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ANÁLISIS

Picando piedra

Shakira, durante un concierto en Madrid en 2010. Ampliar foto
Shakira, durante un concierto en Madrid en 2010.

Los mexicanos repiten un consejo inapelable para los artistas foráneos que pretenden abrirse hueco en su país: “Ustedes tienen que picar piedra”. Es decir, tocar en todas partes, sin hacerle ascos a ciudades de provincia o cutres antros capitalinos. Exactamente eso hacían todos los artistas españoles con ganas de expansión. Aparte de participar en heterogéneos festivales de la canción, aguantar interminables programas dominicales de televisión y tomar tequila o lo que se terciara.

Así ocurrió hasta los tiempos de la movida: aquellos grupos relucientes se acostumbraron a una existencia demasiado cómoda, con un mercado español que les mimaba. Asombra saber que grupos hoy reverenciados como Nacha Pop o Radio Futura apenas tocaron en México. Era un trago fuerte: los hermanos Auserón no estaban acostumbrados a desplazarse con escolta armada. Por el contrario, los ochenteros que se sacrificaron sí encontraron recompensa, desde Hombres G a Héroes del Silencio. Incluso Mecano, que soportó que se censuraran letras que en España pasaban totalmente desapercibidas.

Había otros peligros, cierto. En Colombia, Toreros Muertos terminaron actuando en la hacienda de un narco en busca y captura. Por experiencias similares pasaron muchos solistas de pulcra imagen, sustos que hoy prefieren olvidar: si el jefe de la casa quería que se repitiera determinada canción, se volvía a cantar una y otra vez. Faltaría más.

Durante los primeros ochenta, con una Argentina que salía renqueando de una bestial dictadura militar y México controlado por un PRI receloso ante el rock, las bandas españolas se encontraron en la insólita situación de ser lo más moderno del momento. Se cuenta que Pinochet, contemplando una edición del programa 300 millones que incluía muestras de la movida madrileña, se sintió consternado y susurró a su esposa: “Lucía, los españoles se nos han vuelto maricones”.

Que conste que esas aventuras eran posibles gracias al entendimiento entre ejecutivos discográficos a ambos lados del Atlántico: no tenía sentido hacer volar a un grupo si no iba a encontrar apoyo decidido en el punto de destino. Felizmente, algunos disqueros españoles tenían experiencia americana. Antes incluso del carrusel laboral de las multinacionales: recuerden el sello méxicano Gamma, propiedad de la madrileña Hispavox. El pacto implícito era do ut des: promociono a tu artista para que tú promociones al mío. Hablamos de personajes con suficiente conocimiento de la realidad en ambas orillas para paliar las inevitables decepciones. Gente sociable, antiguos músicos, como el canario Tato Luzardo (Ariola) o el cubano Ernesto Duarte, de la RCA española, que también confeccionaba discos para el mercado latino.

Eso también se suele olvidar. Durante los años setenta y ochenta, muchas figuras latinoamericanas grababan en España, donde encontraban arregladores, compositores, músicos que les proporcionaban un ansiado brillo pop. Daba un prestigio que se usaba como argumento de mercadotecnia: hasta aquel huracán cubano llamado La Lupe pasó por los estudios de Columbia, en la calle Libertad, haciendo el elepé La Lupe en Madrid. Exagerando un poco, fuimos lo que ahora es Miami. Pero la autoridad competente nunca se enteró.

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