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ANÁLISIS

Cuando la galería tomó el poder

Leo Castelli tomó el poder de la escena artística neoyorquina a finales de los cincuenta

Leo Castelli en la galería de Nueva York con un 'jasper johns'. Ampliar foto
Leo Castelli en la galería de Nueva York con un 'jasper johns'. GETTY

“Jasper Johns debe ser considerado como el primer artista verdaderamente norteamericano”, proclama a los cuatro vientos el marchante, galerista y promotor Leo Castelli a finales de 1958. Un personaje singular que ya, en esos años, ha tomado el poder absoluto de la escena artística neoyorquina. Acaba de conocer a Johns en una visita casual al estudio de Rauschenberg. Castelli está a punto de inaugurar su galería en Nueva York, después de unos años de aprendizaje con diferentes marchantes americanos. Tenía una floreciente galería en la Place Vendôme. Cuando los alemanes se acercan a París, intuye todo lo que va a pasar, embala algunos cuadros de De Chirico y desembarca en Nueva York. Ha encontrado por fin su verdadera patria. Y su lugar. Un destartalado espacio, que creará tendencia, se dispone a abrir su galería en la ciudad. La primera exposición será de su deslumbrante descubrimiento, Jasper Johns, un artista de 29 años que lleva tan solo dos pintando después de haber destruido toda su obra precedente. La primera muestra de un desconocido al que, en la misma inauguración, el director del MoMA, Alfred Barr, compra una obra. Una obra que además expone a continuación en el museo más importante del mundo como paradigma de pintura verdaderamente americana. El pop arrasa de éxito desde el primer momento.

Con Castelli, la gravedad de los escenarios y ritos de la alta cultura son sustituidos por el desenfado

El intento del Departamento de Estado estadounidense de coronar la victoria bélica con el liderazgo artístico del expresionismo abstracto no había tenido el éxito esperado. En una Europa masacrada por el horror del exterminio fratricida y el holocausto, con las ciudades intentando poner en pie sus escombros, las convulsiones existenciales de los expresionistas abstractos no encuentran público. Ellos mismos se van consumiendo en la melancolía y el silencio. Rothko se suicida en su estudio, Pollock deja de pintar alcoholizado a los 40 años y en el 56 se estrella con su coche. En ese mismo año Rauschenberg y Johns crean el New Dada, un híbrido entre el Cabaret Voltaire de 1916 y la propuesta del nuevo profeta, Duchamp y sus Ready mades. Frank Stella y Larry Rivers se suman inmediatamente y Leo Castelli les pone en contacto con Roy Lichtenstein, al que una vez más acaba de descubrir por un incidente casual. Todo fragua como una verdadera vanguardia cuando al grupo se añaden el compositor John Cage, que incorpora el silencio como material sonoro, y Merce Cunningham, que da un vuelco liberador al mundo de la danza y anticipa la performance como expresión artística.

Un lugar, Nueva York, y un nombre, el de pop art, que el crítico Lawrence Alloway inventa en 1958. El anuncio de que la realidad, la más inmediata, es el material del arte. La cultura popular americana reinventándose y reivindicándose frente a lo “sublime” de los expresionistas abstractos. Dicharacheros y con un punto de extravagancia, los pintores pop podían parecer un tanto atolondrados, pero todos ellos tienen una gran formación artística y humanista, conocen bien la cultura clásica pero no como idólatras. Al movimiento se incorpora John Ashbery, que acaba de publicar su monumental Autorretrato en espejo cóncavo, un inmenso poema inspirado en una pintura misteriosa de Parmigiano.

La gravedad de los escenarios y ritos de la alta cultura son sustituidos por el desenfado. Leo Castelli no solo ha convertido las inauguraciones en acontecimientos sociales , sino que está formando a una generación de críticos, aficionados y, fundamentalmente, coleccionistas que transforman a su vez el mercado. Cuando vio el reportaje que la revista Life, la más popular e influyente internacionalmente, había dedicado a Pollock, como un derviche derramando pintura directamente del bote sobre el lienzo en el suelo, entendió inmediatamente el papel de los medios en la popularización del arte.

El pop estableció las bases de un nuevo ejercicio de la profesión artística y de su reputación social

El texto comenzó a ser desplazado por la imagen que resultaba además muy fotogénica. Un Lichtenstein queda formidable en el blanco y negro de un periódico, mientras un Rothko es inexpresivo y correoso. Un catálogo de los pops es una pieza brillante, atractiva, sugerente. El perfeccionamiento de las artes gráficas hace que el catálogo pueda sustituir a la experiencia presencial y encaja además perfectamente, en la costumbre firmemente asentada en la cultura de consumo americana de la compra por catálogo. Que Castelli, entendiendo de nuevo que ahí se abre un gran mercado, optimiza al máximo con la obra gráfica, asequible a todo el mundo. Al aguafuerte, el grabado y la litografía, se incorpora la recién llegada serigrafía, una técnica especialmente adecuada para la imaginería pop, colores brillantes, tintas planas, grandes dimensiones lejos de los límites de las prensas litográficas. La serigrafía les lleva directamente a las series y al descubrimiento de la potencia sintáctica de la repetición de la misma imagen como obra. Un recurso que Warhol, que viene y ama la publicidad, explotará hasta la saciedad.

La imaginería pop se consagra a la eficacia gráfica. No hay nada en el pop que rezume emoción, una cualidad que su mentor, el apolíneo Duchamp, había despreciado.

El éxito del modelo de gestión de Leo Castelli estimula la aparición de un nuevo tipo de galería a pie de calle, que abre en horario comercial para el aficionado y el curioso, con unas estrategias comerciales que quieren que el arte acceda a todos los bolsillos a través de la obra gráfica, que establece un nuevo modo en la relación entre artista y galerista, fidelizándolo con contratos sobre la producción futura, ocupándose de la crítica y los medios, creando un nuevo y numeroso coleccionismo de clase media alta centrado en el prestigio social y la buena inversión a través de las redes de casas de subastas.

El movimiento pop alcanzó una popularidad global sin precedentes y estableció las bases de un nuevo ejercicio de la profesión artística y de su reputación social, una nueva relación entre vanguardia y público y una radical transformación del espacio artístico que pasa a ser un lugar, todavía desquiciado entre la creación, el éxito social y el refugio financiero.

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