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Seis décadas de Monjalés

El pintor es historia de España e historia contemporánea del arte

'Un picasso sobre el cubo de Rubik' (1981). Ampliar foto
'Un picasso sobre el cubo de Rubik' (1981).

El caso del pintor Monjalés (Juan Soler Vidal, Albaida, Valencia, 1932) podría ser calificado como un ejemplo eminente de lo que puede significar el encuentro y el desencuentro de destino y libertad, o de fatalidad y resistencia. Hablar de Monjalés es hablar de historia (de la de España), y también de historia contemporánea del arte.

Y esa historia tiene que ver con esto que les voy a contar: él comenzó su trayectoria en los años cincuenta, con paisajes y retratos, con parejas de figuras de aire desolado. A mediados de la década —en la serie Pacto de las premoniciones— se concentró en la tarea de reinterpretar El jardín de las delicias, de El Bosco. En 1957 se unió al grupo Parpalló. Se trataba de una agrupación de artistas valencianos, entre los que se encontraban Andreu Alfaro y Eusebio Sempere. En este contexto, se convirtió en uno de los más brillantes y reconocidos practicantes del informalismo, una abstracción que desarrolló en términos muy particulares, en composiciones rigurosamente articuladas, donde contaba tanto con la materia (con esas “costras mugrientas”, se dijo, aunque en términos favorables) como con una vaga geometría.

A la vista del éxito de su abstracción (exposiciones en Bruselas, bienales en Venecia y Alejandría), Monjalés decidió, en contra de todo pronóstico, regresar a la figuración. Y no a cualquier figuración, sino a una pintura social de un compromiso explícito, valiente y de intenso dramatismo (en series como Los vencidos, La derrota, Los hijos de España, La tortura o La lucha, de la primera mitad de los sesenta), toda llena de rostros espantados sobre fondos, generalmente negros. Hasta la defenestración del comunista Julián Grimau pudo aparecer en ellas.

Desde las cuevas de Altamira hasta hoy la pintura ha cumplido una función social"

Monjalés

Con estos mimbres, no es de extrañar que fuera detenido en Valencia el 1 de mayo de 1967; tras escapar por los pelos, juzgado en rebeldía y condenado a 14 años de cárcel, Monjalés tuvo que exiliarse y, por razones familiares, se instaló en Bogotá. Desde entonces, y tras años de combate (y después de su participación en la legendaria cita veneciana: España. Vanguardia artística y realidad social: 1936-1976), se ha venido dedicando a una clase de pintura bastante difícil de clasificar, recurrentemente orientada hacia el diálogo con ciertos enclaves del modernismo, que ha cristalizado, por ejemplo, en la serie Nuevas sombras, variaciones sobre figuras, como el célebre pífano de Manet o el bufón Pepe de Picasso, junto a su escuchimizado compañero (trabajando sobre modelos tridimensionales en cerámica) que Monjalés ubica —desubicándolos, más bien— en contextos abstractos, inevitablemente fantásticos. Igual que el pífano puede aparecer leyendo una partitura de Ojos verdes o La bien pagá, el bufón puede presentarse levitando sobre el cubo de Rubik (ya en los años ochenta). Recientemente (desde 2012), Monjalés ha trabajado en series como Adveraciones taléticas, inspiradas en el naturalista Mutis y Bosío (ilustrado español muerto en Bogotá en 1808), en donde combina imágenes botánicas con fondos abstractos, en los términos de un virtuosismo casi formalista.

Preguntado en 1956 sobre si la pintura cumplía una función social, Monjalés respondió, con bastante notoria lucidez: “Desde las cuevas de Altamira hasta hoy no ha dejado de cumplirla”. Lo mismo puede decirse de la que ha realizado, de manera tan diversa, a lo largo de toda su trayectoria.

Monjalés, una trayectoria artística 1953-2014. Fundación Chirivella Soriano. Valencia. Hasta el 9 de septiembre.