CRÍTICA / LIBROS
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

El cardenal Cisneros, un hombre fuerte en una era crucial

Una biografía firmada por Joseph Pérez, recién premiado con el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, analiza las luces y sombras del poderoso líder religioso y político

'El Cardenal Cisneros y el Hospital de la Virgen de la Caridad de Illescas', de Alejandro Ferrant.
'El Cardenal Cisneros y el Hospital de la Virgen de la Caridad de Illescas', de Alejandro Ferrant.

Dado que disponemos de una completa biografía del cardenal Francisco Ximénez de Cisneros gracias a la considerable obra de José García Oro (dos volúmenes publicados en 1992-1993 por la Biblioteca de Autores Cristianos), el conocido y prestigioso hispanista Joseph Pérez, recién premiado con el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, ha podido prescindir de gran parte de los aspectos concretos de su trayectoria vital para centrarse en las cuestiones más relevantes y más debatidas de la obra del personaje, considerado en su doble vertiente de estadista y eclesiástico, que era la opción más plausible de todas las que se ofrecían a la hora de revisitar a una figura tan significativa de un momento crucial de la historia de España.

En la introducción el autor señala las etapas en que puede considerarse dividida su vida: unos “años oscuros” (casi sesenta si aceptamos 1436 como la incierta fecha de su nacimiento) y unos años de actividad pública: algo más de veinte, desde su promoción a arzobispo de Toledo (1495), siguiendo por su nombramiento como cardenal e inquisidor general (1507) y su desempeño como gobernador de Castilla (en 1506-1507 y 1516-1517) hasta su muerte en Roa cuando andaba en demanda del rey y futuro emperador Carlos V. Veinte años durante los cuales su autoridad se hizo sentir en todo el reino, donde fue el verdadero “hombre fuerte” de la política y de la Iglesia, y donde realizó las principales obras que le han valido el reconocimiento de la posteridad: el mantenimiento de la autoridad, la reforma eclesiástica, la política norteafricana, la fundación de la Universidad de Alcalá y el impulso para la publicación de la Biblia Políglota Complutense.

En su aproximación a la figura de su biografiado, Joseph Pérez emite una valoración general favorable, recurriendo incluso al apoyo de una frase ocasional de Pierre Vilar, que hacía del cardenal un hombre moderno, “quizás el más perspicaz y progresista” de la Europa de su tiempo. Sin embargo, tras esta primera declaración genérica, el hispanista analiza no solo las luces, sino también las sombras, de un personaje al que enjuicia (después de dejar asentada la pulcritud de su vida privada, ejemplar en la práctica de la ascesis cristiana) sobre todo como eclesiástico reformador y como estadista en tiempos difíciles.

En el plano de la reforma de la Iglesia, el autor pone de relieve los esfuerzos de Cisneros a favor de la promoción moral e intelectual del clero, especialmente en su diócesis toledana, donde trató de imponer una conducta ejemplar tanto a los canónigos de la catedral como a los sacerdotes dedicados a la cura de almas (atacando la relajación de las costumbres, la práctica del concubinato, el absentismo generalizado, el abandono de la catequesis y demás deberes de su ministerio), así como de procurar la elevación del nivel cultural de los pastores que debía repercutir en el progreso de la formación religiosa de sus feligreses. Sin embargo, los resultados obtenidos fueron bien parcos, si estudiamos la situación del clero del Siglo de Oro, aquejado en gran manera de los mismos vicios que el cardenal trató de combatir con un denodado esfuerzo.

Esta batalla está de alguna manera vinculada a su mayor creación en el terreno cultural, la Universidad de Alcalá de Henares y su producción más emblemática, la Biblia Políglota Complutense. Tanto el prestigioso centro universitario como su realización estelar no respondieron, sin embargo, a un objetivo estrictamente humanista, sino que, como ya señalara Marcel Bataillon, fueron un instrumento puesto al servicio de la formación del clero y de la mejor comprensión de la Biblia y de la teología positiva. Aunque hay que decir que estos propósitos tampoco fueron ajenos a algunos humanistas.

Esta orientación emana de la inspiración fundamental que subyace en la obra del cardenal Cisneros, más cercana a las corrientes del mesianismo de la observancia franciscana, del misticismo de Ramon Llull y del milenarismo de Girolamo Savonarola. Una orientación puesta de manifiesto en su comportamiento durante su estancia en el reino de Granada, donde se enfrentó con inusitada intolerancia al problema de los elches (cristianos convertidos al islam), forzó con violencia el bautismo de los moros y se entregó con pasión a la quema pública de libros musulmanes en la plaza de Bibarrambla, hasta el punto de incurrir en la desaprobación explícita de los Reyes Católicos por una actuación que el autor califica de “brutal” frente a los métodos más contemporizadores de Hernando de Talavera. Y también presente en el espíritu de cruzada que impulsó toda su política norteafricana, con los resultados efectivos de la toma de Mazalquivir, Orán, Bugía y Trípoli, ya que el objetivo final avizorado era la reconquista del África que había sido cristiana bajo san Agustín y naturalmente la ocupación de Tierra Santa.

Finalmente, Cisneros aparece como un verdadero hombre de Estado. No puede exagerarse el significado de su actuación en el ojo del huracán de una época especialmente agitada, jalonada por la muerte de la reina Isabel, el ascenso al trono de su hija Juana casada con Felipe el Hermoso, la muerte de este último, la incapacidad de su viuda, la injerencia del rey Fernando de Aragón en los asuntos castellanos, la muerte de Fernando, la proclamación de Carlos de Gante como rey, la infructuosa cabalgata del cardenal para salir al encuentro del nuevo monarca.

Sobre todo, Joseph Pérez destaca su sentido, más que de servicio al rey, de servicio al reino, más que de lealtad dinástica, de lealtad a los súbditos. La política estaba “destinada principalmente a la defensa del bien común, de la justicia y del orden público, situándose siempre por encima de las facciones y de los partidos”. Y los políticos debían huir ante todo del monstruo de la corrupción, pues, como decía el cardenal, “él sabía que muchos habían venido a la casa real con muy poca hacienda y que, puestos en oficios, desde cuatro o cinco años, labraban grandes casas, compraban haciendas y hacían mayorazgos (…) de manera que (…) o lo robaban al rey o al reino, y que era gran cargo de conciencia del príncipe consentirlo”. Una advertencia que, cinco siglos después, podría serle de aplicación al actual Gobierno de España.

Cisneros, el cardenal de España. Joseph Pérez. Taurus. Madrid, 2014. 368 páginas. 20 euros

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