Una carta para enamorar al lector

Hillel Halkin debuta en la novela a sus 73 años con una historia de amistad y sentimientos

El escritor Hillel Halkin.
El escritor Hillel Halkin. YOAV ETIEL

Escribía bien. De hecho, muy bien. O eso por lo menos opinaban maestros y compañeros de colegio de Hillel Halkin. Y sin embargo la pluma prometedora del israelí-estadounidense optó por tomarse un largo descanso. “Durante muchos años lo dejé. Me costaba sobre todo la escritura creativa. La ficción siempre me ha parecido la forma más alta de literatura. Conlleva libertad completa pero también responsabilidad total: eres tú el que crea un hecho, un mundo, eres un poco como Dios. Y me daba miedo, temía fracasar”, asegura el autor por teléfono desde Israel. Así que, a la espera de medirse con el fantasma de la novela, fue editando ensayos sobre el sionismo y suscitando polémicas. También tradujo a escritores tan famosos como Yosef Haim Brenner, Amos Oz y Meir Shalev. Y, por fin, a los 73 años se ha lanzado a publicar su primera obra de ficción, ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?, que Libros del asteroide ha traído hasta España.

Para combatir el miedo al fracaso, Halkin ha apostado por un triángulo amoroso. Y por sí mismo. “No hay una página del libro que no contenga una mezcla de elementos autobiográficos e inventados”, defiende el autor. Tanto que el protagonista, Hoo, tiene mucho que ver con el propio Halkin y su amigo, Ricky, está modelado a partir de un conocido del escritor. El tercer pilar de la novela, quizás el más importante, es la Melisande a la que invoca el título. Pareja de ambos en momentos distintos, Mellie es la estrella polar que guía al lector por las páginas de la obra y a Hoo por la vida.

Al fin y al cabo, la novela misma es una larga carta escrita por el protagonista y dirigida a Melisande. “Me gusta esa fórmula, tiene inmediatez. Y soluciona uno de los problemas que a veces tienen los autores: no saber a quién están escribiendo. También era una manera de que Mellie estuviera siempre presente, incluso en las páginas en las que no aparece”, relata el Halkin. Así un Hoo ya mayor y catedrático de filosofía dedica 262 páginas al gran amor de su vida, para rememorar lo que pudo y no pudo ser, desde la época en la que ambos trabajaban junto con Ricky en la revista literaria de su instituto hasta los distintos caminos que fueron pisando.

Un periplo sentimental de años. Y una trama que Halkin pensó por primera vez en los ochenta. El arranque que escribió entonces sin embargo no le gustó. Pero se quedó con la idea de “un hombre que había amado profundamente a su esposa y al que ella había dejado”. Parte del mérito del génesis creativo se debe también a la esposa de Halkin, aunque no fuera precisamente adrede. “Tras una pelea, hace 30 años, me amenazó con marcharse. No ha ocurrido –llevamos casados 47 años- pero me hizo pensar en cómo sería”, narra el escritor.

Resulta normal, entre tantos tintes autobiográficos, que el libro fue un proceso complejo y “emocionante” para Halkin. Tanto que reconoce que lloró en dos puntos de la escritura. Y que pisó con cuidado el campo minado de los sentimientos: “Había momentos en los que temía ser pasteloso e intentaba no cruzar el límite. El sentimentalismo es una idea falsa del amor”. Para evitar demasiado azúcar en su receta, Halkin se remitió a tres principios aprendidos en los años de ensayos y periodismo: “Al escribir una frase me pregunto: ‘¿Es verdadera? ¿Es necesaria? ¿Podría ser formulada de manera más sencilla? Cuando menos escribes más tienes al lector de tu lado. Si le cuentas lo mínimo imprescindible, él tendrá que trabajar, entender algunos aspectos por sí mismo. Y un buen lector quiere hacerlo”.

Tan sencillo no fue en cambio el proceso de traducción de la novela al español. Acostumbrado a estar en el otro bando, Halkin se debatió entre dejar libre a la traductora (Vanesa Casanova) o hacer lo que él como traductor siempre había odiado: inmiscuirse. “Una vez en 1985 Amos Oz vino hasta mi casa y quiso que le leyera en voz alta todas las palabras de su novela A perfect peace”, recuerda el escritor.

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Sea como fuere, Halkin no quedó satisfecho con el primer borrador y envió de vuelta un documento con cientos de correcciones. Casanova y el editor, Luis Solano, tomaron nota y le plantearon sus soluciones. Todo resuelto. O casi. “Unas 15 o 20 revisiones no le convencían [a Solano] y consideró que ya no había tiempo para discutirlas, así que en esos casos se quedó con la versión de Vanesa”, defiende Halkin. Así salieron tanto la primera como la segunda edición del libro. Halkin admite que se cabreó, le envió una carta al editor y ahora aclara: “Cuando el lector ve algo que no funciona da por hecho que depende del original y se lo reprocha al autor, no al traductor. Y en la versión española había puntos que no se entendían, por los que podrían haberse quejado de mí. De todos modos, cualquier libro siempre es mejor en su idioma original”.

Solano reconoce que todo el proceso fue “bastante más largo” de lo que se esperaban y asegura que las 20 correcciones de la discordia no son frases sino palabras y “no afectan en absoluto” al resultado de la novela. Lo cierto es que tanto el editor como el autor ahora le restan hierro al asunto. Halkin sostiene que fue “divertido” y que Casanova hizo "un buen trabajo". Y Solano subraya su satisfacción por colaborar con “alguien que tiene un atención al texto superior a la media” e incluso a la que algunos escritores le prestan a su manuscrito. A fin de cuentas ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? ya ha vendido 5.000 ejemplares en España. Y ese resultado pone a todos de acuerdo.

Sionismo, federación y, quizás, paz

Sobre la mesa de Hillel Halkin hay una postal. A un lado, se pueden ver varios judíos rezando ante el Muro de las Lamentaciones. Y, al otro, el remitente ignoto que en agosto de 1986 le envió la postal escribió: "Hillel Halkin: Gracias por ayudarme a encontrar el camino hacia casa". Es tan solo uno de los cientos de mensajes –tanto de apoyo como críticos- que el escritor recibió tras Letters to an American Jewish friend: a zionist's polemic, un ensayo publicado en 1977 en el que animaba a los judíos estadounidenses como él a mudarse a Israel.

Él ya lo había hecho hacía unos años, abandonando sus EE UU natales. "Si realmente te importa el hecho de ser judío hay un lugar donde vivir: Israel", afirma el autor. De hecho, más allá de sus traducciones, Halkin es conocido por sus posiciones polémicas sobre el conflicto entre Israel y Palestina, resumidas en ensayos y columnas periodísticas. Hace un año, por ejemplo, bajo el título Por qué John Kerry está desperdiciando su tiempo –y el nuestro- narraba sus nulas esperanzas de que el secretario de Estado consiguiera acercar ambos frentes a la paz y se mostraba partidario de un único país, una federación compuesta por Israel y Palestina.

"Para avanzar hay que aceptar dos supuestos. Por un lado la necesidad de los palestinos de tener un Estado. Y se ha asumido. Pero falta entender que los colonos israelíes han de mantenerse donde están", tercia Halkin. Y acto seguido niega que la ampliación de las colonias por parte de Jerusalén dificulte la paz. Por cierto, el autor no está conforme con el término "colonos" ya que implica una relación con el colonialismo que según él no tiene que ver con los "settlers" como él los llama en inglés.

Sea como fuere, el escritor admite un error por parte de Israel: “Desde 1967 nunca ha tenido un plan para resolver la situación. Siempre ha esperado las propuestas de los demás y las ha ido rechazando”.

Sobre la firma

Tommaso Koch

Redactor de Cultura. Se dedica a temas de cine, cómics, derechos de autor, política cultural, literatura y videojuegos, además de casos judiciales que tengan que ver con el sector artístico. Es licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Roma Tre y Máster de periodismo de El País. Nació en Roma, pero hace tiempo que se considera itañol.

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