer. Y la de Málaga, a tenor de su silencio cómplice y del poco respeto mostrado por las tres figuras, tiene el suyo por los suelos.

Se supone que la gente salió contenta cuando el festejo ofreció motivos para abandonar los tendidos con la cara mohína. ¿Qué pasó? Pues que tres buenos toreros aprovecharon los gatitos que les tocaron en suerte para hacer una infame caricatura del toreo auténtico. Porque el toreo, señores, exige la condición fundamental de la presencia del toro, que en Málaga no existió.

En primer lugar, Ponce sacó a relucir su diploma de enfermero y alargó unos minutos la vida de su cadavérico primero, aunque ni el propio toro se lo agradeció porque hacía tiempo que había entrado en otra vida. En el otro, con más movilidad, ofreció una lección de medios pases despegados, al hilo del pitón y fuera cacho que remató con dos infames pinchazos.

El primero de Morante estaba tan muerto en vida que no admitió

El primero de Morante estaba tan muerto en vida que no admitió un pase. El quinto mostró síntomas evidentes de que estaba derrengado de salida, y el público pidió a gritos su devolución. La presidenta se negó a ello y le nombraron a toda su familia. Bueno, pues a ese toro, que estaba moribundo, noqueado y lisiado, lo muleteó Morante con la lentitud propia de su concepción artística y de la nula condición del animal, y algunos compases resultaron muy agradables a la vista. Pero el toreo, a pesar de la exagerada alegría malagueña, es otra cosa.

Mejor suerte tuvo con sus toros Manzanares que capoteó con prisas y muleteó a su primero con menos intensidad de la que merecía el toro; sin fuerza alguna se presentó el anovillado sexto y allí anduvo el torero tratando de ponerse bonito.

Total, que como los pocos aficionados que quedan no acaben con los toros de Domecq y el poco respeto de las figuras, unos y otros acabarán con la fiesta. Y si no, al tiempo…

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